Las botargas y mascaritas de Almiruete cada vez más afamadas

Las botargas y mascaritas de Almiruete cada vez más afamadas

Que un pueblo de apenas 36 habitantes, escondido en la falda del Ocejón, haya sido capaz de convertirse en referente turístico, y en invierno, tiene un gran mérito. Lo ha conseguido la localidad de Almiruete, pedanía de Tamajón, con unos carnavales pintorescos, que fueron recuperados en la década de los ochenta y que han sabido hacerse fama en Madrid y otras provincias rayanas, consiguiendo un peregrinaje de turistas, cada año mayor, para contemplar a esas botargas y mascaritas tan singulares que descienden con sus cencerros desde las montañas, a la llamada del cuerno, nada más comenzar la tarde. 

Que más gente de la que hay empadronada en el pueblo se haya involucrado en recuperar esta tradición y organizar un evento ya multitudinario, también tiene mucho que ver en el éxito de la convocatoria, porque en total fueron casi medio centenar de almiruetenses, pertenecientes a cuatro generaciones, los que se vistieron este año de botargas y mascaritas. También acompaña ese Museo de Botargas y Mascaritas, como exposición permanente que explica lo que es el carnaval, inaugurado en 2006,  en la localidad.

Así, ayer sábado, 6 de febrero,  se podían contar hasta diez autobuses cargados de grupos de turistas llegaban hasta las proximidades de Almiruete, con toda su estrecha carretera plagada ya de por más de un centenar de coches aparcados en las cunetas. La dificultad añadida de que la mayor parte de los visitantes tuvierab que andar un par de kilómetros en empinada cuesta hasta llegar al pueblo, para descubirir este carnaval ancestral, más que un impedimento parecía un aliciente más.

La tarde estaba fría, con unos 9 grados, pero no tanto como habitua el invierno serrano, y cargada de nubes. A las cuatro de la tarde, Miguel Mata hacía sonar el cuerno de toro que anunciaba la ya próxima presencia de los botargas en las calles de Almiruete y los turistas se apostaban en las calles, con los más osados caminando por la falda de la montaña. 

Antes, al menos veinte vecinos del pueblos se habían vestido como botargas al abrigo de unos robles, en el Cerro de San Sebastián. Aun con las máscaras sin poner, descendien del monte, por el camino del Tirador para, en la pequeña vaguada que hay en el lugar, a la espalda de una encina grande, y en el último ritual, antes de entrar en el pueblo, ponerse las máscaras.  Ningún botarga la repite de un año al siguiente, “solo algún Adán reaprovecha alguna, pero de años atrás”, cuentan en Almiruete.

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Un traje llamativo de pies a cabeza

La vestimenta tiene su complicación. Por eso, siempre es necesario que tres o cuatro ayudantes, generalmente antiguos botargas que le han ido dando paso a las nuevas generaciones, se encarguen de que todo se haga de acuerdo con la tradición.

De pies a cabeza, calzan abarcas y calcetines de lana de oveja hechos a mano en Almiruete.  Unas polainas de cuero les cubren las piernas. Más arriba, calzón blanco. Ambas prendas se visten encima de un pantalón que protege del frío. La camisa es blanca y sin adornos. A la altura de los hombros va decorada con unos flecos rojos de unos veinte centímetros de largo. Una rosa roja engalana cada hombro. El faldón de la camisa se adorna con estos mismos flecos rojos.

La careta la diseña cada botarga a su gusto. Suele ser de cartón. En general, procuran no utilizar plásticos, ni materiales que no estuvieran disponibles en el medio rural de antaño en la confección del disfraz. También  puede estar hecha de madera, aprovechando troncos con formas llamativas que luego se pintan de color o a los que  se añaden elementos extraños, que provoquen el miedo.

El gorro es una tiara con un solo pico adelante, que se acicala con flores y papelillos de colores. Después, en las últimas vueltas de su recorrido, los botargas lo sustituyen por un sombrero de paño negro adornado con una rosa blanca.

A la cintura va una sarta de cencerros, cuatro o cinco, de en  torno a 20-22 centímetros de largo. No han de rozarse entre ellos. Van sujetos a una cuerda de cáñamo de ocho milímetros y anudados para que no se desplacen o golpeen cuando los botargas están en marcha. La cuerda se prolonga desde la cintura por un hombro hasta volver a enlazar en la espalda con ella. Igualmente sucede en el otro hombro, de manera que los cencerros quedan fijados a la cintura y a la espalda.

Sobre la camisa llevan una faja antigua de lana negra.  Puesta sobre el cuello, la mitad de la prenda debe colgar por cada lado. Entonces se trenza dos veces sobre el pecho, y lo mismo se hace sobre la espalda, para que quede en forma de aspa por delante y por detrás. El garrote lo fabrican con tallo de olmo, roble o fresno. Con tanta parafernalia, vestirse les llevó desde las tres de la tarde hasta casi la hora en la que sonaba el cuerno.

Foto Diputacion - Botargas Mascaritas Almiruete 6.02.15

El orgullo de la tradición

Acompañando a los almiruetenses estuvo José Manuel Latre, presidente de la Diputación Provincial, que acudía por vez primera a la celebración desde que preside la institución. Admirado por la perfección de la organización y por el interés de los vecinos en su fiesta, afirmaba que  “hoy he podido comprobar en primera persona la razón por la que el carnaval de Almiruete es Fiesta de Interés Turístico Provincial. Quienes respetan y conocen el pasado, tienen en su mano el futuro. Este respeto por el pasado, y la personalidad que le imprimen eventos como éste son un buen ejemplo del que debe ser uno de los motores del desarrollo rural: turismo con raíces. Hoy he presenciado una fiesta auténtica y sentida, y como yo, cientos de personas, que seguro han quedado prendados de la belleza de la localidad y que volverán”.

Orgulloso se mostraba también el alcalde de Tamajón, Eugenio Esteban, del auge que ya ha tomado esta fiesta, que se perdió cuando dejó de ahber gente en elpueblo y cabras para ordeñar, antes de la Guerra Civil. "Tiene mucho mérito la gente de Almiruete, porque han coseguido recuperar un carnaval muy parecido al de antaño", aseguraba este alcalde, reconociendo que cada año hay más turistas y cifrando la asistencia de este 2016 en una 1.500 personas, "más o menos".

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El desfile con lluvia de pelusas para la fertilidad

Los botargas, ya en perfecta formación y con las caras cubiertas por sus máscaras, entraron en el caserío por el camino del Lomo. Decenas de personas se agolpaban en las inmediaciones de la fuente Redonda, a la altura de la calle Atienza, para verles pasar, por primera vez, entre las casas con tejados de pizarra negra del pueblo. Precedidos y seguidos por algunos botargas veteranos,  como Demetrio Serrano o el propio Miguel Mata, y haciendo sonar sus cencerros, subieron en la primera de las dos vueltas al pueblo que hicieron en solitario, precisamente por la calle de Atienza. Siguieron, a continuación, por la Iglesia, y la calle de la Fuente Nueva, para bajar, por la Cuesta del Pilar, hasta la Plaza Mayor, y, desde allí reiniciar el circuito. En la tercera vuelta, los botargas recogieron a las mascaritas, que se habían vestido en un lugar igualmente secreto, y que resultó estar en la misma calle Atienza.

Allí, botargas y mascaritas se emparejaron, y ya juntos, dieron otras dos vueltas más, por el mismo recorrido, al caserío del pueblo. El disfraz de mascarita es, como dicen en Almiruete, “mucho más fino”. De pies a cabeza, comienza por unas alpargatas con suela de esparto, hechas de lona blanca, y atadas con cordones de este mismo color, común a todas las prendas de la vestimenta. Las medias, a juego, son de algodón o lana. Las mozas llevan unos pololos que confeccionan ellas mismas, decorados con puntillas y otros adornos.  La enagua que les cubre hasta los pies es igualmente artesanal, con puntilla y volantes. El delantal tiene un gran bolsillo delante, y adornos de claveles, rosas u hojas de hiedra, como la enagua,  porque soportan bien las temperaturas, y los malos tratos derivados del roce y ajetreo del día.  La blusa tiene volantes y puntilla.

Las mascaritas van cubiertas con un mantón sobre  los hombros, sujeto al pecho con alfileres. El antifaz es un trapo al que se le abren orificios para ojos, nariz y boca, que cada una  decora a capricho, con pájaros, flores o plantas, en este caso pintando de colores la tela inmaculada. El sombrero es de paja, de tipo segador o pamela. Se forra con una tela blanca, a juego con el resto del equipamiento, también con puntilla en todo el perímetro del vuelo, una flor en lo alto del sombrero y un lazo que rodea el copete. Las manos de las mascaritas se recubren con guantes para que ni aun así puedan ser reconocidas. 

En la última vuelta por el pueblo, los botargas recogieron las espadañas, que habían  escondido previamente, mientras que  las mascaritas hicieron lo propio con el confeti de colores que habían recortado y que guardaban, igualmente, a buen recaudo, en el mismo lugar en el que se vistieron. Juntos, ellas y ellos, esparcieron soplando las pelusas de las espadañas y los papelillos de colores sobre la muchedumbre que llenaba la Plaza. El aire distribuyó unas y otros caprichosamente, haciendo que se pegaran a la ropa de los asistentes. 

Mientras caía esta imaginaria lluvia de la fertilidad que es la pelusa, los botargas, cometiendo una pequeña maldad, ensuciaron la cara de las mujeres que no se habían vestido con tizne de la sartén o con algo de grasa que manche, pero sin abusar.

Entonces los disfrazados descubrieron sus caras en la plaza, dándole así comienzo a la segunda parte del ritual, que son las carreras tras los botillos de vino, que botargas y público compartieron en el corazón de Almiruete. Sólo entonces los Dulzaineros de Sigüenza se encargaron de hacer sonar la música en las calles, como buenos gaiteros que son. 

Y tras el desfile de Carnaval, Almiruete invitó a todo el que acudió a la fiesta a  caldo, vino y un pincho de barbacoa, con los turistas encantados por el recibimiento y por esas imágenes tan singulares que dejaban en su retina las botargas y mascaritas .


Galería gráfica de Botargas y Mascaritas de Almiruete 
FOTOS: Jesús Fraile

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