El blog de la señora Horton

Un año de la muerte de Manu Leguineche

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Supongo que la mayoría de sus amigos recordarían que ayer se cumplía un   año de la muerte de Manu Leguineche. Estaba yo por la noche pensando en mis cosas y en medio de mi silencio oí a mi marido preguntarme ¿recuerdas que hoy es el aniversario de Manu? He de decir que sufrí un sobresalto y una punzada interior: tan nueva como si hubiera sucedido tal cosa veinticuatro horas antes.

 

Con Manu escribí un libro, y antes, durante e incluso después de esa experiencia extraordinaria, repasamos el mundo, mantuvimos conversaciones y discusiones sobre cientos de cuestiones de las que aquí traeré solo unas. Discutíamos sobre la historia en sí (el libro trataba de las Cruzadas), sobre la personalidad -realmente extraordinaria- de nuestros personajes y otras, las más, de cómo veíamos los cambios de costumbres de entonces acá. Y a menudo hablábamos de comida y bebida, pues muchas veces nuestra mesa de trabajo fue la mesa de un restaurante. Por eso trata este artículo de ello.

 ¿Qué comían aquellos antepasados nuestros en medio de las horribles batallas y asedios que se sucedían sin tregua? Pues comían lo que buenamente encontraban por los caminos: asolaban los huertos, las granjas, la caza. Y cuando ya no quedaba nada (cosa frecuente pues los caballeros que combatían iban precedidos por un ejército de muertos de hambre al mando de dos locos, Pedro el Ermitaño y Gualterio sin Haber, montados en dos pollinos y vestidos con dos sacos y rara vez dejaban algo para el verdadero ejército)  los caballeros, nobles y príncipes y sus tropas, cuando el hambre apretaba, y apretaba mucho, no tenían más remedio que comerse sus monturas y echaban mano de sus caballos de  guerra, sus destreros. Y luego seguían a pie.  Claro que poseer un caballo era ser alguien y no sólo en el sentido metafórico. 

 

Durante la toma de Antioquía, ocurrió uno de los momentos de más hambruna que el mundo ha conocido. Los felices poseedores de caballos pudieron comerse su cabalgadura a tajadas, incluso cruda y putrefacta; los más pobres corrieron peor suerte pues, tras devorar toda clase de hojas y ramas y limpiar el territorio de perros en varios kilómetros a la redonda, olvidando el asco que debía producirle a un cristiano un infiel, los cruzados arramblaron con los sarracenos hasta dejarles los huesos mondos. Incluso hay relatos de cómo sacaban a los cadáveres más recientes de sus tumbas y los asaban. Una vez terminado este manjar nuestros compañeros de civilización, los francos, acabaron por comerse sus propios niños en forma de espetones.

Después de asombrarnos y hacer alguna que otra broma sobre estos procederes y de las escalofriantes costumbres y aventuras de aquellos, le dije a Manu: mira voy a escribir esta noche el artículo para mañana y va a tratar de esto. 

Y entonces nos pusimos a ello. El me daba ideas y yo las ajustaba a mi estilo. Así que en este artículo hay mucho de Manu y hoy lo he traído aquí como un recuerdo de aquella época inolvidable. Así que imaginen que en este texto hay mucho de él.

La humanidad ha pasado malos momentos y ha hecho cosas indescriptibles; ponerse sentimental para hablar del hombre es no conocer su historia. Ahora, nuestro mundo está sobresaturado de bienes comestibles, tanto europeos como ultramarinos. Nos hemos hinchado a comer con tal voracidad que, al fin, hemos conseguido neurotizar nuestro aparato digestivo y hacer de la ingesta un problema. Toda ama de casa sabe que sus invitados van a dejarse la mitad de su ración en el plato; que el cincuenta por ciento de ellos no catará el 

vino que ella eligió con desvelo y que el primor que puso en el postre de repostería casera se irá al cubo de la basura. 

Un atajo de raros se sientan a nuestra mesa: mitad de anoréxicos y mitad de bulímicos. Al final no querrán café si no es descafeinado y preferirán cualquier hierba sin ventaja o un vasito de agua como tentempié. Y si esa ama de casa, harta de guisar y de un día agotador, tiene en mente echarse al pulmón un buen pitillo, o un intrépido invitado extrae un puro de sus bolsillos secretos, pueden ir olvidándolo, porque el cincuenta por ciento de sus invitados les estropeará el placer a base de estadísticas oncológicas, mientras el otro cincuenta por ciento se abanicará con la servilleta tratando de que no le llegue el humo. 

Dándole vueltas al fenómeno, he llegado a la conclusión de que nuestra relación con la comida es una forma de anomía; un comportamiento desviado, pero condicionado por la estructura social. La sociedad nos hace deseable la esbeltez, mientras nos presenta platillos suculentos. No hay revista en donde al lado de una receta rica, rica, no se anuncie un adelgazante; tras cualquier biomanán en la tele, sale un tío bueno bebiendo whisky y haciéndose lenguas de él. Si  los que nos mandan, el gobierno por lo tanto, pone como deseables la salud, la continencia y el abandono de los vicios y, después, no nos coloca al alcance los medios adecuados para subir a ese paraíso, no debe extrañarnos que busquemos el procedimiento más eficaz, aunque no más legítimo, para llegar a esos resultados.  "Este comportamiento no dista mucho del que utilizamos para enriquecernos (por cualquier método) o para triunfar (con cualquier trampa)",  dijo él.

Y yo dije ¡Vaya, si al final va a resultar que es también el Gobierno quien nos estropea las cenas!

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