El blog de la señora Horton

El botellón divino

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Vengo de dar una vuelta por la semana santa y he comprobado que, entre el fervor religioso y la juerga que acompaña de ordinario a tal fervor, los españoles han formado, de norte a sur del país, una alegre banda de Borrachos Reunidos, S. A. especialmente, como he leído por la red, en la famosa "madrugá" de Sevilla, que algunos fieles del alcochol han convertido en la "Madrugá Mundial del Botellón".

 

Por lo que se ve, la pasión de dios anima a los creyentes a la bebida; también parece lógico emborracharse cuando, a la vuelta del botellón y no solo el sevillano, uno lleva el coche cargado de amigos. Y es por eso que no resulta raro que a los 13 años una chavalita tenga la obligación de celebrar el sábado noche con un buen coma etílico. Son cosas que se llevan, que la moda impone; prácticas obligatorias si uno quiere estar en el mundo y ser un tipo cojonudo.

La Dirección General de Tráfico lleva la tira de años con su campaña de enseñar los peligros del alcohol, pero no enseña su tontería. La esquizofrenia de esta cultura nuestra consiste en castigar con severas penas el uso de unas drogas y premiar con palmaditas en el hombro y miradas de gracia cómplice el uso de otras: la carretera muestra sus mejores anuncios de licores a la entrada de las ciudades y existe entre nosotros la tradición de «saber beber». Si este saber beber se refiriera a conocer las bondades y los límites del alcohol, bien estaría, pero el uso de la frase ha ido desplazándose semánticamente y ahora cualquier chiquilicuatre que haya hecho la primera comunión presume de tener un hígado como una esponja.

 Estar borracho, entre los más jóvenes, no se considera un mal estado. No es un estado de gracia dionisiaca, ni una ebriedad divina; estar borracho, echar la pota, ir cayéndose a trozos por la sucia acera de madrugada es ser un hombre en los únicos sentidos que la palabra va teniendo hoy: despreciar la ley, reírse de la racionalidad, pregonar el valor de lo brutal sobre la inteligencia. El estallido del valor del alcohol entre las clases más populares quizá venga ocasionado por una prohibición antigua que limitaba su uso y disfrute a los más favorecidos por la fortuna. Estas cosas del pasado á veces avanzan sobre nosotros como una enorme bola de nieve. Hoy, los más ricos se entregan a la coca sin contención; los más miserables ya se pudrieron con el caballo, y la pandilla intermedia, los Borrachos Reunidos, S. A., sin el suficiente dinero ni la suficiente desesperación, se entrega a la mediocridad del botellón.

En este mundo de clases medias, por tanto, todo el paisaje es de una borrachera general. Unos pocos abstemios inútilmente tratan de parar el drama a base de «spots» televisivos, pero no hay resultados cuando la misma mano que advierte, vende, recomienda, invita y autoriza. Todos los niños desde que nacen ven a sus respetables papás empinar el codo y celebrar sus cogorzas como muy graciosas. He desenterrado un libro completísimo de Escohotado sobre las drogas, donde se cuenta un notable experimento alemán que consistió en seguir la descendencia de una alcohólica llamada Ada Jucke. Sobre 709 descendientes se estableció que había 109 hijos ilegítimos, 181 prostitutas, 142 mendigos, 64 asilados en instituciones benéficas, 69 delincuentes y 7 asesinos. Naturalmente, estas terribles cifras tienen que ver más con la marginación que con el alcohol. Claro que el alcohol también produce marginación; la mano del alcohol, cuando se te mete en los cromosomas, es que te revienta la fiesta.

La tuya y la de tus nietos.

Juzgar a un niño
El verbo se hizo carne