Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

El castillo de Zafra: cuando la realidad supera la ficción

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Hace unas semanas nuestro castillo de Zafra, situado en Campillo de Dueñas, fue escenario de una de las escenas de la famosa serie de ficción Juego de Tronos. No es casualidad que, entre todos los castillos europeos, los productores de la serie se fijaran en la fortaleza roquera de Zafra para rodar varias escenas. Situada sobre una enorme lasca de piedra que surge en la vertiente sur de la magnífica sierra de Caldereros, la torre del homenaje que corona el conjunto se ofrece al visitante como un edificio esbelto que se sostiene en precario equilibrio, casi mágico, sobre la estrecha roca que la sostiene. Ciertamente, el castillo de Zafra es un lugar con algo especial, que no pasó desapercibido para los habitantes de la Península en épocas remotas. Así lo atestiguan los restos arqueológicos encontrados en su perímetro que demuestran su ocupación desde época celtíbera, continuada por los romanos y consolidada por los musulmanes, quienes decidieron transformar el asentamiento existente en el castillo roquero que, después de muchos avatares y reconstrucciones, pudo ser visto por millones de espectadores de todo el mundo, en una promoción que esperemos contribuya a que sea un monumento cada vez más visitado, conocido, y cuidado.

En la serie de ficción el castillo es escenario de un combate entre varios hombres, que no describiremos aquí para no fastidiar a aquellos rezagados que todavía no han visto el capítulo. Solo diremos que la escena es interesante, pero ni de lejos tanto como la que aconteció en ese mismo lugar en 1223 y que tuvo como protagonistas nada menos que al rey de Castilla y de León, Fernando III y al señor de Molina, Gonzalo Pérez de Lara. La escena que vamos a narrar, esta sí, forma parte de un verdadero juego de tronos.

Pongámonos en situación: Durante gran parte de la Edad Media, Molina era la cabeza de un gran señorío independiente situado entre Castilla y Aragón, controlando una zona estratégica que permitía el paso entre ambos reinos. Heredero de la taifa musulmana de Molina, el territorio fue conquistado en 1129 por el rey Alfonso de Aragón, conocido como El Batallador, quien lo anexiona a la villa de Daroca. Sin embargo, el territorio molinés fue repoblado por los castellanos, lo que generó disputas entre ambos reinos, que ansiaban controlar esta zona fronteriza y se sentían legitimados para ello. Las fricciones entre castellanos y aragoneses se solucionaron gracias a la propuesta del noble Manrique de Lara, quien con gran habilidad consiguió convencer a ambos monarcas en 1137 para que le entregaran el territorio como señorío independiente, el cual dotó de leyes propias gracias a su fuero, que data de 1154.

La situación de Molina en los momentos en los que se formaba el señorío no era fácil, pues se encontraba muy cerca de la frontera con los musulmanes, quienes llevaban a cabo fuertes contraataques contra el pequeño territorio independiente. Manrique de Lara, en ese contexto, decide solicitar a los aragoneses la donación de la fortaleza de Zafra, a lo que el reino vecino accedió, sabedor de la importancia de mantener Molina en manos cristianas para evitar que los ataques musulmanes llegaran a sus dominios. Es en estos momentos cuando se reconstruye la fortaleza de Zafra, al igual que otras del territorio.

La frontera fue paulatinamente alejándose de las tierras molinesas gracias a sucesivas victorias cristianas. Así las cosas llegamos a 1222, año en el que el rey Fernando III de Castilla estaba en guerra contra su padre, Alfonso IX de León. Este tipo de disputas por el poder eran algo habitual en los reinos de Castilla y de León, y solían ser muy provechosas para la nobleza, pues podían intercambiar su apoyo militar por mercedes reales, y además la situación les servía de excusa para saquear territorios rivales obteniendo un importante botín de guerra. En este conflicto el señor de Molina, Gonzalo Pérez de Lara, descendiente de Manrique, decidió apoyar al rey leonés, promoviendo la rebelión entre los nobles castellanos, e incluso atacando algunas aldeas cercanas a Medinaceli, aprovechando que Fernando III se encontraba ocupado en la frontera con los musulmanes en tierras andaluzas. 

El rey Fernando no podía permitir que el señor de Molina continuara sembrando el terror en la zona, por lo que se dispuso a acabar con su insurrección marchando con un ejército a su encuentro. Hay que tener en cuenta que Gonzalo Pérez de Lara formaba parte de una de las familias más poderosas de Castilla, los Lara, quienes tradicionalmente se disputaban el liderazgo entre la nobleza con los Haro, por lo que era necesario castigarles antes de que su apoyo al rey leonés inclinara la balanza de poder en su contra. La ocasión era, además, perfecta para poner bajo el control real el extenso y estratégico territorio de Molina.

El ejército castellano movilizado por el rey para la conquista de Andalucía era uno de los más poderosos de la Europa medieval. Curtido a lo largo de siglos de guerra contra los reyes andalusíes y otros monarcas cristianos, la organización militar de los castellanos y la carga de su caballería pesada en campo abierto eran imposibles de contener, por lo que al enterarse Gonzalo Pérez de Lara que el rey venía en su búsqueda con tal ejército, decidió refugiarse en el castillo de Zafra junto a su familia y unos 500 hombres armados para resistir allí los ataques del monarca. Ciertamente, la fortaleza era casi inexpugnable para los medios de la época, y la única posibilidad de supervivencia para el señor de Molina. Al llegar al pie del castillo, el rey Fernando comprendió que era imposible tomarlo por asalto con los medios de asedio que disponía, por lo que decidió poner cerco a los defensores con la esperanza de rendirlos por el hambre, no sin antes sembrar la destrucción por todo el señorío, para asegurarse de que nadie enviaba refuerzos a los sitiados. Esta era, sin embargo, una solución que llevaría mucho más tiempo del que el rey disponía, además de que le obligaba a inmovilizar un ejército que necesitaba en otras partes del reino, por lo que tras unos meses de asedio infructuoso se decidió optar por la negociación, gracias a la mediación de la madre del rey, doña Berenguela.

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Gonzalo Pérez de Lara, que era consciente de que no podía ganar en ningún caso, accedió a una rendición honrosa salvando su vida. Aquí la historia se vuelve confusa, pues en algunas crónicas se indica que el rey aceptó la rendición de los sitiados en la llamada Concordia de Zafra, a cambio de que el señor de Molina aceptara que, a su muerte, el territorio no fuera heredado por su primogénito, Pedro González, al que se le conocería como “el desheredado”, sino por su hija Mafalda, quien casaría con el infante Alfonso, hermano de Fernando, de manera que el señorío quedara bajo el control de la corona, y marcando con ello el punto de partida de la futura anexión del territorio a la corona de Castilla. Tras este acuerdo, el hijo desheredado participaría en una fallida rebelión de nobles contra el monarca, ofreciendo el trono castellano al rey Luis VIII de Francia. Otras crónicas, sin embargo, dicen que en la Concordia de Zafra no se produjo el desheredamiento del primogénito del señor de Molina, sino que ésta se produjo después de la mencionada rebelión. Sea como fuere, el resultado final fue una derrota de los Lara y una victoria del monarca, quien pudo desde entonces dominar y controlar el señorío molinés.

No es esta la única batalla en la que el castillo fue protagonista. En el siglo XIV, en el escenario de otra guerra civil castellana, esta vez entre partidarios de Pedro I y de Enrique II, los molineses se levantaron contra Beltrán Duguesclín, mercenario a quien el monarca Enrique II había entregado Molina como pago por sus servicios. El concejo de Molina, descontento con el nuevo señor, decidió ponerse en manos del rey de Aragón, Pedro IV, quien hizo efectiva la donación atacando al mercenario en Zafra. Consecuencia de este episodio, que apenas duró entre 1369 y 1375, es el apelativo “de Aragón”  que acompaña al nombre de la villa, y que tanta confusión crea entre los turistas despistados que visitan la zona. 

 

Otro episodio muy interesante, que nos permite enlazar con el presente, se dio en el siglo XV, cuando Molina se ve envuelta en las guerras por el trono entre Isabel la Católica y Juana la Beltraneja. El marido de esta última, el rey Alfonso de Portugal, trató de hacerse con el control de la fortaleza de Zafra, que como hemos indicado estaba ubicada en una zona de paso entre Aragón y Castilla, y por tanto de gran importancia estratégica. El alcaide del castillo, Juan Hombrados, sin embargo, defendió la plaza hasta la victoria definitiva de los Reyes Católicos, momento en el que se la entregó, recibiendo a cambio por parte de los monarcas la alcaidía de la misma para él y sus descendientes. Tras la pacificación del reino, el castillo, al igual que muchos otros, fue perdiendo importancia, y comenzó un imparable proceso de abandono y ruina, hasta que en 1971 Antonio Sanz Polo, descendiente lejano de aquel Juan Hombrados, adquirió los escasos restos del castillo en una subasta del Estado, tras lo cual dedicó toda su fortuna en la reconstrucción del mismo, que le llevó nada menos que tres décadas, hasta que por fin pudo ver levantada de nuevo la magnífica torre del homenaje, que tanto ha impresionado recientemente a millones de espectadores, y que ni siquiera Fernando III, conquistador de Jaén, Córdoba y Extremadura, pudo rendir con su poderoso ejército.

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