Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

EL ENIGMA DEL ORIGEN DEL NOMBRE “ALCARRIA”

En una tierra con tanta historia como la nuestra ningún nombre es fruto de la casualidad. Todos nuestros pueblos y comarcas han sido bautizados de cierta manera porque en algún momento esa palabra tenía pleno sentido para aquellos que allí habitaban. Algunos tienen un significado evidente, y hacen mención a características del terreno, como Valverde de los Arroyos, por el singular enclave en el que se sitúa, o recuerdan su pasado como fortaleza árabe, como las Alcoleas que existen en nuestra provincia. En otros casos, su origen se pierde en la senda del tiempo, abundando entonces las especulaciones, como Torija, topónimo que se ha llegado a asociar con Tariq, el conquistador árabe de la península ibérica, quien según una leyenda llegó hasta allí en busca de la Mesa de Salomón, protegida hasta entonces por el vencido rey visigodo don Rodrigo.

Los nombres, y su origen, son un elemento de gran importancia para los historiadores, pues permiten trazar cómo fueron las conquistas, las migraciones o las repoblaciones en la Antigüedad y la Edad Media, ya que cada grupo humano bautizaba los lugares que habitaba de una manera singular, en función de su idioma y costumbres, lo que en el caso de España es especialmente interesante debido a la gran cantidad de pueblos que por nuestra península han pasado, dejando mayor o menor huella.

En estas líneas me gustaría dedicarle atención al origen de la tierra inmortalizada por Camilo José Cela, nuestra Alcarria. La ausencia de fuentes escritas hace muy difícil rastrear el momento en el que esta singular comarca, que abarca parte de Guadalajara, Cuenca y Madrid, fue considerada como una unidad geográfica, social o política digna de tener nombre propio. Durante la Edad Media el topónimo ya estaba plenamente consolidado, y de hecho la misma ciudad de Guadalajara dividía sus dominios en dos sexmos, uno llamado el Campo, y otro denominado “el” Alcarria, separados por el río Henares, y cada uno de ellos con sus propios representantes o sexmeros. Ciertamente, todo indica que el origen de la Alcarria es anterior a la conquista cristiana de la zona, a finales del siglo XI, pero ¿quién bautizó a esta comarca?

Algunas teorías, como la de Ros Ráfales, de 1918, ligan el topónimo a un origen celtíbero, al igual que el poblado de Arriaca (el asentamiento prerromano anterior a la actual ciudad de Guadalajara). Según las ideas de este autor, la raíz “karr” significaría algo así como “unión”, o “defensa mutua”, o yendo un poco más allá en la senda de la imaginación, y siguiendo las ideas de este investigador, “pueblo esforzado que defiende su unión”. Este nombre habría sido tomado por los árabes, que añadieron el prefijo “al”, quedando así la Alcarria con su denominación actual.

Otra teoría es la de Villamil, que se centra en los aspectos geográficos y deriva el nombre del árabe hispano “Alcarr”, que significa “altura”, en referencia a la elevada meseta surcada por ríos y arroyos que forman estrechos valles, característica de la comarca. Esta idea enlaza con la propia definición que el diccionario de la Real Academia de la Lengua hace del vocablo, como “terreno alto y, por lo común, raso y de poca hierba”. En la misma línea habla Celdrán, pero adelantando el origen del nombre a la época celtíbera, siendo “all” la referencia a “colina”, y “carriac” el adjetivo “pedregoso”. Es decir, que Alcarria sería el nombre prerromano para “colina pedregosa”, de la misma manera que la ciudad de Arriaca, significaría “camino pedregoso”, un nombre con un significado claramente asociado al “río de piedras” de la Wad al-Hayara árabe.

Muy interesantes también son las teorías de Basilio Pavón Maldonado, quien por un lado está de acuerdo con la posible relación entre la palabra Alcarria y un lugar pedregoso, y por otro introduce la vinculación entre este nombre y el árabe “al-Quaryat”, que podría traducirse por “alquería” o “aldea”. En ese sentido, la Alcarria sería, simplemente, una tierra poblada por pequeñas aldeas o casas de labor.

Esta última teoría es la más aceptada por los principales investigadores de la materia, como el profesor Ranz Yubero y el tristemente fallecido López de los Mozos, quienes sin duda son las máximas autoridades en estos temas a nivel provincial. Posiblemente, y ésta ya es mi opinión, el origen prerromano de los vocablos Arriaca y Alcarria estuvieran vinculados a esa idea celtíbera de lugar pedregoso, entendido como algo árido, ya fuera un camino o un río (Arriaca), o una zona alta (la Alcarria). Estas denominaciones pervivirían durante la época visigoda y, al llegar el momento del dominio árabe, el nombre de la ciudad quedaría traducido al de Wad al-Hayara, con idéntico significado al que le habían dado los celtíberos pero diferente forma de expresarlo, mientras que el de la comarca se transformaría en “al-Quaryat” por simple similitud fonética, y porque el apelativo describía perfectamente lo que en aquel momento era la zona: un conjunto de pequeñas aldeas ubicadas en los bordes de los valles que surcan el páramo, algunas de las cuales llegaron a transformarse en los pueblos que todavía hoy dan personalidad a esta tierra.

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