El blog de la señora Horton

El imperio romano

Me he aficionado recientemente al fútbol, pero, con la suerte que acompaña al novato en el juego, suelo ser clarividente para esto del deporte. Con una mirada de segundos me hago cargo de la situación. Así que, el sábado, al pasar por delante del televisor donde se acumulaban los vasos de whisky y los exaltados parientes, emití un comentario por el que fui inmediatamente insultada y creo recordar que hasta se me arrojaron algunos objetos. Vi una «mélée» de balones y piernas atascada ante la portería del Español (ahora Espanyol)  y dije: ¿cómo es que hay más jugadores vestidos de rayas? 

 Advierto que los dioses me han concedido un ojo mágico para captar los fulgurantes movimientos del enemigo y allí mi ojo detectó mucho enemigo y muy fulgurante. Bueno, el Español perdió y en la patria quedó un perfume antañón: el olor del Barça. La historia se repite con la monotonía de quien cuenta sólo con dos desenlaces: o siempre gana el amo o un día vence el esclavo y se hace el amo. 


Una vez eliminada la muerte como colofón del singular combate, la justicia distributiva del deporte, que es la forma civilizada de la contienda, logra que de vez en cuando el hombre salga de su humillación y quede reconocido, porque reconocimiento se buscó en todas las batallas de la antigüedad y reconocimiento se busca en las batallas deportivas de la modernidad.

 De la Copa del Mundo de Fútbol dijo una vez Kojeve —que en ocasiones se reveló como un cachondo, además de ser el comentarista oficial de Hegel, que ha hecho de ello virtud y ya nadie lee al autor, sino a Kojeve— que era un intento no militar de restablecer el imperio romano.

 Por lo que he escuchado estos días, en el Barça —como en todos los demás clubs, imagino—suenan (además de Messi) varios nombres extranjeros. El césped suele estar lleno de hombres muy caros y repeinados, que yo creía milagrosamente nacidos en la Barceloneta o en la calle de la Marina. Mis informadores me sacaron del error: no, la mayor parte de los equipos nacionalistas —no hay manera de entrar en el calor del deporte si no se arrastra algún jirón nacionalista— están formados por gentes de afuera. O sea, que, a lo que columbro, se trata más de negocio que de ocio. ¡Así que todo este juego, esta evasión, esta sublimación de la política, es mayormente una pirueta imaginaria! 


Mucha tramoya psicológica y monetaria ha llegado a precisar el deporte balompédico. Dicen los sociólogos que los deportes más peligrosos e individuales se dan en las áreas del mundo más burguesas y ricas, como California. Allí ya no se combate por reconocimiento (se poseen todos los síntomas externos de lo importantes que somos: coches y mansiones) ni por dinero (pues el vecino sabe que nosotros también estamos forrados) Tampoco por política, pues misteriosamente en cuanto salimos al extranjero todos están encantados de pertenecer a donde pertenecen (excepto dos o tres chalados). 

Eliminada la política, en esos lugares se combate contra el cuerpo propio, se buscan formas extremas de arriesgarlo, como  "el salto en bungee" y otras atrocidades . "El Salto en bungee", por lo que me han dicho, es un deporte extremo que se originó hace ya miles de años, por lo que se ubica dentro de los más antiguos. Tuvo su origen en Oceanía, en las islas Vanuta hoy llamadas Nuevas Hébridas.  El salto era un rito llamado Gkol que consistía en demostrar que se había pasado de ser niño a un valiente adolescente, y la mejor forma era lanzándose desde torres de cañas con alturas hasta de 25 metros llevando una cuerda de vid atada a los tobillos. No es este deporte lo peor de lo peor: he visto en la tele unos tíos vestidos de pajarracos que se tiran de un monte a fin de matarse una vez que han pasado a través de un círculo de papel preparado para el caso sobre un promontorio. Confieso que ese deporte (?) no sé con seguridad como se llama.

 Y aunque siempre por los bordes rebeldes del deporte queda aún vivo ese afán por la victoria pura, no es ése el fin del fútbol. El fin del fútbol es el restablecimiento del imperio romano, que, al menos esta temporada, sigue en manos de Arturo Mas.

 

Flequillos y Calcetines
Mofetas