El blog de la señora Horton

Objetos de los Magos

La adquisición caótica es una de las formas de celebración también religiosa. En todos los credos hay un hueco para la avaricia y las vírgenes más amadas van cubiertas de joyas hasta la bandera, las santas más rancias tienen un vestuario de aúpa y hasta el niño Jesús se dejó regalar con largueza por los humildes pastores y también por los poderosos reyes magos que llegan hoy. Hay un chiste belenísta de quien, avisado que llegan al portal los Reyes con oro incienso y mirra, responde: "Pues que dejen el oro, que incienso y mirra aún nos quedan del año pasado". Con humor se puede decir todo lo indecible.


 De esta necesidad y afición a los bienes materiales de la que también participan las personas santas y aun divinas, nos viene a los hombres corrientes un afán consumista desproporcionado, pues los hombres corrientes tenemos la facultad añadida de hacer de la necesidad, en vez de virtud, vicio. Cierto que también hay entre nosotros altruistas y hasta santos. La santidad -dijo un entendido- no es tanto la hipertrofia del altruismo como su osificación. No sé si en las cotas más altas de esta osificación existen aún las tentaciones, pues por más que quiero dar rienda suelta a la imaginación no puedo creer que la difunta Madre Teresa de Calcuta se gastara los ahorrillos en bisutería.

Hay espíritus para los que los objetos han desaparecido o se les han borrado los estímulos del deseo terrenal. Hay otros -la medianía y mayoría- para los que se han inventado ciertas fechas como el día de Reyes, que resultan exculpatorias de cualquier gasto por muy exagerado que resulte. Después de unas navidades dilapidadoras, exhaustas llegan estas medianías y mayorías a los grandes almacenes el día cinco, forman filas agobiantes y se sacan de entre la pelusilla de los bolsillos las últimos dracmas. No importa el hambre de mañana si se es millonario hoy.

He ahí dos estéticas contrapuestas, dos formas mágicas de alcanzar la pobreza, una a través de la renuncia, otra a través del lujo. (Y hablando de los que se quedan sin nada, de la estética de la renuncia: son las mujeres las que estos días se encargan de vaciar la cuenta corriente de la familia para que los varoncitos de la casa tengan sus regalos en los zapatos. Ellas van a esa batalla campal y encima muchas de nosotras no recibimos nada y aún nos queda emoción y bondad para alegrarnos con la alegría ajena. Bueno pues el día de reyes yo les dejo a ellas y a mí misma, el regalo de esta canción She, hermosa y gratis, compuesta por Aznavour y cantada por Elton John, que dice al menos, cosas bonitas de nosotras) .

En definitiva, que poseer todos los juguetes del mundo no tiene que ver mucho con la ética, pues para el occidental actual, regalar mucho en fechas fijas es ético, para la mentada santa de Calcuta, lo ético es no tener nada y para el santo Job –que es el
paradigma de los desasistidos y desprovistos– la cosa había llegado tan lejos que le reclamaba algo a su Señor y de muy malos modos.

Y entonces llega el Señor, harto de las quejas de su creatura y ¿qué creen ustedes que le dice? Pues le dice, "¡Pero bueno hombre, vamos a ver ¿de qué te quejas, dónde basas estas peticiones sin sentido?... ¿Has penetrado hasta las fuentes del mar? ¿Has circulado por el fondo del Abismo? ¿Se te han mostrado las puertas de la Muerte? ¿Conoces el país de la Sombra? ¿Has calculado las anchuras de la Tierra?... Indícalo, si conoces todo eso".

O sea, como diciéndole: "No me seas pardillo consumista; antes que una corbata y un paraguas necesitas sabiduría y esperanza. A ver si somos serios".

Y, desde esa bronca, Job no levantó cabeza.

Después del luto
Doble P, dos PP