Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

Medinat al Faray, el nombre olvidado de Guadalajara

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Puente árabe sobre el río Henares. Tomás Camarillo. Fuente: CEFIHGU.

La ciudad de Guadalajara, en su emplazamiento actual al este del Henares, surgió como un incipiente núcleo urbano en la época de la dominación árabe de la península ibérica. El lugar elegido por los musulmanes tenía una clara finalidad militar, pues era una zona cercana a la tierra de nadie que separaba a los cristianos, parapetados al norte del Duero, y el poder de Córdoba, asentado al sur del sistema Central. Ambos bandos aprovechaban cualquier ocasión para realizar rápidos ataques de castigo contra sus vecinos con el objetivo de debilitarlos y obtener botín. Fruto de esta actividad bélica, los musulmanes crearon un cinturón de fortalezas que defendían la zona dominada por Toledo, del cual formaba parte la propia Guadalajara junto a otros lugares como Madrid, Alcalá o Medinaceli, todos ellos pequeños centros fortificados.

Esta línea de castillos permitía, no solo defender las ricas tierras del Tajo, sino también asegurar las comunicaciones entre Toledo y Zaragoza, ambas grandes urbes bajo poder musulmán. En esta vía de comunicación el paso del Henares era un punto de singular interés estratégico, lo que movió al poder cordobés a asegurar su control construyendo allí una pequeña alcazaba, germen de la actual capital alcarreña. El lugar elegido no podía ser más conveniente, puesto que aprovechaba una loma elevada sobre el Henares, protegida en dos de sus costados por sendos barrancos (el del Alamín y el de San Antonio) que daban al espacio así delimitado una forma triangular cuyo vértice era el río, y que únicamente dejaba desprotegido el flanco sur. La modesta alcazaba árabe, que luego llegaría a ser el orgulloso alcázar de la ciudad, y hoy espacio vergonzosamente abandonado, era el lugar más elevado de aquel emplazamiento, cuyas escasas viviendas se extendían hacia el Henares.

No creo que el lector se sorprenda si le digo que aquel modesto emplazamiento recibió el nombre de Wad-al-Ayara o Wadi-l-Hiyara, topónimo que ha evolucionado hasta el actual Guadalajara. Las explicaciones acerca de este nombre son abundantes, pues la traducción literal más sencilla, “río de piedras”, no parece muy convincente, toda vez que la vega del Henares a la altura de la ciudad no es, precisamente, pedregosa. No es mi intención hablar en esta ocasión de este tema, sobre el que por cierto han opinado voces mucho más autorizadas que la de un servidor, sino de otro que me parece más interesante, el del “otro nombre” de Guadalajara.Un nombre que se ha perdido en el olvido, y del que apenas quedan unos pocos reflejos en las fuentes de la época. El nombre de Madinat al-Faray.

En efecto, durante la primera mitad del siglo X la modesta Wad-al-Ayara aparece mencionada en las fuentes de la época como Madinat al-Faray, lo que nos lleva a preguntarnos ¿Por qué cambió la ciudad de nombre? ¿Qué llevó a sus habitantes a tomar, sin evolución ni motivo aparente, una denominación totalmente diferente de la que habían empleado durante muchas décadas? Parece que la respuesta se puede encontrar en el año 932, cuando el califa Abderramán III se disponía a acabar con la rebelión de las ciudades de Toledo y Zaragoza, que se habían levantado contra su poder. Antes de marchar con su ejército a Zaragoza, el poderoso soberano cordobés se instaló en la pequeña Wad-al-Ayara con su ejército, y desde allí se adentró en el territorio controlado por los rebeldes de la actual capital aragonesa. Al partir, y posiblemente como gesto simbólico de agradecimiento a sus habitantes, decidió otorgarles el nombre de Madinat al-Faray. En efecto, hasta ese momento, el enclave arriacense, debido a su escasa importancia, recibía la misma denominación que el río que bañaba sus tierras, algo propio de lugares con poca relevancia. El califa, al darle un nombre diferenciado, elevaba a Guadalajara a una categoría superior a la de una mera alcazaba. Ahora tenía nombre. Este gesto, emanado de la máxima autoridad política y religiosa, equivaldría a los títulos que se concedieron a muchas ciudades y villas en época cristiana, como por ejemplo “muy noble y muy leal ciudad de...”, y suponía que Guadalajara quedaba destacada respecto al resto de enclaves de la zona. Ya no era una alcazaba, sino que pasaba a denominarse formalmente como “medina” o ciudad.

Así pues, desde ese momento, Wadi-al-Ayara comenzó a llamarse oficialmente Madinat al-Faray, utilizándose en las fuentes escritas de la época ambos topónimos. Así lo indica el cronista contemporáneo Ahmad al-Razí:
“Medinat al-Faray, que se llama hoy Guadalajara, se encuentra al noreste de Córdoba, sobre un río llamado Wadi-l-Hiyara. El agua de este río es excelente y de gran utilidad para sus gentes. Tiene árboles de muchas clases. En su territorio hay muchos castillos y ciudades, como el castillo de Madrid; otro es el de Castejón, y otro llamado de Atienza, que es el más fuerte de este distrito”.

Sin duda hay dos detalles que llaman la atención de este texto: que Madrid era apenas un castillo del distrito de Guadalajara, y que las aguas del Henares eran excelentes...mucho ha llovido desde entonces.

Ahora bien, ¿qué significa el topónimo Faray? Algunos investigadores como Pavón Maldonado, una de las mayores referencias para conocer la Guadalajara árabe, han tratado de identificar Madinat al-Faray con el nombre de un bereber llamado al-Faray, hijo de Salím, el cual habría fundado a su vez Medinat Salim, o Medinaceli. Este Faray, perteneciente a la tribu de los Masmuda, habría sido el fundador de la ciudad hacia el siglo IX a partir de un pequeño puesto de guardia, y posteriormente habría gobernado en ella, siendo sucedido por sus hijos. Así, según esta idea, Medinat al-Faray vendría a significar, literalmente, la “ciudad de Faray”.

El problema es que las noticias escritas de este tal Faray son de dudosa veracidad, por lo que es difícil saber si existió o no, y en el caso de haber sido un personaje real, si tuvo realmente vinculación con Guadalajara (en el caso de su padre Salím, la teoría de que fundó Medinaceli es rotundamente falsa, pues el nombre de aquel municipio proviene de la romana Occilis, que derivó en Medina Occilis). Ante estas teorías, otros investigadores, como Cuadrado Prieto y Crespo Cano creen que Madinat al-Faray, nada tuvo que ver con ningún personaje de nombre similar, sino que, al contrario, es una denominación que tiene gran semejanza con otros topónimos árabes parecidos, cuyo significado sería equivalente a “bellavista” o “el mirador”, por lo que según esta teoría Guadalajara habría sido denominada por el califa cordobés como la ciudad de la vista bella, o la ciudad de Bellavista.

Esta argumentación no es, sin embargo, aceptada por todos, pues Ranz Yubero y López de los Mozos sostienen que los investigadores anteriores malinterpretaron el significado del topónimo, que para ellos debe traducirse como “farallón”, definido por la R.A.E. como “roca alta y tajada que sobresale en el mar y alguna vez tierra firme”. El término parece más que apropiado, sin duda, puesto que define perfectamente el paisaje que se encontraría cualquier viajero a pie o a caballo, antes del reciente desarrollo urbano e industrial de la zona, al llegar al Henares desde cualquier pueblo de la Campiña. Quizá sea una imagen a la que ya estamos acostumbrados, y por tanto ya no reparamos en ella, pero la visión que produciría aproximarse a Guadalajara, en una época en la que muy posiblemente ni siquiera existiera un puente para cruzar, sería la de encontrarse ante una enorme muralla de tierra al otro lado del río, sobre la cual se erigía una alcazaba que, desde aquel lugar, parecería inexpugnable. No es de extrañar, siguiendo esta interpretación, que el califa, al divisar la ciudad y contemplar su perfil sobre las terreras del río, la comparara con un auténtico farallón, desde el cual se dominaba todo el valle del Henares.

Otra cuestión diferente es el motivo por el cual el nombre de cayó en el olvido. Posiblemente, se debiera a que el nombre oficial promulgado por Abderramán III no calara entre la gente de la zona, que mantuvo el hábito de llamar a la ciudad igual que al río, siendo la costumbre existente más fuerte que la voluntad de unos califas que, salvo en las épocas de guerra, suponían un poder demasiado lejano para la gente de frontera. Fuera como fuese, sepan ustedes que en otra época a los de aquí se nos llamaba “los de la ciudad del farallón”.

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