El blog de la señora Horton

Reivindicación de los poetas

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Hay en las postales del norte una belleza espectral, la suntuosidad de la nieve, un brillo fútil que a menudo oculta un paisaje de deterioro y carroña. Cuando se deshace la nieve vemos la basura. Algunos hombres sin embargo han resultado ser todo nieve hasta los huesos del corazón: debajo no había desconchones ni se ocultaba la miseria y solo dejan detrás de su muerte la imagen de un muchacho tenaz en busca de un paraíso que es hermético y no se deja atravesar; en busca de la felicidad de los sentidos que es insostenible y evanescente; en busca del silencio, que es inmaculado y no se deja pisar; en busca de la música y la poesía, que son fugitivas.

 

Tal Luis Cernuda, que hace pocos días murió de nuevo, pues los que han vivido mucho tienen que morir varias veces antes de desaparecer y algunos, como nuestro poeta no creo que lo consiga –morir- por mucho que se lo proponga.

Luis Cernuda que de vivo fue un casi ausente en nuestra patria es uno de los nuestros sin embargo y dejó en su momento un paisaje deshelado. Los poetas cuando son poetas y mueren no son ya gente, o noticia, o flora o fauna, son como un gemido al pie de la pirámide universal.

El mundo cruza con un dolor especial por los corazones de estos hombres (estoy pensando también en Gil de Biedma cuyo cadáver pretérito velamos hace unos días); hombres que ni son de oficina, ni de banca, ni sagacísimos, ni están sujetos a engranaje, ni poseen esa sustancia muy gris para los negocios.

Sobre lo impreciso e inestable del borde de la vida de todos, fuera de su escaso abrigo, de su cuestionable solidez, quedan estas gentes tan raras que son los poetas. Son ellos los que levantan imperios hermosos y mucho menos deleznables que los levantados por los hombre de fuerza, aquellos que no crecieron en la imprecisión: un banco se derrumba mucho antes que la obra de un buen poeta y si no me creen piensen en Homero o en Virgilio…gentes con el corazón sin desconchones que han resultado más fiables que las armas y las monedas.

Pues a la postre y contra todo pronóstico, no hay oficio más sólido que juntar palabras, ni más respetado por el tiempo que recitar y depositar esa miel en los oídos de otros hombres. Cayeron los imperios pero siguen de pie sus poetas.

Y esas vidas relucientes se mezclan con las nuestras, llenas de órdenes y deberes, papeles por triplicado y almanaques y agendas. Lejanamente, displicentemente, observamos su brillo, sus cristales y oropeles y por un momento los envidiamos pues nos parece que la noche urbana la tenemos llena de fotocopias hueras, mientras la de ellos está plagada de estrellas.

Cierto que la frivolidad no es una especie en extinción, pero a veces, en su paisaje estúpido, alguien como Cernuda se muere y entonces nos damos cuenta de que a su alrededor había mucha y muy infame necedad, pero él, misteriosamente, logró esquivarla como un ser venido de otro mundo que no pudiera ser contaminado por nuestras viejas enfermedades.

Y nos damos cuenta de que tras su deshielo brutal e inesperado, no tiene en el corazón desconchones ni basura; vemos que de Luis Cernuda como de los buenos poetas y creadores solo queda lo que hicieron. Total: nieve, agua pura. Poesía

Nubes tóxicas e irritantes
Tiempo de silencio