Un zángano en el palmeral

SOBRE TODO, EN AGOSTO

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Algunos de los veranos que recuerdo en Guadalajara corresponden a esa parte de la vida en la que uno se siente invulnerable. Momentos, periodos en los que las altas temperatura son, simplemente, otro azar.

 No es que antes hiciera menos calor- que no, a pesar del tan cacareado cambio climático- sino que el organismo, en esa estadía de lo triunfal, era capaz de resolver las servidumbres a las que cualquiera se somete cuando el imperio de agosto dicta su ley, cual atendía a otros supuestos cotidianos. Ni más, ni menos. Un ingrediente de los de la lista, algo perfectamente integrado, el disgusto que fluye y se olvida.

Fueron temporadas en las que disfrutamos- porque los detalles que recuerdo ahora sucedieron en compañía- de distintas series. Lo mismo como protagonistas del tradicional enfrentamiento de comandos con defensores y atacantes, con escondrijos y con emboscadas en los que simulábamos disparos- llegar al cuerpo a cuerpo nunca fue considerado por el equipo de guionistas- valiéndonos de gestos y sonidos realizados a fuerza de proponer la realidad mediante los registros de cada garganta y un recuento de víctimas que dependiendo de la buena voluntad de los participantes: “si te he visto cuando dije ‘pum’, estás muerto”. Igualmente, olímpicos ejercitados sobre el asfalto… bueno, corriendo más o menos distancias que llamábamos de resistencia o de velocidad sobre las aceras, y competiciones de salto porque, para entonces, la instalación deportiva más cercana- una era de las varias que entonces existían donde jugábamos al fútbol- se había transformado en barriada de nueva edificación para gentes humildes. Y, algún tiempo después, pasados los años, con otras compañías, interminables torneos tenísticos- incluso cuando amenazaba tormenta- dibujando las líneas reglamentarias sobre el suelo granulado de unos aparcamientos todavía sin uso, en lo que hoy son zonas industriales de la ciudad, y con nuestra red portátil de sitio a sitio porque no siempre acertábamos a ser los primeros.

Del tenis y de los veranos podría contar más y recordar a aquellos con los que coincidí, pero no debo abundar en lo autobiográfico para caer en la ficción que es lo único que puede resultar cada vez que se pretende relatar la historia de lo que decimos que fue cuando lo fuera. Por suerte, además, ha pasado el tiempo y hay algo cierto. Cierto y reconfortante: pereceremos, pereceré. Vivir tantísimo mientras desaparece todo lo que pudo importar, no es alegría. Supervivencia, claro. Empecinamiento, tal vez…   

 

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