Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

Un cuento de caballeros y princesas: la boda del segundo Duque del Infantado

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Cuando los Mendoza se instalaron en Guadalajara provenientes de Álava, a mediados del siglo XIV,  todavía les quedaba un largo camino para llegar a ser una de las más importantes familias de la nobleza castellana. No eran los únicos que buscaban ese objetivo, por supuesto, pues todos los aristócratas aspiraban de una manera u otra a incrementar su riqueza, poder y prestigio. Esto, unido a una serie de reyes débiles, provocó que Castilla fuera un campo de batalla entre las familias más poderosas durante gran parte de la Edad Media.

Para llegar a lo más alto los Mendoza tuvieron que elegir muy cuidadosamente el bando en el que se situaban cada vez que estallaba un conflicto entre facciones nobiliarias. De igual modo, debían procurar permanecer lo más cerca posible de los reyes, ofreciéndoles su apoyo para recibir a cambio grandes recompensas. Pero por encima de todo, debían seleccionar con mucho cuidado con quien casaban a sus hijos, pues esas uniones eran clave para que el prestigio y los títulos de la familia fueran creciendo de generación en generación.

Ciertamente, los Mendoza alcarreños de la Edad Media sabían que la política de matrimonios era un elemento clave para que la estirpe familiar fuera cada vez más poderosa, y a ello dedicaron gran parte de sus esfuerzos. A base de acertados casamientos, fueron tejiendo alianzas con otras familias y sumando títulos nobiliarios durante la segunda mitad del siglo XIV y la primera del XV. Uno podría plantearse lo triste que es casarse por conveniencia y no por amor, pero los Mendoza, que tenían amor para dar de sobra, sabían que éste último se podía encontrar sin problemas fuera del matrimonio y sin compromiso alguno, de lo cual dan fe los muchos hijos ilegítimos que tuvieron.
Diego Hurtado de Mendoza, el que acabaría siendo primer duque del Infantado, sabía que para incrementar el poder de la familia debía casar a su hijo Íñigo de la mejor manera posible. Su padre, el marqués de Santillana, había conseguido situar a la estirpe mendocina entre las más grandes del reino, pero faltaba ir un paso más allá, y conseguir una alianza matrimonial que hiciera a los Mendoza destacar sobre el resto. Para ello, decidió hacer amistad con Juana Pimentel, la viuda del condestable Álvaro de Luna, conocida como la Triste Condesa.

El condestable había sido la persona más poderosa del reino, gozando de la confianza del rey Juan II, quien le había colmado de títulos y riquezas. La posición privilegiada del condestable había generado las iras de una facción de la nobleza, que se sentía agraviada, lo que provocó la guerra entre unos y otros. Tras diversos episodios militares y políticos, Juan II perdió la confianza en el condestable, y cedió a las presiones de los nobles contrarios a él, condenándolo a ser decapitado en 1453. Su viuda quedó entonces al cargo de uno de los mayores patrimonios del reino.

En esta amistad entre el Mendoza y Juana Pimentel ambas partes tenían mucho que ganar. Ella podía contar con el apoyo de los magnates alcarreños contra aquellos que querían despojar a su familia de las riquezas que había dejado el condestable, mientras que los Mendoza conseguían con ella una oportunidad inmejorable de hacerse con el prestigio y poder de la casa de Luna. La alianza entre ambos se tradujo en un acuerdo matrimonial en 1459 entre el joven Íñigo López de Mendoza, futuro segundo duque del Infantado, y María de Luna, hija del fallecido condestable.

Sin embargo, la futura esposa, o más bien el patrimonio que iba a heredar, tenía muchos pretendientes, que también querían apropiarse de la herencia de Álvaro de Luna. El más poderoso de ellos era Pacheco, marqués de Villena, hombre de la máxima confianza del nuevo monarca, Enrique IV, y conocido por ser un político astuto, manipulador y sin moral alguna. Pacheco quería casar a su hijo con María de Luna, pero sabía que no podía contar para ello con el consentimiento de Juana Pimentel, pues él había sido uno de los nobles que más habían presionado a Juan II para que ajusticiara al condestable, algo que su viuda, obviamente, jamás olvidaría.

El marqués de Villena, no obstante, tenía un plan. En primer lugar, consiguió convencer al rey de que la viuda del condestable estaba tramando planes contra él. Enrique IV, fácilmente manipulable, creyó las insidias de Pacheco y desposeyó a Juana Pimentel de todo su patrimonio como castigo. Paralelamente, el taimado marqués puso al rey en contra de los Mendoza, forzando la situación hasta el punto de que soldados del monarca llegaron a entrar en Guadalajara por sorpresa para echar de allí al futuro duque del Infantado, quien se tuvo que refugiar tras las murallas de Hita, temiendo por su vida. Tras desactivar a los Mendoza, puso en marcha la última fase de su plan, que hasta ahora había trazado en la sombra sin que sus enemigos lo supieran: ofreció su apoyo a la desdichada viuda, diciéndole que si aceptaba el matrimonio de María de Luna con su hijo, él mismo se encargaría de convencer al rey de que le devolviera sus propiedades, erigiéndose en su protector.

La viuda del condestable sabía, no obstante, que Pacheco no era un hombre de fiar, y estaba segura de que todo había sido un complot, por lo que rechazó tajantemente su oferta. El marqués de Villena, sin embargo, no se echó para atrás, y consiguió convencer al rey de que le mandara una carta a la condesa instándola a que accediera al matrimonio, a lo que ella respondió con evasivas. El rey, marioneta de Pacheco, aumentó la presión sobre Juana Pimentel poniendo guardias en el castillo donde vivía con su hija, en Arenas de San Pedro, amenazándola con que si casaba a su hija con alguien que él no hubiera autorizado, las consecuencias serían muy graves. Juana Pimentel, en vista del acoso sufrido, envió una carta a los Mendoza pidiendo desesperadamente su ayuda.

Aquí es donde comienza la parte de acción de la historia:  el joven Íñigo recibió al mensajero portando la carta en su palacio de Guadalajara, y su carácter de hombre decidido le hizo actuar inmediatamente. Tomó un pergamino y pluma y escribió en el momento una respuesta para su prometida, ordenando al mensajero que volviera al castillo con la mayor urgencia. Tras esto, llamó a su hombre de mayor confianza, su ayo Herrada, y le contó su plan: iban a engañar al mismísimo rey delante de sus narices.

El alcarreño, acompañado de su ayo, marchó al galope a Arenas de San Pedro disfrazado de mercader para que nadie le reconociera por el camino, pero tomó la precaución de esconder en sus ropajes una espada, y de llevar bajo ellos una fina cota de mallas. Así llegó a las cercanías del castillo donde su prometida permanecía bajo la custodia de los soldados del rey. Escondido, esperó a que llegara la noche. Todos dormían, menos los centinelas, y una nerviosa María de Luna que miraba la oscuridad desde la ventana de su habitación, en lo alto de una de las torres de la fortaleza. De repente, la tranquilidad de la noche es rasgada por el canto de un pájaro. Solo es un buho, se dicen los soldados, quienes ignoraban que realmente acababan de oír al joven alcarreño imitando al ave. Al canto simulado responde la joven María encendiendo una vela frente a su ventana, para apagarla inmediatamente. Era la señal que Íñigo necesitaba: con cautela se acercó al pie de la torre sin que le vieran los centinelas, y una vez allí volvió a imitar el canto del buho, tras lo cual la ventana se abrió, y desde ella se extendió una cuerda por la que el audaz Mendoza pudo trepar hasta el dormitorio de su prometida.

Allí le esperaba ella, como en un cuento de caballeros y princesas, solo que en este caso el pragmatismo se imponía a cualquier fantasía, pues a la doncella le acompañaban un sacerdote y un escribano. En el acto, y con el mayor sigilo, el sacerdote casó a la pareja, mientras que el escribano daba fe de lo acontecido, redactando los pertinentes documentos que certificaban el hecho. Finalizada la singular boda, la pareja se metió en otra habitación para consumar el recién estrenado matrimonio, tras lo cual Íñigo salió del castillo, suponemos que con una sonrisa dibujada en los labios, descendiendo por la cuerda nuevamente sin ser visto por los guardias, y llegó al lugar donde su ayo le esperaba guardando los caballos, tras lo cual regresó a Guadalajara quedando María en la fortaleza.

Uno de los rasgos de los Mendoza alcarreños era, sin lugar a dudas, su fecundidad. Una sola noche bastó para que María quedara encinta de su hijo Diego, futuro tercer duque del Infantado. El embarazo, al igual que la boda, se mantuvo en secreto, mientras que Pacheco y el rey seguían presionando a Juana Pimentel para que accediera al matrimonio de María con el hijo del marqués de Villena. Cuando el estado de María era ya imposible de disimular, la viuda del contestable, saboreando la victoria sobre su taimado enemigo, escribió al rey diciéndole que no tenía inconveniente en acceder a la boda que le proponían, pero que, lamentablemente, su hija ya estaba casada y esperaba un hijo del Mendoza, por lo que suponía que el de Villena ya no la querría como nuera. Seguramente, la Triste Condesa hubiera dado cualquier cosa por ver la cara de Pacheco al enterarse de la noticia.

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