El blog de la señora Horton

Un último fulgor

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Todo se acerca a sus postrimerías en estas profundidades del calendario; fervorosas flores se posan sobre todas las lápidas, la gran yema del sol va exangüe al exilio, y las palomas, como bolas de plomo, ruedan por los incendiados parques. Nos inunda un fulgor último, un húmedo fuego otoñal; por las cuatro esquinas arde yesca, parvas, huesos:  o sea, es noviembre. Además, todas las carreteras de noviembre acaban en un cementerio. Por doquier quedan al aire rabadillas, huesos pélvicos, curvas costillas y la tibia y el peroné haciendo corbata a una calavera. Con todos estos novísimos al aire, los supervivientes iniciamos decididamente la travesía del invierno.

 

Hace mucho visité, en un lugar de Galicia de cuyo nombre no puedo acordarme, la tumba de mi amigo muerto, Otero Besteiro. El cementerio queda entre la colada y el garaje; los muertos disfrutan del trotecillo del puerco, del humo de la chimenea cercana, hasta la tumba llegan las blasfemias de los leñadores y el bramido de las motosierras. Sobre estos cadáveres se eriza más la hiedra que el olvido y están como el jueves, en medio de todas las celebraciones familiares, bodas, bautizos y primeras comuniones. Los muertos gallegos no degustan la publicitada soledad de la tumba, pues conocida es la afición de la Santa Compaña al turismo y la trasnochada.

En Castilla sin embargo los muertos quedan en una lejanía torva, ajenos al brasero familiar, bajo nuestras planas e inclementes nevadas. Las tierras amplias permiten el desarraigo de los vivos y también de los muertos. El muchachito que salía en la infancia con cuatro alucinadas cabras era, al regresar, casi un desconocido, un caminante vagamente recordado; supongo a sus vecinos espiando desconfiados aquel rostro que la lejanía había emborronado: uno era hijo por reminiscencia, hermano por chiripa, integrante de la tribu de casualidad.

De niña leí que en mi provincia había un habitante por cada diez kilómetros cuadrados. La estampa de aquel ser recortado contra el horizonte, aislado, aplastado por el peso del cielo, me acompañaba en los sueños. Y si esto sucedía a los vivos, los muertos corrían peor suerte, pues por su hotel no paraban más que el sonoro viento y algún puñado de ortigas.

 Noviembre oculta sexo y muerte; guarda para la severa calavera castellana una palabra seductora, una serpentina y una bolsita de confetti. El corrido Don Juan regala a la tumba su último beso negro y los árboles su efímera lluvia de oro. Y los muertos, en juerga caótica, hacen pintadas con sus dedos fosforescentes sobre esta gran tumba de otoño .

Pertenezco  a una de esas vastas familias cuya imagen animada es la de una mancha de aceite que avanza en movimientos convulsos. A vista de pájaro esta mancha se amplía lateralmente inmiscuyéndose en otras cercanas; estos movimientos laterales responden a apareamientos. En la retaguardia la familia se extiende en tiernos brotes y por delante aparecen, de tiempo en tiempo, huecos que se corresponden con los entierros. Este modelo para armar que es mi familia se me antoja hoy, que toca visitar el cementerio, una maqueta de la creación, un universo de juguete. ¡No, si esas películas divulgatorias que juegan con las analogías, que pasan vertiginosamente de la agonía de la nutria común a la de una estrella gigante blanca, tienen un fondo metafísico de razón! En la familia está él grano que resume la existencia y  el devenir del hombre y el sentido insensato de la vida. Estas familias de las que hablo no se limitan a reproducirse y ocupar espacio. Arrancan de una idea motriz y matriz que seguramente ya está en los monos, en la Biblia, en el Corán, en el Talmud, en los Vedas y en todas las cosas fundamentales, e incluyen en su seno no sólo personas sino también animales, paisajes, casas, ambientes.

En épocas de turbación se nace poco, se muere mucho y los animales escasean, no pasan de un par de perros y algún que otro gato, pero en épocas de abundancia, la familia incluye todo tipo de bestias y bestezuelas, de las que proporcionan mantequilla, de las que se dejan montar, de las que ponen huevos y otras ornamentales. Digo todo esto para dar idea de universo en pequeño y porque es verdad. El eslabón que une el cielo a la tierra es la familia, y por eso el Vaticano pone en ella tanto empeño, de manera que sólo dios es verdaderamente verdadero cuando se hace doméstico, se llena de defectos humanos y se vuelve quejumbroso e irascible.

En noviembre siempre ha sido necesario mentar mucho a los poderes celestes, ya que todos los enterrados suponemos que andan por allí.

Como el bando de los incrédulos crece en proporciones geométricas siempre hay alguien entre los descreídos que pretende, llegadas estas fechas, quitar a la úlcera de vivir sus algodones, porque sabe qué no curan nada, pero se enfrenta a la raíz de toda una organización que queda más allá de sus fuerzas personales, aun aliándose con la ciencia.

 Precisamente en familias como la mía —clanes--es donde se detecta mejor este fenómeno. En estas vastedades de la sangre ni siquiera la paternidad está clara. Todos somos hijos de todos; hoy yo veo que también soy hija de esta tía a la visito en su tumba. Esta paternidad difusa es la que hace creer a mi familia en ese sueño supremo que la fundamenta; es la que la hace confiar insensatamente en el verso conmovedor de Milozs que dice: «No temas nada: el aire que respiras es el aliento de un padre.»

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