El blog de la señora Horton

LOS VERSOS MÁS TRISTES

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Los versos más tristes de esta noche no son, por ejemplo, que el cielo esté estrellado ni que tiriten azules los astros a lo lejos, sino que en un país civilizado —al menos nominalmente— cincuenta y una mujeres hayan muerto a manos de sus maridos o compañeros este año que acaba.  

 

La crueldad  a que son sometidos los débiles es un arpón clavado en el lomo de la sociedad, sociedad que precisamente avanza siguiendo las leyes de Darwin y dejándose por el camino los esqueletos peor osificados; es probable que con un tratamiento heroico —un tratamiento cruel, o sea, del mismo rango que la causa— pudiéramos intervenir quirúrgicamente esta malformación, pero pará ello habría que pasar por las armas a un número significativo de malas bestias y exhibir sus cabezas en una pica a la entrada de las ciudades, o sea, que sería peor el remedió que el mal, pues si ahora caminamos arrastrando estos tristes flecos de inhumanidad e injusticia, qué sería del mundo si, supurando tecnología, volviera sentimentalmente a la Edad Media.  Por lo tanto, señoras, hay que joderse y aguantar, pero en la conciencia de que este dato estadístico atañe a muchos más que a los agentes directos del crimen.

Como en «El último tango», hay en la vida social mucha mantequilla para tratar con la mujer. Construyendo silogismos y pareados con malos versos machistas (manos blancas no ofenden, una dama no tiene espalda...) y ripios de esa nefasta especie, se agranda un abismo que no marca la diferencia, sino la superioridad. El Macho humano, utilizando estas frases como el tam-tam de la tribu, hace  llegan a esos otros asesinos y cobardes que son gentuza, la noticia de que la mujer no hace daño y por lo tanto se la puede cómodamente zurrar; de que moral y sexualmente lo mismo sirve para el uso por detrás que por delante, así como muchos otros eslóganes que siento no recordar porque estoy muerta de asco en este momento.

 No; la muerte de número tan crecido de amantes, compañeras y esposas no sólo atañe a sus agentes directos, sino que atañe a los que lo toleran con el bálsamo de la costumbre, a los que lo alientan con castigos suaves, a los que saben lo que pasa y se lo callan, a los que lo condenan de boquilla pero con un fondo de sarcasmo en los ojos y a los que en la parte más vergonzosa de su alma guardan un desprecio sutilísimo para lo humilde y una admiración viciosa por lo poderoso... es decir: esto nos atañe a todos.

Cada número de esta estadística femenina es una escena inenarrable, un instante de horror que aniquila un cuerpo y una biografía, que deja en el desamparo a otras y que mancha la dignidad de los que estamos vivos y de aquellas a las que nadie nos pone la mano encima, ni jamás lo toleraríamos. En este mundo oscuro de la violencia sexual, la mujer, cubriéndose a duras penas la cabeza con sus manos blancas que no ofenden, soporta el desprecio de una civilización que la pretere.

Consolémonos, porque el dolor es sólo para ella, pero también hay otros corazones y otros poetas y, a veces, entre los golpes de la cólera, un verso nos cae al alma como al pasto el rocío.

Lobos
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