Boda ganchera con la maderada en Zaorejas

Boda ganchera con la maderada en Zaorejas

Tal y como nos lo contó José Luis Sampedro, en “El río que nos lleva”, el Tajo, flujo vital de pequeños pueblos serranos, ha sido testigo mudo de muchas historias de hombres rudos que en la lucha diaria por la supervivencia, encontraban en su cauce la vida y la muerte conduciendo manadas de troncos por sus aguas en el oficio arriesgado de gancheros. Pero el Tajo también ha sido testigo mudo de otras muchas historias de vida que han marcado la realidad de estos pueblos que se asoman al cañón fluvial, ligados por el rumor constante de sus aguas y por la metáfora manrriqueña.

Que un ganchero de Peñalén cortejase a una moza de Zaorejas, aguas abajo del Tajo, y se acabara casando con ella es algo que perfectamente cabía en el imaginario de Sampedro. Que la petición de  mano se realizase sumergidos en las aguas del Tajo y rodeados de gancheros, es un relato real, que ocurrió ayer, cuando el Alto Tajo celebraba sus veinte años de la fiesta ganchera, recreando de nuevo la maderada en Zaorejas, para reivindicar el orgullo de un paisaje y un oficio.

Así, Diego y Marta, se convirtieron en protagonistas de la gancherada de este año, ambos ataviados al estilo tradicional, cuando al llegar los troncos conducidos por los gancheros al Puente de San Pedro, bautizaron su amor en las aguas verdes turquesas del Tajo, ante miles de turistas, y arropados por los gancheros que conformaron toda una cúpula con sus ganchos sobre las cabezas de los novios, rindiendo pleitesía a la petición oficial de mano. Y es que una boda en el Alto Tajo con su despoblación, ya es motivo fiesta, pero si es ganchera, aún mayor.

Antes de que esto ocurriera, la fiesta ganchera ya había tenido su preámbulo en la plaza mayor de Zaorejas, a varios kilómetros aún del río, a primera hora de la mañana con desayuno serrano a base de rosquillas y aguardiente y con la presencia del presidente de Castilla-La Mancha, que hasta se echó un buen trago de orujo sin cambiar el rictus y que pronto se convirtió en uno más de la celebración compartiendo saludos y charla con todos los paisanos entre el barullo.

La bajada al río ya preconizaba una fiesta multitudinaria, con una auténtica caravana de coches en los ocho kilómetros de esta estrecha carretera entre cortados, en donde más que la organización triunfó la paciencia, para que cada uno aparcase como pudiera y donde pudiera, a veces con auténtico equilibrismo entre las cunetas. Y es que este año, los visitantes se multiplicaron, y superaban las dos mil personas copando las dos riberas del Tajo, la grada privilegiada del puente de San Pedro, donde los más mayores se colocaban con amaca y sombrilla, y cualquier espacio que ofreciera un mínimo de visibilidad sobre el Tajo.

La suelta de la maderada se realizaba un par de kilómetros aguas arriba del puente de San Pedro, con los gancheros de Zaorejas afanados en soltar al río esa treintena de pinos que ya habían sido talados y pelados dos días antes, intentando ganar hueco entre la muchedumbre para que los troncos rodasen hasta el agua guiados por otros transversales.

En esta tarea, como en la de cortar pinos, el saber hacer de Rufino, el único ganchero de Zaorejas con pantalón de pana y chaquetilla de manga larga de toda la cuadrilla, ponía la maestría y ese rostro añejo que parecía sacado de la película de Antonio del Real sobre “El río que nos lleva”, o detenido en el tiempo.

También aquí estaba el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, con afectuoso saludo al diputado regional del PP, Lorenzo Robisco y la consejera de Fomento, Elena de la Cruz, quien tras inmortalizar la visita con la fotografía junto a los gancheros y los alcaldes de la zona, con Miguel Gil el alcalde de Zaorejas a la cabeza, no dudó en reivindicar al río Tajo, “que no puede seguir esquilmándose”.

Con tanto público asistente la mayor parte de los fotógrafos acabaron en el río, como única solución para tener perspectiva de sus imágenes, aunque para un dron sobrevolaba la zona, la perspectiva era mucho más fácil y sin mojarse.

Los más osados de los fotógrafos fueron Agustín Tomico y el serrano Pedro Vacas, que demostró que la Sierra Norte y el Alto Tajo no están tan lejos, cuando de defender nuestras tradiciones se trata. Otra prueba de ello es que los Dulzaineros de Sigüenza eran quienes ponían la música de ambiente a la fiesta.

Como el Tajo baja lamido, y con poca agua, no fue fácil conducir los troncos en ese cauce tan remansado, que en invierno es más bravo, pero con paciencia llegaron los gancheros hasta el Puente de San Pedro, estrenándose en el oficio varios jóvenes de Zaorejas que no conseguían evitar el chapuzón al perder el equilibrio sobre los troncos. Y una cuadrilla de chavales también probaba a navegar sobre los troncos, para que la tradición tenga su cantera.

Ya en el Puente de San Pedro, donde el Tajo recibe las aguas de su hermano el Gallo que baja desde Molina, es donde se escenificó la petición de mano ganchera, con aplausos del público y gritos de vivan los novios, poco antes de que las mulillas, empezaran a sacar mediante arrastre los troncos del río y que la muchedumbre, sucumbiera a la tentación de aplacar sus calores también con remojón en el Tajo.

Para nosotros la fiesta acabó en el río, pero otros muchos la siguieron con comida popular en Zaorejas, demostración de oficios tradicionales y baile con música hasta el anochecer.

Que Zaorejas, Poveda de la Sierra, Peñalén, Taravilla y Peralejos de las Truchas se empeñaran hace dos décadas en rendir homenaje a los gancheros con esta fiesta fue una gran idea, que con la perspectiva del tiempo hay que aplaudir y desear un largo futuro, tan largo como el propio Tajo, que incluso por encima de los gancheros, siempre será el protagonista. Mejor si nos sigue llevando, y no que se lo lleven.

GALERÍA GRÁFICA GANCHEROS ZAOREJAS


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