El blog de la señora Horton

Los amigos muertos

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Esta noche he soñado con José Luis Gutiérrez. Íbamos sin rumbo, en un tandem, él detrás y sin pedalear y yo delante pedaleando. Me quejé por ello y él solo me miró con unos ojos en los que no había nada, solo la vaciedad de lo eterno. Entonces me desperté súbitamente y recordé que había muerto.

 

 No me interesan mucho los sueños, creo que solo están rellenos de impresiones recientes y cocinados por la inconsciencia, pero siempre tienen una percha de la que colgarse, con lo que, pensándolo bien, deben tener algún sentido. Y el sentido de este sueño, lo supe en medio de la noche, a oscuras, es que ayer le envié a un amigo, Félix Maraña, un par de libros, en recuerdo de otro amigo común también ausente, Manu Leguineche. Y uno de ellos, un recopilatorio de mis columnas de entonces, titulado la Libélula Lila, me evocó aquellos años en los que a diario trataba, en presencia o por teléfono, con él, con José Luis Gutiérrez...¡no, si al final los sueños, incluidos los famosos del Faraón, van a tener algún remoto sentido! Quizá haya que prestarles alguna atención.

Pues bien hoy tengo, palpitante, el recuerdo de José Luis Gutiérrez y voy a largar unos párrafos sobre él. Alguien debe recordar a los muertos y no siempre en su aniversario. Quizá esa presencia en mi sueño de anoche sea uno de sus gritos, uno que dice, "¡Oye tía que nunca tienes un momento para recordarme!". Pues voy a hacerlo.

De José Luis Gutiérrez, Guti, se escribió en aquel lúgubre momento seguramente todo lo que podía decirse e incluso más. Pero hoy quiero recordarle con la frescura que deja el paso del tiempo sobre los muertos. No hay nada más doloroso que un muerto reciente, pero en la lejanía se vuelven a incorporar y su recuerdo es como una brisa refrescante en la que no caben lágrimas. Según están más muertos están más vivos... no sé hay algo raro en ello.

En fin, durante años fue mi jefe y mi amigo. Era un ser tumultuoso, apasionado, con un fervor de muchos grados y tomaba partido siempre en medio de una emoción tan grande como era grande él.

Naturalmente solo hablaré de mis experiencias directas con el Guti. Dos botones de muestra.

Uno: siempre que me llamaba o me encontraba en algún acto público, antes de saludarnos me decía "¡Quiero dormir: que me lo quiten de en medio!", en alusión a una frase que cerraba el primer artículo que yo había escrito para Diario 16 sobre Antonio Anglés. Y después me espachurraba contra su enorme y sólido esqueleto.

Y dos: un lejano día a eso de las dos y media de la tarde me llamó al móvil. Con frases cortas, autoritarias y concisas me dijo que me invitaba a comer en un restaurante de las Rozas. Inmediatamente. Ya.  Débilmente argüí que iba en coche camino de Guadalajara y que era ya tardísimo, que podíamos dejarlo para el próximo día...gritó diciendo que a ver si yo creía que él disponía de tiempo, que para todos los próximos días ya tenía citas y que volviera grupas y fuera a las Rozas inmediatamente. Quise saber para qué y me dijo que no daba explicaciones por teléfono, que nos veríamos allí.

De bastante mala gana volví a Madrid y me planté en las cercanías de aquel restaurante del que nunca había oído hablar ni conocía su emplazamiento. Di vueltas por todos los lados y un amable gasolinero me indicó con acierto y total, llegué. Eran las tres y media más o menos cuando logré encontrar el sitio. Entré y  miré las mesas, pero él no estaba. Pregunté y sí, me dijo el maitre, había una reserva a nombre del Director de Diario 16 y otras dos personas.

Me senté a esperar y como pasaba el tiempo opté por tomarme un aperitivo. Y luego, picando, consideré que había comido. Previamente hice varias llamadas a su teléfono pero siempre una voz me decía que estaba cerrado o fuera de cobertura. Así que de bastante mal humor pagué y salí.

En la puerta estaba el Guti.

Estaba despeinado, acalorado, con la corbata en el bolsillo y sudando. Echó una larga y acalorada prédica sobre la inepcia de los que hacen mapas, sobre la necedad de los Ingenieros de Caminos Canales y Puertos, sobre el horror de la telefonía móvil y sobre mí misma, ser impaciente de los peores.  Total: se había perdido.

Volvimos al restaurante y, pasando a gran velocidad de un estado de ánimo a otro pidió una botella de champan para celebrarlo (?). Le dije que yo ya había comido. Volvió a despotricar  sobre mí y mi educación pésima y mi poca paciencia. Tuve que volver a comer.

A los postres, después de habernos quejado de todos y bebido un par de botellas, completamente achispados y felices, a eso de las siete de la tarde, me confesó que me había citado para nada, que no quería comer solo, que el tercer comensal no existía y que en fin, iba a pensar si me subía el sueldo.

Así era él. No me subió el sueldo, claro, pero me espachurró en un abrazo interminable cuando nos despedimos.

Pero lo del sueño de anoche...en fin, podía haberme ayudado pedaleando un poco. Esta mañana estoy para el arrastre.

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