Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

Malos tiempos para Guadalajara

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Pintura de Batalla de Villaviciosa que se halla en el Museo de Versalles.

LA GUERRA DE SUCESIÓN Y EL SAQUEO DE LA CIUDAD

Guadalajara fue una ciudad pujante durante el siglo XVI gracias en gran medida a la influencia de los duques del Infantado, cuya riqueza y amor por el lujo y el derroche sirvieron para dar sustento a cientos de personas en el municipio. Se estima que la corte de los Mendoza en Guadalajara contaba con unos 200 sirvientes a mediados del siglo. 200 familias cuyos empleos dependían directamente del duque, a los que habría que añadir a los artesanos, comerciantes, campesinos y trabajadores de todo tipo que de manera indirecta vivían gracias a las compras que les hacían desde el palacio del Infantado. Considerando que la población de la ciudad en aquel momento podía ascender a unas 10.000 personas, no es difícil comprender la enorme influencia de los Mendoza en la vida cotidiana de los arriacenses. La servidumbre era muy variada: caballeros que engrosaban su ejército privado, artesanos que les vendían sus productos, gente sencilla que mantenía sus propiedades...todos ellos vieron peligrar su sustento cuando en 1657 murió Rodrigo de Mendoza, séptimo duque del Infantado, y fue sucedido por su hermana, Catalina de Mendoza, quien decidió vivir en Madrid, cerca de los monarcas, lo que significó el abandono definitivo de Guadalajara por parte de la casa del Infantado.

La marcha de la corte ducal fue un golpe muy duro para Guadalajara, que ya había comenzado una cierta decadencia cuando en 1610 se decidió la expulsión de los moriscos del reino (que eran aproximadamente un 10% de los vecinos en nuestra ciudad, y copaban la mayoría de los puestos de artesano, especialmente los relacionados con la alfarería). No solamente se iban los Mendoza, sino que les acompañaban muchas familias nobles que vivían a su sombra, las cuales a su vez también daban empleo a gran cantidad de arriacenses, lo que dibujó un panorama muy negro para la población, que ya estaba sufriendo la decadencia extendida por todo el país. Tras la marcha de los duques, Guadalajara perdió unos 3.000 habitantes (un 30% del total), y los que permanecieron lo hicieron en un ambiente de pobreza generalizada.

En esta situación muere el rey Carlos II en 1700, el último de los Austrias españoles, al que se conocía como “el hechizado”, por ser un compendio de enfermedades y defectos de todo tipo, causados sin duda por la característica endogamia de su familia, que se cebó especialmente en su persona. Su defunción sin descendencia dejaba vacante el trono de una España que, si bien ya no parecía ser ni la sombra de lo que había sido, todavía era uno de los reinos más importantes de Europa. Los franceses, nueva potencia hegemónica en el continente, habían conseguido que Carlos II nombrara en su testamento como sucesor a Felipe de Borbón, duque de Anjou. Este hecho daba demasiado poder a los borbones en Europa, pues Felipe era nieto de Luis XIV, el rey de Francia, por lo que el resto de potencias europeas (lideradas por Inglaterra, los Países Bajos, el Sacro Imperio y gran parte de los principados alemanes) decidieron apostar por otro candidato a la corona española: el archiduque Carlos de Habsburgo, que se sentía legitimado para reclamar el trono por ser de la misma familia que el fallecido Carlos II.

La guerra estaba, por tanto, servida, y la península ibérica iba a ser el campo de batalla donde las potencias europeas se jugaran su hegemonía. Castilla se mantuvo leal a Felipe de Borbón, pues consideraba que el testamento de Carlos II era legítimo, mientras que la mayor parte de la Corona de Aragón apoyó al Habsburgo, quien prometía defender sus fueros y tradiciones medievales, que les servían como excusa para no contribuir a los gastos militares del país, los cuales recaían íntegramente sobre las espaldas de los ya muy empobrecidos castellanos.

En principio, la guerra no impactó mucho en Guadalajara, pues las actividades bélicas se veían muy lejanas. No obstante, se ordenó que la ciudad reclutara 1.000 hombres, una cifra muy elevada considerando la mermada población del municipio. Posteriormente, en 1705, cuando la guerra empezaba a pintar mal para los Borbones, llegó a la ciudad un sargento mayor para instruir a los ciudadanos en el manejo de las armas, y unos meses después se ordenó crear tres compañías: la de la Alcarria, la del Campo, y una tercera con los vecinos de la propia ciudad. La situación de Guadalajara era, sin embargo, tan mala, que el ayuntamiento ni siquiera tenía dinero para vestir, armar y mantener los apenas 200 soldados que pudieron llegar a reclutar.

Ese mismo año el archiduque Carlos desembarcó en Barcelona, lo que obligó a Felipe V a acudir desde Madrid a Cataluña con su ejército. El paso de las tropas del rey por la ciudad causó cuantiosos gastos, que obligaron al ayuntamiento a vender los pocos bienes que le quedaban para alimentar a los soldados del monarca. Todos los habitantes de la ciudad tuvieron que acoger en sus casas a los militares, lo que dañó aún más las mermadas economías familiares.

La ofensiva del archiduque desde Cataluña tuvo éxito, y en el verano de 1706 sus tropas se aproximaban a Guadalajara, último escollo antes de tomar Madrid. La capital alcarreña no tenía medios para defenderse, por lo que su ayuntamiento decide dirigirse a Felipe de Borbón pidiendo su ayuda y mostrándole una vez más su fidelidad. El rey, que estaba en las cercanías de Hita preparando su encuentro con el enemigo, contestó a los arriacenses diciendo que no se preocuparan, pues la situación estaba controlada. La realidad era que la situación de Felipe V era crítica, pues apenas le quedaban tropas con las que defender sus posiciones ante la ofensiva generalizada de sus enemigos, que le forzaron a huir a Burgos.

Finalmente, las tropas del archiduque llegaron a Guadalajara, donde permanecieron cerca de un mes, sometiendo a la ciudad a un intenso saqueo: 12.000 olivos y 300.000 vides fueron arrancados, y se perdió la cosecha de aquel año. Además, destrozaron viviendas y huertas, y dañaron el convento de Santa Clara, dejando tras de sí una ciudad arrasada. Los propios arriacenses sufrieron vejaciones y violencia, especialmente aquellos que eran acusados de mostrarse públicamente partidarios de Felipe V. Tras la marcha de los soldados enemigos, el ayuntamiento se dirigió al rey para contarle lo dramático de la situación de la ciudad: casas destruidas, campos yermos, deudas impagables... y suplicaron que la Corona les ayudase. El rey, consciente de la extraordinaria lealtad mantenida por la ciudad durante la guerra, y a pesar de que su propia situación era muy precaria, decide perdonar a Guadalajara durante dos años las contribuciones a la Hacienda Real, así como otros impuestos, para poder paliar la situación de necesidad de sus vecinos, que se vio agravada por nuevas estancias de ejércitos en la ciudad en 1707 y 1708.

Los años siguientes no fueron mejores para los arriacenses: en 1709 hubo una mala cosecha de trigo, que obligó al ayuntamiento a intervenir para garantizar el abastecimiento de pan, y en 1710 una plaga de langosta arrasó las cosechas. Además, ese mismo año surgió un brote de sarampión debido a las malas condiciones en las que se encontraban los soldados acantonados en el municipio, que se hacinaban en un edificio en lamentables condiciones de higiene. Afortunadamente la enfermedad no llegó a degenerar en epidemia, pero consiguió sembrar el caos en la ciudad y frenó su ya escasa actividad económica, hasta el punto de que Felipe V, que en mayo de ese año pasaba por Guadalajara, decidió dormir en Marchamalo por miedo a contagiarse.

El año de 1710 fue clave en la guerra. El archiduque había recuperado la iniciativa bélica y pudo llegar por segunda vez a Madrid, saqueando de nuevo a su paso a la pobre Guadalajara, obligando a muchos de sus vecinos a huir a los pueblos cercanos, e incluso detonando parte del puente sobre el Henares para impedir que el ejército enemigo maniobrase. Sin embargo, los castellanos eran (y seguimos siendo) obstinados, y se negaron a aceptar al archiduque como monarca, a pesar de que controlaba la capital. Dadas las circunstancias, y sabiendo que su posición en Madrid era débil por la falta de apoyo popular, el archiduque decidió retirarse de nuevo a Barcelona, para lo que debió pasar una vez más por Guadalajara. En su camino de vuelta hacia Aragón, cometió el error de dividir sus fuerzas. Parte de su ejército fue sorprendido por una ventisca cerca de Brihuega, y su general decidió detenerse en aquella localidad. Fue un tremendo error, pues cometieron la imprudencia de no asegurar las alturas de los cerros que rodean la población, desde donde los ejércitos de Felipe V, que andaban a su caza, les bombardearon a placer. El resto del ejército del archiduque acudió en ayuda de los sitiados, produciéndose la famosa batalla de Villaviciosa, en la que Felipe V salió vencedor.

Tras esta batalla, la guerra se puso muy favorable para los Borbones. Las potencias enemigas, conscientes de que incluso venciendo en el campo de batalla no podían lograr la lealtad de los castellanos, comprendieron que era imposible ganar la guerra, por lo que tomaron la decisión de finalizarla lo antes posible, saliendo de ella mediante la negociación. Así, en el tratado de Utrecht de 1713, las potencias europeas aceptaban a Felipe V como rey de España, a cambio de lo cual sus posesiones europeas, así como Gibraltar y Menorca, fueron troceadas y repartidas entre varios países.

Mientras tanto, y a pesar de las dificultades, Guadalajara se resignaba a aceptar su decadencia y ruina, hasta el punto de continuar con los habituales festejos locales, en los que se dilapidaba buena parte de lo ganado con trabajo a lo largo del año, y a los que se sumaron nuevas celebraciones: el Corpus, las recepciones a visitantes de alta cuna, fiestas para celebrar eventos importantes como bodas o nacimientos de la familia Real, rogativas para pedir el fin de la guerra, celebraciones por los éxitos militares...y por supuesto, toros, muchos toros, que se lidiaban en la plaza frente a la concatedral de Santa María, y que el ayuntamiento costeaba empeñando hasta la camisa, en una espiral de despilfarro y deuda que no podía acabar bien.

Sirva como ejemplo de derroche la estancia de Felipe V y la reina María Luisa en la ciudad, para la cual el ayuntamiento amuebló y decoró el palacio del Infantado, preparó juegos, iluminó la ciudad, y organizó concursos de canto y baile, todo para agasajar a los monarcas y mostrarles su fidelidad. Esta mentalidad tan sorprendente en plena guerra llegó incluso a oídos del Consejo de Castilla, que decidió prohibir a la ciudad que se endeudara más, y le reprochó el dispendio en corridas de toros. Guadalajara contaba hacia 1717 con apenas unos 2.400 habitantes, menos de una cuarta parte de los que poblaban la localidad cuando los duques del Infantado decidieron abandonarla, y de no haber mediado de nuevo Felipe V perdonando las deudas de la ciudad con la Real Hacienda, y decidiendo instalar en ella la Fábrica de Paños, Guadalajara hubiera quedado reducida a poco más que una sombra de lo que en su día había sido.

Pobre de mí
La gente que nos quiere