Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

El obispo guerrero y la conquista de Sigüenza

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Sepulcro de Bernardo de Agen, primer obispo y conquistador de Sigüenza, en la catedral seguntina.

La provincia de Guadalajara fue, durante muchas décadas medievales, una tierra de frontera entre musulmanes y cristianos. Ataques y contraataques, saqueos y algaradas, la marcha del Cid en su camino al exilio, las gestas de Álvar Fáñez defendiendo la línea del Tajo...aquella época ha dejado una gran cantidad de acontecimientos históricos, muchos de ellos envueltos en leyendas, que hacen de este periodo uno de los más interesantes de nuestra historia. Sin duda uno de los lugares donde mejor ha quedado cristalizada la huella de la conquista cristiana es la ciudad de Sigüenza, máximo exponente de la esencia castellana de esta tierra, y lugar donde cada rincón evoca hazañas de otros tiempos.

Situémonos en el año 1085. Alfonso VI, rey de León y Castilla acaba de tomar posesión del reino musulmán de Toledo, incorporándose a sus dominios gran parte de lo que luego sería conocido como Castilla la Nueva. Esta victoria confirmaba que las tornas habían cambiado en la secular guerra entre los andalusíes y los cristianos, hasta el punto de que los reyes musulmanes se vieron forzados a pedir ayuda a los poderosos almorávides africanos, que habían conseguido unir bajo su control enormes extensiones en el Magreb, imponiendo una interpretación estricta de los dictados del Corán.

En 1086 los almorávides estaban ya en la península, en principio para ayudar a los reinos de taifas, si bien acabarían por destronar a estos reyes para hacerse con todo el control del sur peninsular, y ese mismo año se produjo la batalla de Zalaca, donde los cristianos fueron derrotados por primera vez en mucho tiempo, debiendo refugiarse en Toledo, cuyos muros tuvieron que resistir desde ese momento las embestidas de los ejércitos africanos. Todas las tierras recién conquistadas al sur del Tajo fueron recuperadas por los musulmanes, quienes comenzaron una ofensiva para recobrar sus antiguos territorios entre el río y el sistema Central.

Los ataques almorávides continuaron en los años siguientes. En 1108, se produjo una nueva derrota cristiana en Uclés, poniendo en peligro las tierras de la actual provincia de Guadalajara, y causando un serio problema para el reino, pues allí perdió la vida el heredero al trono, provocando un periodo de desgobierno en el frente cristiano, que duró hasta que Alfonso VII, nieto de Alfonso VI, consiguió consolidar y estabilizar sus dominios, venciendo toda oposición interna.

Cuando esto sucedió, los musulmanes ya habían establecido una posición fuerte al norte del Tajo, y desde 1109 mantenían una guarnición en Sigüenza, verdadera punta de lanza de los almorávides, que así controlaban esta zona fronteriza entre musulmanes, castellanos y aragoneses, que servía de puente entre ambas mesetas y entre las cuencas del Duero, Tajo y Ebro. Un punto, por tanto, de enorme importancia militar para todos los contendientes, donde se iban a centrar las operaciones militares de las siguientes décadas.

La ciudad del Doncel, no obstante, no era en aquellos años ni la sombra de lo que luego llegó a ser. Ubicada en zona de frontera, sometida a constantes ataques y contraataques, era un lugar casi despoblado, de mucha menor importancia que lugares vecinos como Atienza, Hita o Medinaceli. No obstante su coyuntura, Sigüenza era una antigua sede episcopal de la época visigoda, de gran importancia simbólica, y el honor de los castellanos obligaba a recuperarla.

Durante la reconquista los reyes castellanos y leoneses tuvieron la costumbre de entregar a particulares territorios que todavía no estaban bajo su dominio. De esta forma, el noble u eclesiástico que recibía esta singular merced tenía todo el incentivo del mundo para gastarse su propio dinero en reclutar tropas y lanzarlas a la ocupación de “su” territorio. Era un sistema en el que todos ganaban, pues el rey conseguía así ampliar sus dominios sin gastar recursos, a la par que tenía a sus nobles totalmente implicados en la empresa conquistadora. Un ejemplo muy claro en ese sentido se puede encontrar en la ciudad de Plasencia, en Extremadura, a cuyos caballeros el monarca les regaló todas aquellas tierras que pudieran conquistar hacia el sur. También para las sedes episcopales era habitual nombrar obispos de lugares que todavía estaban en manos musulmanas, y el caso seguntino no fue diferente a otros. Las personas que recibían estos territorios sin conquistar se veían en una coyuntura interesante, pues por un lado el premio a sus esfuerzos era muy suculento, mientras que la pérdida de prestigio por no hacerlo era una amenaza muy poderosa que les llevaba inevitablemente a la acción.

El obispo de Sigüenza, es decir, de la Sigüenza todavía musulmana, era desde 1115 , monje cluniacense que acudió, junto a muchos de sus compatriotas, a la llamada de los reyes hispanos para frenar el poder almorávide y para imponer el rito romano a unos cristianos castellanos y leoneses que todavía mantenían el mozárabe, heredero del visigodo, algo que no gustaba nada al papado. Don Bernardo era una persona que gozaba de gran influencia. Contaba con la confianza de la Corte, pues llegó a Castilla bajo la protección del arzobispo de Toledo, el también francés Bernardo de Sedirac, quien le consagró formalmente como obispo de Sigüenza en 1121 (hasta ese momento Bernardo de Agén firmaba como tal, pero sin haber recibido esta formalidad). Por otro lado, su hermano y su tío llegaron a ser obispos de Palencia y Segovia respectivamente, lo que indica claramente que el seguntino estaba muy bien posicionado entre los grandes del reino.

En el momento de la consagración como obispo de Sigüenza la situación militar en la zona había cambiado: por el sur, Alcalá de Henares había sido tomada por el arzobispo toledano, y junto con Guadalajara constituía una poderosa posición para los castellanos. Por el norte, Atienza y Medinaceli volvían a ser cristianas, y aunque los musulmanes dominaban Aragosa y Mirabueno, Sigüenza se encontraba poco protegida, rodeada por casi todos lados de enemigos. Por otro lado, los aragoneses, tercer jugador en la partida, estaban ocupados planificando su ofensiva sobre Lérida, lo que dejaba el camino libre para que Bernardo de Agén reclamara, por fin, su sede episcopal.

El objetivo era expulsar a la guarnición musulmana que defendía la alcazaba que dominaba el municipio. Para lanzar el ataque, el obispo contó con el apoyo de las milicias concejiles de las villas cercanas, incluyendo seguramente a las de Guadalajara y Molina, poblaciones sin duda interesadas en echar a los enemigos de aquella zona. También tuvo ayuda del arzobispo de Toledo. Respecto al apoyo de la monarquía, selló un pacto con el obispo por el cual, si bien no le ayudaba militarmente, le prometió la creación de un señorío episcopal en la futura Sigüenza cristiana. En aquel momento la ciudad estaba dividida en dos, separadas por varios cientos de metros: la parte baja, cerca de la zona de la catedral, y la parte alta, en el entorno del castillo. En el pacto entre la monarquía y el obispo, el primero se reservaba el dominio sobre la parte alta, mientras que la baja quedaba para el prelado. Ambas mitades, pocos años después de la conquista, serían unidas formando un solo municipio.

Con estos apoyos, Bernardo de Agén se lanzó a la conquista de la ciudad en 1124, según la historiografía tradicional, si bien algunos autores argumentan que fue un año antes, en 1123. La narración del episodio bélico obliga a adentrarse en el terreno de la leyenda. Según cuenta Julián Moreno en su obra de 1924 “Alma seguntina”, la fecha fue el 22 de enero de 1124, día de San Vicente, cuando la modesta mesnada del obispo se presentó al pie de la antigua alcazaba árabe, situada donde hoy está el magnífico castillo de la ciudad. Los asaltos cristianos fueron rechazados dos veces por los defensores, y cuando el sol comenzaba a ponerse, todo indicaba que la aventura de los atacantes iba a fracasar. Es entonces, y siempre según la versión de Julián Moreno, cuando el obispo reunió a los fatigados soldados, y les arengó diciendo: “¡Cristianos! ¡Bravos, los mis bravos! Antes que el sol se hunda en el ocaso, esta Cruz, signo de nuestra Redención, tiene que estar clavada en lo más alto de la torre del homenaje de este castillo. Dios está con nosotros. Hoy celebra la Iglesia el triunfo de un mártir español, San Vicente. Él nos ayudará. ¡Sus y a ellos!”. Es entonces cuando se produce el tercer ataque, que consigue penetrar en el castillo y rendir a la guarnición musulmana.

La escena, claro está, no es histórica, sino fruto de la tradición popular, y la realidad debió ser menos épica. Obviamente, el lenguaje reproducido por Julián Moreno no es nada propio del siglo XII, y cabe pensar que el religioso francés hablaría más latín que castellano, por lo que la idea de una arenga de este calibre en la que se insufló valor a los soldados al estilo más novelesco habría que atribuirla más a los deseos del historiador que a la pura verdad. Yendo más allá, es preciso decir que algunos investigadores de gran reputación, como Gonzalo Martínez Díez, aseguran que Sigüenza era un lugar totalmente despoblado en aquel momento, que ni siquiera es mencionado en el Cantar del Mío Cid, por lo que más que una conquista habría que hablar de la repoblación de un lugar yermo y abandonado, del que solo quedaban las ruinas de un viejo castillo, siendo por tanto este episodio militar totalmente inventado. En cualquier caso, lo que los hechos históricos aseguran es que tras la conquista definitiva de Medinaceli, comenzó el proceso de repoblación del área seguntina, creando los dos núcleos que antes hemos comentado: la ciudad alta, alrededor del castillo, y la ciudad baja, cerca del lugar donde luego se edificaría la catedral, que pronto quedarían unidos bajo el señorío del obispo. A partir de ahí, la historia de la ciudad del Doncel es la de un lugar pujante cuyo legado sigue deslumbrando a los visitantes.

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