b2ap3_thumbnail_angel-policromado.jpg Hubo un tiempo lejano en que me metí entre las páginas de unos viejos libros que encontré en las estanterías de mi abuelo: allí leí el "Retrato de los Papas" (escrito por Juan Antonio Llorente, Canónigo y Dignidad de Maestre-Escuela de la Santa Iglesia Metropolitana de Toledo, Primada de las Españas, según dice la portadilla) que me dejó en  shock, y la Historia de la Diócesis de Sigüenza y de sus Obispos, por Fr. Toribio Minguella, en cuatro volúmenes. Ambos trabajos son realmente fascinantes y mucho más conmovedores y entretenidos que los que leemos habitualmente.

Y gracias a esas lecturas ahora puedo contarles a ustedes, en un par de post, cuales son las patronos de Sigüenza desde tiempo inmemorial: San Sacerdote y Santa Librada.

 No sé qué autor dijo que la Teología es una parte de la Literatura Fantástica (debió ser Borges, le pega un montón) pero es que la Hagiografía es aun más extravagante, es historia y fantasía juntas, puras y duras. Y he de reconocer que esos ambientes fuera de la ramplona realidad resultan muy atractivos.

Vamos hoy con San Sacerdote. Pues bien, la historia de Minguella cuenta como una noche del mes de mayo, exactamente el día cinco de ese primaveral mes del año 1192, un peregrino llegó a Sigüenza. Era alto, rubio, de piel blanca y llevaba al hombro un hatillo. El peregrino, cubierto de conchas, con el báculo y un amplio sombrero de teja, avistó Sigüenza . Había muy pocas luces por las calles, algunos candiles que portaban los vecinos trasnochados; había un olor flotante que lo daban las acémilas, los desperdicios, las boñigas. El peregrino notó ese aroma.  Apretó su pañuelo y recorrió la ciudad. Observó un lujo de estrellas en esa noche de mayo, un telón celestial sobre los pinares y un viento helado, astral, en las esquinas.

Llegó a la puerta de la catedral dentro de la que  el cabildo estaba preparando un banquete (entonces se comía y bebía en las iglesias, incluso de hacía teatro, prácticamente los clérigos vivían dentro de ellas).

 Esa noche el Cabildo había asado un cordero grande, grasiento, en la sacristía de la Catedral. Entre hachones, los Arcedianos de Medinaceli y de Almazán sentados en dos escaños aparte, en una capilla, reían ante dos copas de vino. En el crucero, dos Racioneros jugaban y se empujaban: habían hecho una apuesta. El Sochantre estaba dormido y a veces roncaba violentamente. Olía al sebo del cordero y al sebo de las velas.

Sonó la Puerta de los Perdones que el peregrino acababa de cerrar a sus espaldas. El prior fue el primero que lo advirtió; hizo un gesto de incomodo. Vio que el peregrino, que se había despojado de su sombrero, era muy rubio y muy joven, le caía pelo claro sobre los hombros y observó sus ojos transparentes, su mano fina y los labios rojos. El peregrino le pareció al prior un ángel. Todos cuchicheaban y se decían los unos a los otros "es una aparición, un ángel enviado por los cielos".

Entró muy despacio, casi sin pisar y a su paso los canónigos y dignidades se iban callando, el cordero pareció quedar mustio y las luces bajas. Llegó a la mesa y retiró, sin hablar, el pan y los vasos, hizo un hueco muy despacio, con cautela. Y puso encima su pañuelo atado y lo abrió. Y a las luces que han ido acercando los reglados, entre la curiosidad y el pavor, el peregrino descubre su secreto. La cabeza.

La cabeza es de hombre, tiene restos de carne y oscuras manchas en el cuello; el pelo en mechones, gris y blanco; los ojos enormemente abiertos, contumaces. Enseña dientes negros. La nariz, aguileña. La barba le brotó, tórpida, con la muerte. Hay un movimiento convulsivo entre los clérigos y el peregrino anuncia con una voz glacial y muy lejana: "Recibidla, porque ésta es la cabeza de un grande sacerdote de esta Iglesia". Y todos creen que se trata de la cabeza de San Martín de la Finojosa, anterior Obispo que fue de Sigüenza.

El hondo silencio que sigue a las palabras es roto de nuevo por la Puerta de los Perdones al cerrarse: don Rodrigo, el Obispo actual que es sobrino del difunto San Martín de la Finojosa, llega, agitado, feroz. Ve la cabeza que parece revivir a la luz trémula de los cirios. Se miran unos a otros en el puro estupor. Cuando el Obispo hace gesto de hablar y se vuelve, ya no hay nada, sólo tiene detrás un aire vacio, el roce de unos pasos, una ausencia. Ya no hay señal del ángel/peregrino.

***

Cuenta D. Toribio  Minguella que en realidad no se trataba de la cabeza de San Martín de la Finojosa, sino de San Sacerdote, obispo que fue de Limoges.

San Martín de la Finojosa había muerto el año anterior en el viaje de vuelta que hizo al Monasterio de Óvila. Este hombre piadoso que, por revelación del cielo, conoció antes de emprender el viaje la fecha de su muerte, ya en Santa María de Huerta -bajo cuyo altar Mayor está enterrado- exhaló "olor suavísimo y dulce, olor a santidad, entre otros milagros".

Pero si no es la cabeza de San Martín la que se venera en Sigüenza, como el Cabildo creyó, sino la de otro Santo -San Sacerdote, obispo de Limoges­- todavía me parece el misterio más interesante pues ¿Qué pinta el Obispo de Limoges en Sigüenza? ¿Se equivocaría el ángel de destinatario y algún pueblo francés se ha quedado sin patrono?

Ya digo que todo esto es fascinante.