El blog de la señora Horton

Juzgar a un niño

La infancia para el adulto es lo "déjá vu", lo olvidado y lo mitificado. No soy capaz de volver sobre mi corazón de niña, y sólo recuerdo que era una pieza deleznable a la que, de haberle llegado la muerte, hubiera sido la muerte "entre fuentes y jardines"; fui de niña carne y mármol y supongo que nadie hubiera osado condenarme porque a los inocentes, como dijo el poeta, "la gran luna de su soledad les perdona".

 

En la adolescencia hay un precipicio que debe ser librado, pero ese es el terreno que se recorre con los ojos cerrados: la adolescencia en esa tierra de nadie por donde se camina entre el éxtasis y la angustia. Es un camino entre sentimiento y voces que te hablan con mensajes disonantes e incoherentes. Voces. Escribió Nietzche:

" Aunque mudo, Dios se dirige a mí, insinuante, como en el amor, en voz baja:  Insúltame como insulto a los que me aman. El pan de la amargura, dámelo hoy. Mi voluntad está ausente tanto en los cielos como en la tierra. La impotencia me ata. Mi nombre es insípido. Y vacilando, turbado, le respondí: así sea".

Y se me ha venido a la reminiscencia (si esto se puede decir) aquel pasaje de las memorias de Santa Ángela. «Me sucedió entonces, según la voluntad de Dios, que mi madre muriese, que era para mí un gran obstáculo, después mi marido murió y todos mis hijos le siguieron en poco tiempo (?). Yo había pedido a Dios que muriesen, de modo que su muerte me fue un gran consuelo» Y más lejos: «Había en mi corazón tal fuego de amor divino y llegó a ser tan ardiente que si yo oía hablar de Dios, gritaba. Aunque alguien hubiera levantado un hacha sobre mí para matarme, no hubiera podido contenerme».

 En estos estados fuera de la razón, la experiencia es un viaje hasta el límite de lo posible; es un viaje que, si lo emprendemos, tiene que ser negando valores y leyes. La experiencia es el camino hacia lo desconocido y lo desconocido siempre posee  rasgos de salvajismo, como ya hizo ver Bataille. Y el inexperto sabe y es lo único que sabe, que no nos desnudamos completamente más que yendo sin trampas a lo desconocido. Ahí ya no hay razonamientos, sino un adentrarse en el interior de esa selva interior.

Pero el adolescente no ignora que hay otro lado.  Del otro lado hay un apuntador que no deja olvidar ni un párrafo. Del otro lado está la ley y un dios, y los dos conforman un rostro único que será infierno para el criminal y paraíso para la víctima.

Algunas consideraciones hemos de tener en cuenta a la hora de juzgar:  en un niño que sufre,  la idea de la muerte abre y cierra sin cesar las puertas de lo posible y entonces ya no hay enigmas que resolver, pues la vida, y absolutamente en la adolescencia, precisa para poderla vivir de algún narcótico, sin él que se revela un vacío irrespirable. Pero hay otro lado, insisto, y también perceptible en esa adolescencia,  y del otro lado de ese espejo, de ese paisaje tan natural y salvaje, está el entramado social, el escenario y el libreto con todos los mutis, los énfasis y las notas a pie de página

¿Hay que perdonar a un niño por su decencia espontánea que le lleva a escudriñar la verdad del mundo hasta el crimen? ¿Podemos condenar de aquí en adelante todo el  devenir de ese asesino ininteligible,  imposible de adivinar con nuestros ojos vendados?

Pagar con la vida entera por la muerte de otro parece justo, pero por ahí llegamos a Dracón. ¿Qué hay en el corazón de la justicia moderna: afán de redención o dolor que se traduce en venganza? Pero absolver una acción que no se abre, que no se deja entender -¡ cómo entender el juego cruel de un inocente asesino para nada!- es dejar un desperfecto en el tejido del mundo.

 Juzgar, juzgar: he aquí la más alta y difícil empresa humana.

Sepulcrum Nostrum
El botellón divino