Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.
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LA FÁBRICA DE PAÑOS DE BRIHUEGA

No es frecuente leer noticias positivas acerca de la conservación de nuestro patrimonio. Lo más habitual es ver como poco a poco los vestigios de la historia de nuestra tierra van deshaciéndose lentamente ante el olvido de las administraciones. Por eso, la restauración y apertura al público de la fábrica de paños de Brihuega es una gran noticia, que hará que uno de los municipios más bonitos de nuestra provincia tenga aún más atractivo para visitarlo.

La pregunta que debemos hacernos es obvia: ¿qué hace una fábrica de esta importancia en Brihuega? Para entenderlo hay que viajar lejos en el pasado, pues la tradición de la industria textil en el municipio se remonta a la Edad Media. En los fueros de la villa se menciona una importante actividad manufacturera en torno al lino, que se cultivaba en la zona, así como la presencia de numerosos talleres de tejedores y otros oficios similares. La existencia de esta actividad artesanal, que aseguraba mano de obra cualificada, así como la presencia de una corriente de agua constante, como es el río Tajuña, y la cercanía de la fábrica de paños de Guadalajara, fueron factores determinantes para que la monarquía española decidiera instalar allí una nueva fábrica con la que ampliar la producción textil del reino.

La fábrica se fundó en 1750, bajo el reinado de Fernando VI, si bien en un principio la actividad se tuvo que desarrollar en pequeños talleres, desde los que se mandaba la producción a Guadalajara, en cuya fábrica se remataba el trabajo. No fue hasta 1787, cuando el edificio principal se terminó, ya bajo el reinado de Carlos III, cuando podemos hablar propiamente de la fábrica briocense tal y como la entendemos al contemplar su edificio. 

Los inicios de la fábrica fueron prometedores, con un incremento sostenido de la producción. Sin embargo, pronto empezó la decadencia, lo que llevó a la Corona a arrendarla al Gremio de Paños de Madrid, entre 1757 y 1767, quedando reducida a filial de la fábrica de Guadalajara. 

Tras este paréntesis, la fábrica regresó al control directo de la Corona, bajo cuya explotación directa estuvo durante casi toda su historia, al igual que las de Guadalajara y San Fernando. Este tipo de emplazamientos solían ser deficitarios para el Estado, pero por motivos estratégicos se decidió que mantuvieran su producción, pues eran necesarios para no tener que depender de manufacturas extranjeras.

En el año 1768, debido a una epidemia que se propago en la fábrica de paños de San Fernando, causada sin duda por las malas condiciones de higiene a las que se sometía a los obreros, se trasladó toda la producción de este centro a Brihuega, lo que supuso un nuevo periodo de auge, que duró apenas una década, pues en 1778 la producción de San Fernando se trasladó a Guadalajara. En esa época Brihuega llegó a contar nada menos que con 117 telares. 

Se calcula que en estos años unas mil personas trabajaban de manera directa o indirecta para la fábrica. Una cifra nada desdeñable en un municipio que rondaba los 4.000 vecinos en aquel momento. Las condiciones de estos trabajadores eran muy duras, con sueldos muy bajos, insalubridad y jornadas que duraban muchas horas sin descanso. Cuando un obrero caía enfermo no cobraba, lo que obligó a crear en 1768 la “Hermandad de todos los dependientes de las Reales Fábricas”, una especie de caja a la que todos los obreros aportaban una cuota, que se usaba para garantizar una ayuda a los que enfermaban, o para sufragar los gastos del entierro de aquellos que fallecían. Las condiciones de miseria de los trabajadores provocaron no pocos conflictos con la dirección, como la huelga de 1755, en la que los obreros llegaron a capturar y desarmar a los guardias que custodiaban el edificio, y que acabó con numerosos despidos y el destierro de varios cabecillas.

Durante los años siguientes Brihuega mantuvo su producción con altibajos, hasta la llegada de la guerra de la Independencia, en 1808, cuando las tropas francesas usaron sus instalaciones como cuartel, y sus trabajadores quedaron en la calle, lo que motivó a muchos de ellos a enrolarse en las partidas de guerrilleros que tanta actividad tuvieron por Guadalajara. Afortunadamente, los franceses no pudieron hacerse con el botín de paños y enseres de la fábrica, porque su contable, apellidado Castillo, consiguió huir con ellos a la zona no ocupada por los invasores, pudiendo devolverlos una vez la guerra terminó.

Tras la expulsión de los franceses, Brihuega trató de volver a la normalidad, pero las cosas ya nunca fueron iguales para la fábrica, que había quedado en la ruina. Se realizaron trabajos de restauración de los edificios, y se consiguió que volvieran a funcionar diez telares, una cifra que queda muy lejos de los años de esplendor del siglo anterior.

Así, la producción, ya muy mermada, continuó en los siguientes años, consiguiendo a duras penas esquivar la ruina total del negocio. En 1816 el director de la fábrica, Felipe González Vallejo, fue condenado por emitir informes falsos que trataban de disfrazar la cruda realidad económica, y ese mismo año se produjeron importantes disturbios en Brihuega porque los obreros no cobraban sus jornales, llegando a tener que intervenir el propio monarca para garantizar los pagos y calmar los ánimos. Con esta situación, la Corona decidió vender el edificio a un particular en 1840. El comprador, Justo Hernández Pareja, trató de revitalizar la fábrica, y construyó los famosos jardines de estilo romántico que todavía hoy perduran. Sin embargo, todos los intentos fueron en vano, y la fábrica acabó cerrando, quedando sus edificios a merced del tiempo, esperando una solución de las administraciones que, por fin, ha llegado.

CAPRICHO NAVIDEÑO, EL CUENTO
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