El blog de la señora Horton

TUTUMITO FRESCO

He recibido una herencia. Raro, porque mis padres fueron maestros, o sea insolventes y decentes, especialmente él, que acabó siendo un tarambana simpático perdido en un horizonte cuajado de indios y cactus. Curioso, pues también perdí a mi marido en un horizonte similar ya que me casé con un pastor metodista y los dos juntos  iniciamos la aventura de convertir al mundo. Pero el único mundo al que teníamos acceso entonces era un lugar vacío, compuesto de algunas pequeñas granjas y poblachos de mierda salpicados en un paisaje caluroso: Arizona, el desierto de Sonora, por si les suena. Actualmente estoy aquí, en España. Por el contrario, el mundo aquí es un lugar atestado, compuesto de unos cuarenta millones de compradores de preferentes dando gritos y de unos pocos ricachos con sus sacos de oro al hombro, todos abarrotando un espacio sin oxígeno.
(De cómo he llegado a España desde Arizona, haciendo parada y fonda en California y pasando de refilón por la República Dominicana hablaremos otro día: tengo mi biografía al completo colgada en internet y si alguien se interesa por ella, le puedo poner sobre la pista)

Bien, la anciana a la que he llevado del brazo por la calle Serrano y aledaños durante tres largos años ha tenido la gentileza de dejarme en su testamento una vajilla. Traté de vender esta preciosa, antigua y probablemente cara cacharrería, pero no lo he conseguido ya que muchas de sus piezas está arpadas, las más con muescas en sus filos, el oro que la decoraba se lo llevó el tiempo, está incompleta y, en fin, la pobre está como yo, descabalada y vieja.
Desde alguna perspectiva –dicen– las vidas son muy largas. Y esto vale también para la porcelana.

La meditación sobre mi vajilla rota  y mi mala suerte me ocupa algunas tardes en las que dormito ante el televisor apagado. Apagado, porque ni siquiera el Sálvame Diario llega a sumergirme en el mundo de las bajas pasiones ya que, innecesariamente a todas luces, Jorge Javier se ocupa más de Urdangarín que de la lujuria y estimula más la bronca cainita que los adulterios niquelados con los que tanto disfruté antaño. Deduzco que una especie de moira horrible nos domina y que todo está irremisiblemente tan ajado y devaluado como mi vajilla. Yo misma estoy acogida en casa de una compañera y convertida en un número rojo en las estadísticas fúnebres del señor Montoro.

En mi duermevela vespertino vuelvo mi vista atrás. Hoy he recordado que mi abuela materna, una gran señora más ancha que larga, de origen francés, tenía en su casa de Nueva Orleans un librito de remedios para las enfermedades, que guardo junto con la Santa Biblia. Uno de ellos viene ahora al pelo: "Con los cogollos del tutumito fresco metidos diestramente por el culo, se diluye la codicia".  Textual.

Tengo que preguntar a mi amiga por un vivero que quede cerca, a ver si me hago con unas semillas de tutumito. Creo que voy a dedicar las piezas de mi vajilla a su cultivo. Germinado, lo ofreceré a los padres de la patria por el bien de esta nación.

Les invito a dedicarse al cultivo del tutumito. Teniendo presente que delante de los trenes siempre hay una locomotora, invito a mis lectores a levantarse del sofá. Hay que levantarse del sofá y, como dicen repetidamente los americanos en sus series televisivas, hay que empezar a mover el culo.
El culo en todas sus vertientes, denotativas y connotativas, debe convertirse en un elemento de regeneración nacional.

CORRUPCIÓN Y TROPA
Más cosas de la vida... supongo