Un zángano en el palmeral

EL MARATÓN NO SIRVE PARA NADA

Integrantes del Seminario de Literatura, en el cuento final. / Foto: Isra Calzado.

Integrantes del Seminario de Literatura, en el cuento final. / Foto: Isra Calzado.

Estaba pensando en confeccionar un catálogo de cosas inútiles. Sin embargo, enseguida me he dado cuenta del error. Habría de admitir como perfectamente necesarios, para otros, algunos de los útiles o actos de la relación, por más inconcebible que supusiera ese concierto. Convendría, pues, añadir la especificación aclaratoria correspondiente al nombre del inventario que me propuse, evitando así que nadie pudiera llamarse a engaño. Al fin, esto solo es un proyecto que ha de llevarme bastante tiempo… o no. Pero tengo reservado material que, sin duda ha de formar parte de la clasificación de lo prescindible. Por ejemplo, la cultura…

La cultura, las artes, la filosofía, el aprendizaje… Total, son cosas que pronto resolverán, del todo, las máquinas. Pongamos por caso. El Maratón de los Cuentos de Gudalajara. En el cine ya aparecen personajes que no son defendidos por actores de carne y hueso. En algunos escenarios, hay artistas que ni cantan, ni están propiamente, biológicamente hablando digo, sobre las tablas. Es algo que podría suceder en el patio del Palacio del Infantado y constituirse mediante la tecnología un espectáculo a todas luces plausible. Porque, como ya anticipé, ¿para qué sirve el Maratón? ¿Soluciona los problemas de la polución y el cambio climático? No. ¿Contribuye a revitalizar las zonas rurales? No. ¿Facilita el ingreso de más personas en el mercado laboral? No. Entonces, repito, ¿para qué sirve el Maratón? Para nada. Como la cultura, el arte, la filosofía, el aprendizaje… Son materias que, en el mejor de los casos, refinan, dan sentido a la emoción que pueda contener la palabra sapiens. El Maratón como acontecimiento inútil para mí, es la oportunidad de asistir al Maratón, y eso, que no sirve para nada, me reconforta. Porque lo que no he escrito todavía, pero puede deducirse, es que no todo lo inútil reporta insatisfacción… Me reconforta, como cada uno se esos instantes, singularmente modestos- otrora capitales- a los que nos remitimos como una manera imprescindible de vivir. Me reconforta porque me gusta escuchar a los que tienen algo que decir, independientemente de si sus palabras contribuyen a esa inutilidad de la que disfruto o forjan una quiebra o dan lugar al desagradable sorpresa de encontrar en la boca una almendra amarga; si he de seleccionar, yo me ocupo. Me reconforta porque no espero luminarias ni presencias ni manifestaciones: no las espero aunque se produzcan. Me reconforta porque es una oportunidad de acordar conmigo mismo cuánto significa el tiempo. Me reconforta porque sé que lo que perciba como bueno lo habrá sido para mí y no me engañaré intentando disfrazar lo inaceptable… porque el Maratón es parte de la vida y, como la vida, ofrece un surtido de alternancias tan pródigo en delicias como en lamentables latidos. Por eso es inútil el Maratón, porque es un cuento. Un cuento inútil que puedo recordar sin fatiga, sin peligro de trascendencia y sin tener que rendir cuentas ante nadie después de haber asistido a la fiesta de las palabras en Guadalajara… Por cierto, no sé si quienes lo hacen posible año tras año, quienes intervienen profesionalmente o participan a título de aficionado creen que hacen algo útil en el Maratón o con el Maratón. Si es así cuentan igualmente con mi máximo respeto. Y si creen que es algo inútil, que cabe en el catalogo de cosas que no sirven para nada y que resulta ser una señal que distingue a los seres humanos de otros seres vivos- precisamente porque los sapiens sabemos que son cosas que no sirven para nada y, por eso mismo, las experimentamos con dedicación, con afecto, con generosidad- entonces, digo, están viviendo lo mismo que yo cuando entro en el patio del Palacio del Infantado. 

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