Aviso Gorra

Revivir el infierno

Cuando me tocó informar sobre el incendio de La Riba de 2005 siempre traté de esconder mis miedos, mi impotencia y mi fustración, atendiendo a las historias de quienes tenían algo que contar y enterrando la mía propia, no solo por cumplir con el referente ético de la información, sino también porque la rabia y la desesperación personal era un nudo tremendo en mi garganta imposible de desatar.

Pero cada año, y ya van diez, llegados a esta fecha, mi mente se encarga de hacerme revivir aquel infierno con imágenes muy vivas de una pesadilla en primera persona y de una angustia contenida que ya no puedo sujetar. Lo que voy a contar aquí no estuvo nunca en el objetivo de mi cámara, ni en mi grabadora o mi cuaderno de notas, pero fue mi propia experiencia personal que lejos de querer ser protagonista en esta fecha, solo pongo en voz alta por si me ayuda a mitigar esa angustia que siento compartida por muchos otros, y que toda una década no ha conseguido borrar. Es un efecto totalmente subjetivo, que nada tiene que ver con el trabajo de informar, sino con el de conciliar el sueño.

Aquel 16 de julio de 2005 yo me encontraba en el Alto Tajo, en el albergue Fuente de la Parra, compartiendo tiempo de vacaciones con unos amigos, al borde del río. Acabábamos de comer y estábamos en esa sobremesa de café, copa y mus. Llegó un guarda forestal y nos dijo que había incendio gordo, "debe ser por Ciruelos o Ablanque".

Automáticamente saltó mi resorte de emergencia, pues en Ablanque, que es donde residía en vacaciones en casa de los abuelos maternos de mi marido, se había quedado mi hijo con 17 años, en compañía de otros amigos y familiares. Cogimos el coche inmediatamente mi marido y yo y nos fuimos pitando hacia Ablanque. Nada más salir del cañón del Tajo y coronar la subida por las pistas forestales del Villar de Cobeta vimos una enorme columna de humo, que se asemejaba al hongo de una explosión, colocada en el horizonte justo hacia Ablanque (La Riba y Ablanque distan apenas cinco kilómetros en línea recta).

"¡Dios mío, esto es gordísimo!, acelera Julio por favor, acelera". El coche iba saltando por todos los baches de la pista y a medida que nos acercábamos, la imagen del humo era más dantesca. Nada más pasar por Buenafuente ya enfilábamos por la pista hacia Ablanque y en la cercanía creíamos confirmar que el fuego estaba justo detrás de Ablanque.

De repente mi marido para el coche en seco con un brusco derrape. Dos corzos y un jabalí juntos arremetían contra la valla cinegética de la finca que bordea la pista forestal. "Hay que ayudarlos, míralos están atrapados y en pánico. ¿Pero que vás a hacer?. Tu baja del coche". Enfiló el coche hacía el poste de la valla y con un acelerón lo tumbó con un golpe seco. Los animales saltaron y corrieron despavoridos.

Llegamos a Ablanque y localizamos a mi hijo, y a casi todo el pueblo, en la campa del frontón, mirando todos hacía La Riba que es por donde venía el fuego. Nos cuentan que algunos del pueblo se han acercado hasta La Riba por si se puede ayudar y decidimos ir hacia allí. Las campanas del pueblo tocan arrebato.

Cuando llegamos a La Riba, desde lo alto del castillete vemos que el fuego ha entrado ya en todo el Valle de los Milagros. Hace un viento del demonio, se ve un helicóptero que no puede llegar a descargar y que casi pierde el control. Nos cuentan en el bar que todo ha sido por una barbacoa y nos dicen que hace falta llevar agua hacia Ciruelos, donde hay varios grupos de jóvenes de la Riba y Ablanque tratando de apagar llamas.

Cargamos unas garrafas de agua y nos vamos hacía la carretera de Ciruelos. El tiempo parece haber pasado muy rápido porque de repente ya es de noche y el resplandor de las llamas es impresionante, además el fuego parece correr a la carrera sobre el monte. Intento llamar por teléfono para poner sobre aviso a la redacción de Guadalajara Dosmil, que era donde entonces trabajaba como redactora jefe, pero no hay cobertura.

Esperamos en la carretera a que vayan saliendo del monte esos puntos de luz de los retenes. Es una patrulla de la Brif de Daroca, llegan exhaustos, llevan toda la tarde trabajando. Agradecen el agua y preguntan por su localización y algún punto con cobertura. No tienen señal con la radio y andan desorientados. Les indicamos que dentro del pueblo de La Riba, en la calle que sube al castillo verán una equis pintada en azul en el suelo y que ese es el punto de cobertura de móvil más cercano y el único.

Decidimos regresar a Ablanque. Cuando llegamos el pueblo está a oscuras. Se ha ido la luz y también el teléfono. Tampoco en Ablanque hay cobertura de móvil y hay que salirse un poco del pueblo hacia los altos del mirador. Allí voy y por fin habló con la redacción. Le cuento a mi director que el incendio es de órdago, que movilice a todo el mundo y se vengan para acá. Me dice que soy un poco exagerada que las noticias que ellos tienen no dicen que sea para tanto. Me cabreo y cuelgo.

Me entran mensajes en el móvil del Servicio de información de la Guardia Civil que indican que la carretera de Ablanque hacia Mazarete está cortada y que van a desalojar Ciruelos, Mazarete y otras poblaciones. Decido llamar al 112 para saber como está la situación, pero más que respuestas todo son preguntas. Qué cuanta gente hay en el pueblo, qué si tenemos vía de evacuación, qué donde está el alcalde, qué si hay Protección Civil. Lo que hay es un caos y un incendio que ya parece gigante.

Son casi las 12 de la noche y todo el pueblo de Ablanque, unos 60 vecinos, estamos en el frontón. El humo está bajando y empieza a ser dificil respirar. Comentamos que sería bueno sacar a los niños y los mayores, pero por la carretera hacia La Riba que no está cortada. Se marchan la mayoría.

Llegan algunos de los del pueblo que estaban apagando llamas y cuentan que la cosa pinta fatal. Nos dicen que se ha quemado una parte del sabinar con sabinas centenarias y buena parte del pinar, que el fuego ya avanza hacia Mazarete y también hacia Cobeta haciendo una especie de abanico con Ablanque en el centro. El resplandor de las llamas es casi un semicirculo y sigue avanzando.

Quedamos con un grupo para ir hacia el monte en cuanto amanezca, para tratar de apagar, pues de noche es inútil, no tenemos más que alguna pequeña linterna. Las baterías de los móviles se están apagando. Afortunadamente puedo recargar el mío en el coche. Se lo presto a varios vecinos que necesitan dar aviso a las familias. 

Cae la noche ya encerrados en casa intentando descansar. Hemos tenido que cerrar las ventanas a cal y canto y poner toallas en las rendijas porque se colaba el humo. El perro está más que nervioso y no para de ladrar. No hay manera de dormir y cada dos por tres me asomo a la ventana de la buhardilla y veo que el resplandor sigue allí, que la pesadilla es real.

Con las primeras luces del día 17 el humo parece querer levantarse del pueblo. Es como una niebla hermosa pero con un insoportable olor a chamusquina. Llegan bomberos de Diputación al pueblo y preguntan por el bar. Está cerrado, José Luis es quien lo abre y se fue a apagar el fuego desde el primer momento y aún no ha vuelto. Piden si les podemos dar algo de leche o fruta, no han llegado provisiones y están rendidos, repostando junto a la balsa de la captación de agua, en la fuente nueva.

Varios vecinos sacan melones, melocotones y leche, el pobre bombero no puede con todo y le damos bolsa para que pueda llevárselo.

Partimos hacia los artesones, uno de los pinares más majos del pueblo, con algunos mayores  que entienden mucho de fuego, pues ya ejercían de bomberos cuando los pinares se estaban resinando. Trabajamos con ramas de enebro, no hay otra cosa, espantando las llamas y con zapatillas tipo bambas que se derriten con el calor del suelo. Se empieza a oir algún avión y hasta nos cae una descarga encima. Se agradece después de tanto calor.

Llegan cuadrillas de retenes a la zona y decidimos dejarles trabajar a ellos, que les cunde mucho más con las mochilas de agua, los batefuegos y las azadas. Vamos entonces a la ermita de los enebrales, para ver si allí hace falta una mano. Recibo la llamada de mi compañera del periódico, ya está en Maranchón con el fotógrafo, y van hacia Santa María del Espino, que dicen que hay un frente que amenaza el pueblo. Los datos oficiales señalan que todo está controlado, narices. Nadie se queja, nadie descansa, nadie come, solo de vez en cuando una sentadilla para beber agua.  

Empieza a caer de nuevo la tarde y vuelve a sonar mi móvil. Es Laura y está muy nerviosa. Blanca que aquí en Santa María del Espino dicen que hay un retén desaparecido y que puede que haya muertos... Los puntos suspensivos son momentos de angustia que se hacen eternos esperando una nueva llamada de Laura que me saque de la pesadilla. Blanca es el retén de Cogolludo y han muerto todos. Me empieza a dar los nombres y no lo soporto, conozco a la mayoría y algunos son muy chavales. Tiro el móvil y empiezo a llorar hacia dentro, con ese llanto que no suelta lágrimas pero que quema la garganta, mientras camino sin ver. De repente me zarandean por detrás. ¿Estás loca? ¿Porque vas hacia el fuego?. Es mi marido que me alcanza corriendo, no atino a explicarle nada, pero me abrazo y lloro. Están muertos, los del reten están muertos.

En ese momento la impotencia y la desesperación se convirtió en rabia, una rabia que siguió los tres días después mientras seguía apagando el fuego. Conservo grabada la imagen de cervatillos y cabras carbonizadas, el mar de pinos hecho cenizas con tocones humeantes, las lágrimas de los ablanqueños y el olor a quemado, pero sobre todo, conservo la imagen de esos tres todoterrenos calcinados sobre el Rincón del Jaral y la motobomba medio tumbada hacia el barranco con media manguera quemada y media intacta. Nunca he sido capaz de volver aquel lugar. Sin embargo esta imagen se me repite junto a la eterna pregunta de si aquello se podía haber evitado, antes, durante, e incluso después.

Es una rabia que renace cada año cuando toca la fecha y sobre todo cada verano, cuando toca un nuevo incendio. En este ya van unos cuántos y yo me sigo preguntando si esas once muertes nos han enseñado algo.

 

Una década del desastre
¡Viva los liberados!