Con la excusa de la crisis nos están quitando muchas cosas: el dinero, el trabajo, la vivienda, la dignidad… y la participación del pueblo en la gestión de sus problemas y en la organización del Estado, o sea, la POLÍTICA. Comenzaron convirtiendo los partidos políticos en aparatos para ganar elecciones; desideologizados y dirigidos casi siempre por fracasados, los partidos mayoritarios se han empeñado en manipular todo lo manipulable para llegar al poder y mantenerse en él a cualquier precio. Sus congresos, desaparecido el debate político, se han convertido en feroces luchas internas, exentas de democracia, que premian a los sumisos y castigan a los rebeldes.

Luego se cargaron los programas electorales: se puede prometer lo que se quiera para luego hacer lo contrario, desorientando al electorado y acabando con cualquier atisbo de participación o debate, dejando al pueblo soberano en un papel de atónito observador.

Luego ha venido una oleada de desprestigio de las instituciones democráticas: un Senado inútil, un Congreso cada vez menos representativo, en el que se confunde las mayorías absolutas con el absolutismo, en el que se hurta el debate, se manipula y se miente con total impunidad.

Los mecanismos democráticos de control se ahogan también en el desprestigio y la manipulación: comisiones de investigación secuestradas o inútiles, poder judicial manejado por los partidos para que, en vez de controlar el buen funcionamiento democrático, sirvan de apoyo a los poderosos, con desconcertantes sentencias que condenan a quienes denuncian y absuelven a quienes delinquen.

Y qué decir de los sucesivos gobiernos instalados en el insulto, la mentira, la exculpación propia a base de culpar a todos los demás… formados cada vez más por “técnicos” (mercenarios a sueldo al servicio “del capital”), casi siempre banqueros fracasados que dirigen los países hacia el rumbo que marcan quienes les pagan…

… Y, mientras, el pueblo soberano, el verdadero dueño del poder, se ha convertido en callado espectador. Asustado, confundido y engañado,  intenta justificar unas veces lo que hacen “los míos” y demonizar lo que hagan “los otros”, por más que se trate de similares actuaciones y otras veces arremete ferozmente contra la Política, en vez de contra los políticos dejándose confundir y manejar por el neoliberalismo que prefiere “técnicos” o políticos ambiguos y manipulables para imponer su sistema como el único posible antes que volver a la democracia participativa en la que la Política es parte fundamental. Ya no se habla de política. El pueblo teme hablar de política. Los gobiernos y sus jefes no quieren que hablemos de política.

La economía, o mejor, los intereses económicos han matado a la Política y con ello nos han quitado al pueblo el poder de decidir nuestro destino. Ya nada importa el bienestar de los ciudadanos, el progreso de la sociedad, la Justicia, la igualdad, la democracia y sus valores. Lo único que ahora importa son los beneficios económicos.

Hay que devolver a la Política las letras mayúsculas que le ha robado y acabar con la caricatura actual y con los títeres que ahora nos gobiernan.

Hay que rebelarse, defender las ideas, reivindicar la POLÍTICA, participar, hablar de política en las casas, en los parques, en los bares… ofrecer alternativas, inventar nuevas vías. Hay que volver a poner la política en el centro de nuestras vidas.

O buscamos una salida POLÍTICA, o de esta no salimos.

La POLÍTICA ha muerto ¡VIVA LA POLÍTICA!