Herreros y otros trastos viejos

Y qué si se acaba el mundo

Las cosas buenas no duran siempre, pero qué ganas tenemos de que no se acaben nunca. Sin embargo, lo malo, parece que se perpetúa cuando lo que nosotros queremos es que pase cuanto antes. Son paradojas de la vida. Ahora, hay más personas en el mundo que tienen en su balanza particular más peso en el lado de: ¡qué asco de todo! Así que, si los que interpretan a los mayas tienen razón y se acaba el mundo, ¿qué?


En el mundo siempre ha habido crisis. De hecho, cuando estudias Historia en el colegio y en el instituto los ciclos de bonanza o crisis se cuentan por siglos. ¿Había 100 años seguidos de malas cosechas, peste, guerra, abusos…? Imagino que no, que en ese siglo, habría años buenos, malos y regulares.

Pero para el imaginario colectivo, hay siglos que bien se podrían haber borrado de la cronología de la Tierra. De hecho, si miramos el siglo XX en retrospectiva, debería quedar para el recuerdo como el peor siglo de todos: dos guerras mundiales, medio mundo colonizado tratando de independizarse, multitud de dictaduras, genocidios, tiranía, millones de personas muriendo de hambre, millones de niños sin acceso al agua potable ni a la educación.

Miles de menores siendo explotados como niños soldado, prostitución de pequeñas, trata de blancas, venta de personas, venta de armamento, control de la producción agraria en los países en vías de desarrollo a través de semillas transgénicas, crecimiento de las multinacionales aplastando a pequeñas empresas o incluso países pobres enteros.

La deificación del petróleo, el maltrato de los animales, el mal uso de los conocimientos de las farmacéuticas, el expolio de los recursos de los países en vías de desarrollo, la guerra fría, el avance armamentístico nuclear, la bomba atómica, el “accidente” nuclear de Chernobil, los jemeres rojos, Hitler, Stalin.

Los abusos del comunismo en China y Cuba y del capitalismo en Estados Unidos y la UE. La aparición de enfermedades terribles de difícil o imposible cura, casi todas con virus de dudoso origen, como el SIDA. La pérdida de valores, la deshumanización de las sociedades (sobre todo, en las grandes urbes).

Y eso, sin contar los múltiples desastres naturales: terremotos (Los Ángeles, Chile, América Central…), tsunamis, tifones, huracanes, inundaciones, sequías (como aquella tremenda que padeció Etiopía y que aún colea).

El siglo XX es la centuria en la que más guerras civiles ha habido (la de España sin ir más lejos), más golpes de estado, más asesinatos selectivos y masivos, mayor aumento de la delincuencia, menor respeto al medio ambiente, más destrucción de medio natural (bosques, ríos…). Sin olvidar la permanente falta de respeto a las mujeres en casi todo el mundo desde hace bastante más de un siglo. Y un largo etcétera.

Así que, ¿dirían ustedes que el siglo XX fue tan malo como para borrarlo de la Historia? Conforme iba llegando el año 2000, muchos fueron los agoreros que predijeron el fin de la humanidad, un gran colapso mundial, un virus exterminador o una guerra nuclear. Doce años después, seguimos en las mismas.

Preferiría que no se acabara el mundo, pero la verdad, teniendo en cuenta cómo está todo, quizá necesita un “reset” que dirían los informáticos, un reinicio, una vuelta a empezar, un “Matrix revolutions” (aunque es la peor de las tres películas de la saga, el final me sirve como ejemplo).

Y habrá quien diga: “¡Hombre no! peor estábamos en el 1946”. Y tendrá razón. Lo que nos falta ahora es un poco de espíritu, un poco de ganas de luchar, de salir adelante, de mandar a la porra a los agoreros del Standard & Poor’s, a los de la UE, a Angela Merkel, a los políticos españoles, a la corrupción permanente y a todos los que tratan de minar la moral de la gente que tiene ganas de hacer algo con su vida.

Y si se acaba el mundo, ¿qué? Pues nada. Habrá quien diga: Gracias a Dios y otros que pidan que, por favor, aún no, que ese día me caso o nace mi hijo. Siempre hay un motivo para vivir y otro para morir, pero aunque sólo sea por instinto, la vida tira más.

Cuando me dijeron por primera vez que, según los mayas (yo insisto, según dicen los que se creen que saben lo que querían decir los mayas) el mundo se acababa el 21 de diciembre, pensé que era absurdo.

Ahora que la fecha se aproxima, pienso que es más absurdo aún, porque hay tanta gente preocupada por un asunto que puede o no ser real, mientras que no se preocupan por lo que está pasando hoy. Un problema real es que las personas que padecen enfermedades raras que requieran medicinas sólo dispensadas en farmacia hospitalaria tendrán que empezar a pagar parte.

Eso sí que me preocupa, porque hay miles de personas que, encima que sufren una enfermedad para la que desconocen la cura, que les impide vivir con normalidad (es más, que en ocasiones conllevan una calidad de vida tirando a pésima), van a tener que pagar las medicinas. En el Estado del Bienestar. Eso me preocupa. Y más cosas reales.

Así que, si se acaba el mundo el viernes, perdónenme, pero me da absolutamente igual, porque lo que ya se ha acabado es la moral, el buen corazón y hacer un poquito más el bien a los demás.

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Pobres pobres