Herreros y otros trastos viejos

Sepulcrum Nostrum

No llevéis flores a mi tumba cuando haya muerto, tan solo echad flores al mar, que la corriente ya las llevará a donde esté enterrado. Ésta no es otra versión del famoso poema de Carlos Alberto Boaglio, sino un burdo remedo de lo que podrían haber dicho las miles de personas que se han ahogado en el Mar Mediterráneo, Mare Nostrum, tratando de convertir en tangible lo soñado. El agua se los tragó  y se transfigura en Sepulcrum Nostrum.

 

El Mar Caribe es lugar de enterramiento común para un buen número de españoles que fueron olvidados en su tumba acuática, lo mismo que los vikingos en el mar del Norte cuando partían a invadir otros territorios menos fríos o los griegos en busca de Finis Terrae. El hombre se ha lanzado siempre al mar con un propósito. Éste, muchas veces, era cumplir un sueño: llegar a las Indias por el Oeste, ampliar sus propios territorios, ver el final del mundo…

Ahora, los hombres y mujeres de África se embarcan en una peligrosa aventura porque tienen sueños, pequeñas ascuas alimentadas por los soplidos de la televisión y la promesa de un futuro. Unas brasas que se mantienen ardiendo durante el largo viaje por tierra, hasta que llegan a la costa, donde sus dueños malviven un número indeterminado de años mientras se dejan explotar para colectar la cantidad que van a pagar a su posible asesino, transfigurado en el hacedor de lo posible: quien proporciona un transporte para superar la última barrera que se eleva entre el sueño y la realidad. 

Cuando en realidad es un esclavista, alguien que vende a los suyos para su propio beneficio. Se imaginan que una manada de ciervos decidiera que unos cuántos de los suyos acudieran a la guarida de los lobos para ofrecerse en sacrificio y permitir la supervivencia del resto. No lo hacen. Todos juntos tratan de escapar. Los humanos no. Siempre ha habido esclavos. Desde bien antiguo, tanto en la historia bíblica (Abraham tuvo un hijo con su esclava, los judíos fueron esclavos en Egipto) como en la romana, la española, la inglesa, la americana…

Ahora, estos nuevos esclavos pagan con sus esfuerzos un pasaje en un barco que, con más frecuencia de lo que uno desearía, en realidad será una tumba. Porque han dejado sus vidas en manos de alguien con perversidad diamantina, sin empatía, sin conciencia. Ese tipo que sale sonriendo en una fotografía portando al cuello una cruz, para ocultar su maldad tras un símbolo de paz, reconociendo haber enviado a Europa a 8.000 personas, de las cuales no se tiene noticia en su totalidad.

Este tipo sonriente, este desalmado, impide que el oxígeno siga alimentando las ascuas del sueño, favorece que miles de personas perezcan con una muerte horrible, solos, lejos de su tierra y familia, olvidados, sabiendo que su sueño se extingue con su vida. Este tipo al que nadie busca. Este asesino avaricioso, cuya gula monetaria nunca se ve satisfecha y tampoco se le indigesta cuando viene acompañada de cientos, de miles de cadáveres.

Y mientras tanto, las altas esferas hablan de cuánto pueden gastar en salvar vidas, en atrapar a este maleante. Y mientras tanto, el Mare Nostrum abre sus fauces mostrando su otra cara, la de Sepulcrum Nostrum, la de la vergüenza de todos nosotros.

Mofetas
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