El blog de la señora Horton

Flequillos y Calcetines

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La actualidad, como un cirujano,  suele extraer de la memoria evocaciones a veces dolorosas y a veces divertidas. Es cierto que todo lo pasado es mejor en el recuerdo y esto, que dicho así parece banal, no es más que una certeza sin discusión. El dolor se borra, hay algo fieramente humano en nosotros –como el ángel de Blas de Otero– que nos protege de lo insoportable. Seguramente se tratará de una sustancia química pues hasta las penas y las alegrías están mediadas por  fórmulas magistrales que te dispensan en las farmacias. En definitiva: que ha muerto Hermida, el presentador de TV más carismático de la historia de la televisión española, el más convincente y el que mejor ha sacudido el flequillo, y  he recordado aquellos días ocupados por su presencia, con auténtica emoción.

 

En aquel tiempo, como  dice el evangelio, tuve oportunidad de conocer en la distancia corta a Jesús Hermida. Estuve con él en un par de ocasiones en sus programas, cené alguna vez con él, en compañía de otros iconos sagrados del periodismo de la época como Julián Lago; el Guti, o sea, José Luis Gutierrez, mi director a la sazón; mis queridos Manu Leguineche, Raúl del Pozo y Paco Umbral, incluso creo que estaban en alguna de aquellas cenas, ignoro porqué,  Moncho Borrajo y Sara Montiel (?)  pero,  pasando por encima de todo ello, me referiré aquí a un programa en especial, uno de  La Hora H, que giraba en torno al  tema de uno de mis artículos  de título "Polvo enamorado", y que por lo que me dijo una de las periodistas cuando me llamó, le había gustado a Hermida y le parecía un buen tema  para conversar.

Con el fin de que sepan ustedes de qué iba aquello, les ofrezco dos párrafos de aquella columna:

"POLVO ENAMORADO

"Hay quien dice que las almas débiles han sobresalido por su odio al matrimonio, aunque también hay quien dice que la imagen más cercana a la solidaridad es la pareja. El poeta suele estar más inclinado a navegar por mares bravíos con sólo el recuerdo infausto de su amada, que a casarse con ella; incluso ha habido quien veía en el amor imágenes celestiales y en el matrimonio una sopera rota, negándose con toda razón a cambiar las imágenes por la sopera. En esto del amor hay de todo. La gente dejó de casarse durante aquel ataque de romanticismo que nos entró en la década prodigiosa y se amarteló contra la ley, porque cuando el hombre se concentra en un solo afecto, éste se convierte en pasión. Sueña mucho quien vive poco, y eso nos pasaba entonces, atados como estábamos a la estéril imaginación franquista: Dulcinea es el más alto sueño de un insomne; hoy, aquella magnífica paleta no sería posible. El mundo actual es el del pensamiento débil y el de la escasez de polvo enamorado: hemos vuelto a casarnos, ya que esto sucede cuando se ama poco y se antepone la seguridad al amor. Ahora se casa uno mucho, se tienen pocos hijos y, en todo este tejido de conveniencias, los sentimientos arrebatados tienen poco protagonismo".

Bien pues parece que aquella noche estuvimos casi todos de acuerdo en que el amor apasionado muere cuando está encadenado, como Prometeo y, durante el intermedio del programa, Antonio de Senillosa, que se sentaba a mi lado, me mostró, como Alberto Cortez  en su canción, sus preferencias por los amantes pero no los señores y las canciones en francés.

Después alabó muy sinceramente el siguiente párrafo final de mi columna:

"El viejo "Kamasutra", la biblia de los enamorados "comme il faut", recomienda que, tras el acto amoroso, los amantes se enseñen cosas hermosas, jaspes, estatuas, perlas finas, sutiles paisajes, objetos y atardeceres de intensa belleza. Sin embargo, ahora, tras el susodicho acto, se habla de microbios y de condones, de maternidad responsable y de educación sexual. Ahora, lo que se lleva es atenerse al fruto, no a la flor: tener por lo menos un hijo y siete décimas, siempre que estas décimas no sean gravosas para la economía familiar . Pero no nos deprimamos: de momento, aún flotan en el aire algunas partículas de polvo enamorado. En los parques, algunos muy jóvenes, se besan con fervor sin saber bien lo que se les viene encima, pero Julieta ha muerto y sólo Pavarotti canta, agarrado a su trapo, aquello de "ante la muerte se sabe/ que nunca se ha amado demasiado".

Cuando volvimos a las pantallas, recuerdo que Senillosa seguía hablándome en murmullos y, para que no nos cogiera la cámara cuchicheando, se la señalé. Y entonces él me hizo una sabia confidencia. Dijo "no te preocupes, a la cámara no le interesa lo que decimos, a la cámara solo le interesan el flequillo de Hermida y mis calcetines".

Caprichos
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