La gente que nos quiere

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En el momento que mis manos escriben este texto me bullen por la cabeza mil sensaciones producto de la poco grata experiencia de vivir un desastre. Vuelvo de un espectáculo que se ha convertido en un auténtico laboratorio humano dedicado al estudio del comportamiento de la sociedad tras un fiasco. Por mi trabajo se supone que debería estar vacunado y actuar como hace un aparato de radio aficionado, recibir y transmitir, sin más, lo que pasa es que no hay vacunas y las sensaciones de ira, rabia, malestar, pena... vienen para ponerse en la cola de analítica, pues deben pasar tamiz y recibir rango de importancia...  pero llegan.

Una de las cosas que he hecho de manera más repetida es asistir a conciertos y espectáculos de todo calibre; son casi cuarenta años gastando oreja, afinándola, respirando feeling y sintiendo. Aprendí a vivirlos de manera distinta porque luego debía de contarlo por la radio. Tenía que digerir a toda prisa cuanta sensación captasen mis sentidos y luego proyectarla en la imaginación del oyente a todo color.  No soy músico y reconozco mi gran frustración por ello, porque en mi cabeza hay cosas que mis manos no pueden llevar a cabo, así que me puse a admirar a otros y como soy un blandengue y me basta con encontrar ilusión en quien lo intenta para otorgarle mi aplauso, he escuchado a miles de grupos y millones de canciones; pensarán que es una barbaridad pero cuando se ha sido D.J veinticinco años por obligación se ha comprado mucha música  rechazando diez veces más que ha habido que escuchar previamente.

Esta auto biografía que les acabo de soltar viene a cuento porque en la actualidad sigo en lo mismo, aunque ahora cuento las cosas en negro sobre blanco y debo de poner el sonido en letra cuando a veces no hay descripción válida para contar lo que se escucha...

Y es que no será fácil que olvide el duro batacazo sonoro que recibimos un 9 de septiembre intentando disfrutar de un musical en el Multiusos. No, no será fácil porque además era un espectáculo nacido en casa, en Guadalajara, esa ciudad que aquí decimos que está muerta y fuera dicen que no paramos. Un instituto, el de Aguas Vivas, decidió hacer un musical  como experiencia  aprovechando la popularidad que éstos tenían cinco años atrás. Entre muchos se decidieron por Grease porque era una historia de instituto y ellos eran eso, estudiantes. Los conocí hace cuatro en la añorada Guadalajara Tv y  recuerdo a un director con la adolescencia estrenándose que trataba de explicarlo.. después bailaron un poco y me encantó desde mi posición en la mesa de sonido ( donde habitualmente el desastre era yo).

Treinta representaciones con un total de más de cinco mil espectadores y cuatro años después creía ratificada esa opinión primera, por lo que mi ánimo venía desprevenido para el desastre de sonido que primero  me dejó perplejo, más tarde me puso nervioso para acabar enfadado y dispuesto a saber que leches hacían en mantenimiento con el aire acondicionado o donde habían estado sonorizando los técnicos de sonido, porque allí no.

Pero estoy tratando de erradicar mi vehemencia, que a veces da problemas y mientras charlaba con el de mantenimiento y me daba sus razones, después con la asociación cultural, que daba sus argumentos y con el público que ponía datos a su reclamación del vil metal tras el fiasco, comencé a ver que dejaban de ser importantes esos chicos de Guadalajara a los que estaban asesinando su ilusión unos y otros.

Allí lo importante parecía ser encontrar la cabeza que cortar y resarcirse del mal recibido, ambas actitudes legítimas pero egoístas.  Perdí todo interés por los culpables, ya conocía datos, causas, reacciones, pero me importaba más esa sensación de “mala acción” que teniendo razón, repito, se estaba realizando con los artistas aficionados. Y me sentí mal, muy mal.

Entonces bajé a los improvisados camerinos bajo gradas y me bañe en desazón, en abatimiento... y no era justo porque ellos estaban salvando los muebles del naufragio... y casi se ahogan.  Pero no; los hay muy fuertes. Ese barco no se hundía porque no y cogiendo por el ánimo y los huevos a los derrotados los pusieron en pie y siguieron bailando entre embates sonoros terroríficos y un calor sofocante. No sólo era pundonor, también agradecimiento a esa media grada que toleró la tortura para seguir acompañando, reconociendo, arropando a quienes más quieren.

Y ya hasta el sonido y el calor dejaron de ser problema; de nuevo sentí el feeling de un concierto, eso que yo busco en ellos y que los cataloga como exitosos o fracasados; una corriente invisible de energía positiva llena de apoyo y afecto... entrega y cariño.

De pronto vi que de un desastre surgió el éxito, algo no previsto, tan normal y cotidiano que  parece intrascendente, pero es la columna vertebral de nuestra civilización, la gente que nos quiere demostrándolo. Que maravilloso show... y nos lo queríamos perder.

Por cierto, el Multiusos no tiene aire acondicionado, sólo calor en invierno.... y más en verano; demostrado.

Postdata: Este texto no está pensado para  entrar en polémicas, sólo revisa las actitudes humanas observadas tomando partido por la de la gente que quiere a su gente. Ya vendrán doctos a impartir justicia o lo que corresponda.

Malos tiempos para Guadalajara
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