Herreros y otros trastos viejos

La última Navidad

Nunca pensamos que lo que estamos haciendo en este momento puede ser lo último. Mucho menos si nos referimos a algún evento o acontecimiento importante, como por ejemplo, ésta Navidad. Hay personas que, ante la superación de una enfermedad terrible o tras sobrevivir a un accidente de tráfico, aseguran que van a aprovechar la vida al máximo.

 

Lo cierto es que no lo hacemos. No se puede evitar caer en la rutina, ni se puede evitar trabajar, ni se pueden evitar los enfados tontos, aunque te duren poco. No se puede. Tratas de intentarlo, pero al final, siempre caes en la nada del no aprovechamiento.

Y ocurre otra cosa que, a veces, lo que para uno es exprimir el momento al máximo, para otros se queda en un simple arañar la superficie. La gente somos tan diversa.

Cuando llegan fechas como la Navidad, siempre hay gruñones que dicen que la odian, otros que proclaman que es una fiesta consumista, que no creen en Dios y no necesitan celebrar su Nacimiento en consecuencia o que les molestan las lucecitas, que florezca la bonhomía, que todo el mundo mande felicitaciones empalagosas o pseudo divertidas.

A todos vosotros os escribo. A veces, ésta es la última Navidad. Y cuando os deis cuenta, ya no podréis disfrutar la siguiente (o lamentar la próxima) de la misma manera. Ya no será lo mismo alegrarse/molestarse con las luces de colores de las calles, ni aprovechar los anuncios para ir haciendo la lista de regalos u odiar los malditos promocionales que animan a los próximos a pedirte presentes caros.

Cuando es la última Navidad, a veces, no tienes la ocasión de decir hasta luego o montar algo especial, diferente, íntimo, desproporcionado, hortera, alegre, moderado, elegante, tierno, emotivo, sencillo.

No lo sabes.

Y la última Navidad llega. Y después, ya no queda espacio para el “si hubiera”, porque el sueño de H.G. Wells aún no es real. Y te quedas con un regusto entre amargo y tristísimo que te oprime el alma. O te quedas vacío y sin ganas de no hacer nunca nada más. Pero los otros, que aún no han vivido su última Navidad, siguen haciendo sus vidas normales.

Y lo peor no es la última Navidad. Lo peor es cuando llega una segunda última Navidad o una tercera… La tristeza se suma con la añoranza y ya no hay quien levante cabeza. Y eso nos impide vivir con ganas la Navidad, aprovecharla, disfrutarla.

Comer lo que tengamos hambre, golosear a gusto, mirar todas las luces, belenes y cabalgatas, estar con la familia, ir a la Misa del Gallo y a la del Niño, comprar lo que quien quieres desea y darle una sorpresa, desear el bien a los prójimos, hacer alguna buena obra y prometer que, a partir del 1 de enero, vas a…

Esta puede ser la última Navidad. Ojalá no. Pero, ¿quién sabe?

Señor Rajoy: ¡váyase!
Llega Dios