Un zángano en el palmeral

QUÉ ES EL CACHOPO O COMO COLAR UN CUENTO DE NAVIDAD EN DICIEMBRE

Parece ser, tras consultar una publicación que reproduce un resumen de las estadísticas de Google mediante las que se pueden analizar las búsquedas realizadas por los españoles en 2018, parece ser, que algo por lo que los usuarios han estado interesadísimos, es la naturaleza del cachopo… Pero, ¿Qué es el cachopo? Eso ahora no importa. Aquí leerán, si quieren, un cuento de Navidad.

La primera colaboración escrita que realice para un medio de comunicación, hace mucho tiempo, luego de ser invitado por la hoy directora de Guadaqué, Blanca Corrales, resultó ser un cuento de Navidad… contra la Navidad. Y, este año, tengo otro cuento, no necesariamente sintonizado con el fenómeno Grinch. El reclamo del título, el cachopo de por medio, no es otra cosa que una treta, un ardid del que ya he hecho uso alguna vez, como forma de probar si apelando a lo que es preocupación de muchos genera llamadas de atención correspondidas. Sin embargo, tampoco importa. Queden con la narración dicha, basada en un hecho real y si les gusta, tendrán provecho.

Salud. 

EL PENDIENTE BAJO LA CAMA 

Posiblemente los niños de San Ildefonso aguardaban su turno antes de que llegara el día de la fecha para entonar su eterna y valiosísima canción, cuando faltaba muy poco, estaba a punto de suceder algo realmente peculiar…

Encontrar el paradero de un pendiente es una de esas labores cuyo éxito se reserva a los más capacitados. Son actos de averiguación cuya fortuna exige desanudar un enmarañado ovillo de lana, ni siquiera el mejor instruido de los sabuesos atinaría a indicar la traza esencial de buenas a primeras. Pero, la dueña de tan preciado y necesario objeto, Johana- detective asesora- a menudo tan perspicaz como Olivia Dunham, Catherine Wilows, Dana Scully, Kate Beckett, Teresa Lisbon, Miss Marple, Petra Delicado o la mismísima Jessica Fletcher, puso en juego todo su talento: aplicación y eficacia para resolver el caso y recuperar la pieza.

Siempre que se busca un joya conviene conocer las características exactas del tesoro que se persigue para actuar con absoluta precisión. Las dudas provocan el error y conducen a lamentables pérdidas de tiempo. Sin embargo, eso no ocurre cuando se procede de acuerdo con los más elementales principios del manual que debe conocer todo investigador- o investigadora- que se precie. Por lo tanto, para desentrañar el misterio, basta con responder a las cuatro preguntas principales: quién, cómo, cuándo y por qué.

─ Yo lo perdí, al cambiarme de jersey, el martes por la mañana… porque tenía mucha prisa. Estoy segura.

A partir de ahí todo iba a resultar sencillo. Nadie se lo había quitado, todavía era martes y, hasta la hora de la cena disponía de un buen rato… En su habitación no estaba: ya había examinado hasta el último rincón. Como cayó desde su cabeza y a pesar de que todavía no era todo lo alta que llegaría a ser, ya que el colgante era casi totalmente esférico, debió rodar y, posiblemente, llegar hasta el pasillo o terminar su recorrido en otra habitación. Por ejemplo, la de sus padres.

En ese momento supo que retrasar la faena ayudaba poco, era inapropiado. Una vacilación y, al día siguiente, jornada de aspiradora, podrían desaparecer sin remedio las miguitas de pan o rastro visible que esparcen los que suelen desorientarse durante una excursión.

Dentro del cuarto de sus padres y tras echar un vistazo, intuitiva, tomó una decisión. Apostaría a que la aventura estaba a punto de concluir. Lo propio era conducirse con cierta audacia. Se agachó y estirándose bajo el somier de la cama grande, pudo finalizar sus pesquisas. Se trataba de una región inexplorada de la casa, pero, gracias a su acreditada pericia como observadora especializada en todo tipo de destellos, puso el ojo donde quería poner la bala y… un brillo que le era perfectamente familiar al alcance de la mano confirmaba lo acertado de su estilo. Luego, hizo lo necesario para abandonar tan estrecha oquedad y, ya con el trofeo en las manos, el hallazgo de otros efectos, también a la vista, interrumpió la maniobra: ni era plata todo lo que relucía, ni se podía decir que la luna encerrada en su puño era el único astro dentro de aquella cueva. Había más, había otras luminarias, otros brillos, otro material precioso…  

Después, ya sentada sobre la alfombra, adornado cada lóbulo de sus orejas como siempre, contemplaba lo descubierto con un inequívoco gesto de sospecha. Todo detective permanece en alerta de sospecha constante… Su botín consistía en varios paquetes de distintos tamaños, envueltos en papel de regalo y atados con lazos multicolores. Sospechoso. Los cumpleaños de la familia coincidían con otras fechas. Sospechoso. Por lo tanto- elemental- aquel muestrario de fantasía, allí oculto, debía haberse acumulado con otras intenciones. Sospechoso. Pero, ¿qué intenciones? Solo se le ocurrían dos posibilidades, dos razones. Dos malditas razones. Y la segunda, la única que, descartado lo imposible, parecía ser indiscutible certeza, le disgustó hasta el punto de encenderla como si caminara sobre las mismísimas brasas de las calderas de Pedro Botero.

─ ¡Mamá! Mamá, merezco una explicación.

La niña había llegado a la cocina con celeridad pero sin agobios. Puesta en jarras, bajo el umbral de la puerta, quería demostrar que de allí no salía nadie hasta haber satisfecho cada detalle de lo que se disponía a plantear.

─ ¿Qué pasa hija?

La madre terminaba de poner los cubiertos en la mesa mientras el padre de la niña apagaba los fuegos de la cocina antes de servir tres magníficos platos de verdura.

─ Mamá, quedan quince días para que lleguen los Reyes Magos, ¡quince!, así que los regalos que están escondidos bajo vuestra cama, no pueden haber llegado ahí a cuenta de la sola magia.

─ ¿Regalos?

La madre al responder ya barruntaba tormenta.

─ Mamá, soy una niña, pero no soy tonta.

─ ¿Y tú que hacías mirando debajo de nuestra cama?, preguntó el padre.

─ Cumpliendo con mi obligación: lo que se pierde se encuentra, dijo a la vez que tocaba levemente las perlas de plata que colgaban a cada uno de los lados de su rostro.

─ Pues… los regalos… los paquetes… ¡Díselo tú, hombre!

─ Ahora no, dijo el padre falsamente relajado. Primero, a cenar que esto se enfría.

─ Ah, no. No, no, no y mil veces no. Yo ya lo sé. Sí, no pongáis esa cara. Soy niña pero no soy tonta. No tengo por qué aguantar esto. Yo que me he pegado con compañeros de clase abiertamente hostiles. Yo que he tenido que escuchar a niños y niñas vociferantes y repetitivos: “No, los Reyes son los padres… Los Reyes son los padres”. Yo que he defendido la verdad y ahora descubro…

─ Pero hija, terció conciliadora la madre…

─ Ni hija ni nada. No me interrumpas. Esos regalos los habéis comprado vosotros y ellos tenían razón. Los Reyes sois los padres. Sí. Los reyes del engaño.

─ A ver: tranquilízate. Siéntate a la mesa y cuando regreses de la academia por la tarde, con más tiempo y serenidad lo hablamos, Johana. Te aseguro que no es lo que parece.

El padre, para dar ejemplo conforme a lo que acababa de sostener, se sentó sin prisas y puso los dedos sobre la mesa esperando la conformidad del pequeño demonio que nació del vientre de su esposa.

─ No, no, no, no y mil veces no. No me da la gana. Los reyes sois los padres, los reyes de la mentira. Ahora se reirán de mí en el colegio. ¡Todos! “Ya te lo dijimos”, y me harán burla… ¿Calláis? ¿Y del Ratoncito Pérez qué, qué podéis decirme, eh? ¿El Ratoncito Pérez quién es? ¿Quién es?

La niña, furia entre las furias, aunque de pequeño tamaño, señalaba con el dedo a los dos adultos, en ese momento fríos como solo se puede estar tras haber escuchado una acusación demoledora, y se agitaba febril, seguramente alimentada por un gasto energético carísimo si se consideran los actuales precios de la electricidad.

─ ¿Y vosotros? ¿Acaso puedo confiar en vuestra identidad? ¿Estaré segura de unos padres tan horriblemente mentirosos? Porque puede que vosotros no seáis quienes aseguráis que sois. Puede que vosotros seáis padres de cualquiera. Vosotros, a lo peor, sois unos padres de pega, unos padres que no pueden ser, que no son mis padres…  

 

Nada se ha sabido del final de este suceso. Quienes lo contamos debemos estar agradecidos a quien prestara atención cuando la maestra de inglés que enseñaba a la niña, enterada de lo ocurrido por medio de la protagonista- su propia alumna- lo narró. Porque este se lo contó a otro, y luego a otros muchos que siguieron contándolo hasta difundir la noticia por todo el planeta.

Tal vez, no sea exactamente cual acaba de leerse que pasara lo que pasó. De boca a oído, se habrán perdido detalles, otros se habrán inventado… Pero son cosas, son casos, es nada más un cuento.

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Momento dulce