Aviso Gorra

El pueblo más bonito

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Una, que nació en Madrid por avatares de la vida, siempre se ha sentido un poco huérfana de pueblo en ese sentido de procedencia, aunque mis recuerdos más amables de la infancia, de la adolescencia, e incluso de mi madurez, siempre han estado ligados a un paisaje rural y a sus gentes.

En ese afán de sentirme de pueblo me hice hija adoptiva de Horche, de Ablanque o de Huertapelayo, cuya estampa ilustra este artículo con una magnífica foto de Miguel Ángel Langa.

Me sentí hija del pueblo no solo por ascendencia familiar, sino porque montando en burro tras una trilla en las eras horchanas, pescando truchas con la mano en el Ablanquejo o cogiendo nueces en Pelayo, me sentía parte de ese paisaje y de sus gentes.

Cuando viví en Madrid en mi etapa universitaria, que es la única en la que estuve fuera, a pesar de que la gran ciudad ofrecía todo lo que un joven puede ambicionar, nunca me sentí a gusto del todo en una gran urbe, donde las prisas agotan la paciencia, el asfalto come los zapatos y el gentío se convierte en soledad, cuando no conoces el nombre de quien te vende el pan cada día.

Presumía en Madrid de ser paleta y siempre he presumido de que Guadalajara es más un pueblo grande que una capital chiquita, pues aquí el tú de quién eres, que es síntoma inequívoco de pueblo, sigue vigente.

Ahora que se ha puesto de moda esto de hacer concursos y listas del pueblo más bonito, aún conociendo muchos pueblos de España, en la lista que yo haría siempre aparecen los pueblos de Guadalajara, empezando por los tres que menciono arriba y siguiendo por todos los demás.

No solo por su paisaje, no solo por el encanto de sus callejuelas o monumentos, sino sobre todo por sus gentes, de las que tanto he aprendido y que me han contagiado la fiebre de querer vivir en un pueblo y que sigue siendo mi apuesta de futuro.

Se que vivir en un pueblo no es solo olvidarte de semáforos, aparcamientos y ruidos del tráfico. Que junto al placer de encontrar el campo donde acaba la calle, la conversación junto a la estufa y el queso recién hecho en casa de tu vecino, está el inconveniente de que el pan se compra al toque de un claxon, cada tres días, que la luz se va cuando llega la tormenta, y que si uno coge una gripe, o algo peor, no tienes el servicio de urgencias al lado.

Este artículo, que pretendía ser un reconocimiento al pueblo de Checa, por haber sabido pregonar con orgullo a los cuatro vientos que es el pueblo más bonito de Castilla-La Mancha, que lo es como muchos otros, gane el concurso o no de la tele regional, se ha dado solo la vuelta.

Y es que  cada vez que tengo que hablar de pueblos y de Guadalajara no solo me entra añoranza, sino también ese sentimiento de desesperanza porque no hay pueblo más bonito que el que está vivo. En Guadalajara, que hemos visto morir unos cuantos pueblos, la amenaza del despoblamiento es lo más feo del mundo rural.

La Unión Europea considera despoblado un territorio cuando tiene menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado y el desierto poblacional es la mancha más grande en el mapa de Guadalajara, con 167 municipios con menos de cien habitantes, en el conjunto de sus 288 municipios

Qué los políticos no crean en el mundo rural es una desgracia para una sociedad y una siente que en este asunto no se coge al toro por los cuernos.

Eso de los pueblos más bonitos, pasará de moda, pero si mientras tanto ayuda a la reflexión, bien venido sea el marketing rural.

No todo es desesperanza. Aquí está El canto de la reina, de Inés Espinosa López, que es uno de los mejores testimonios que he encontrado pidiendo que no se apague la última luz en los pueblos.

https://vimeo.com/159954514

 

Dichos, refranes... y urbanismo
Silencios cómplices