Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.

EL ARRIACENSE QUE MURIÓ POR SALVAR LA VIDA DE SU REY

Corría el año 1385, y Portugal se encontraba en un periodo de profunda inestabilidad política. El rey luso, Fernando I, que había aspirado al trono castellano provocando la hostilidad entre los dos países, había fallecido sin descendencia masculina que pudiera heredar su reino, desatando la crisis en el país vecino, pues según estaba estipulado, al no tener hijos varones, la Corona recaía en su hija Beatriz de Portugal, que estaba casada con el rey castellano Juan I, lo que suponía que el hipotético heredero de ambos sería a la vez señor de ambos lugares. Teniendo en cuenta que Castilla era un reino mucho más fuerte que el portugués, la fusión de ambas Coronas supondría en la práctica la futura anexión de Portugal por parte de los castellanos.

En vista de la situación, que anticipaba conflictos, y como solución temporal, los nobles de ambos reinos acordaron que, mientras no hubiera heredero masculino, cada reino debía gobernarse por separado, quedando el control de Portugal a manos de la viuda del rey Fernando I, Leonor Téllez, quien como regente del reino decidió delegar el poder en el conde Andeiro.

La regencia de Leonor fue muy impopular, y el pueblo se temía que, de no hacer nada, Portugal acabaría siendo controlado desde Castilla. Así las cosas, se produjo un levantamiento en Lisboa que acabó con el asesinato del conde Andeiro y la proclamación como monarca del maestre de la orden de Avís, hijo ilegítimo del rey Pedro I de Portugal, bajo el nombre de Juan I.

El rey castellano observaba estos acontecimientos con preocupación, porque de consumarse impedirían que su futuro heredero llegara algún día a ser rey de Castilla y de Portugal, por lo que se decidió a intervenir. Un año antes ya había tratado de tomar Lisboa para socorrer a la regente Leonor, sin éxito, y ahora se aprestaba a reunir un ejército aun mayor, que las crónicas sitúan, en mi opinión de manera algo exagerada, entre 30.000 y 40.000 hombres, entre los que estaban las milicias concejiles de Guadalajara, apoyados por caballería francesa, con el que cruzó la frontera por el centro de Portugal, mientras que la flota castellana hostigaba Lisboa desde el mar.

El nuevo rey portugués (un rebelde para los castellanos), decidió plantar batalla para defender su reino. Las fuerzas lusas eran, no obstante, muy inferiores en número, apenas unos 7.000 hombres (de nuevo según las crónicas, no siempre unánimes en esto), a pesar del apoyo de contingentes de arqueros ingleses que acudieron en su ayuda, por lo que debían evitar el enfrentamiento en campo abierto. Aconsejado por el general Nuno Alvares Pereira, el rey de Portugal optó por esperar a los castellanos en el lugar de Aljubarrota, donde había una colina cuya cima era llana, y que estaba rodeada por riachuelos, que dificultaban las maniobras del enemigo. Allí apostó a sus tropas en posición defensiva, mientras aguardaba la llegada del enorme ejército de Castilla.

Los castellanos llegaron al lugar muy cansados, pues la marcha había sido agotadora bajo el sol de agosto, y cuando divisaron la colina comprendieron que las posiciones portuguesas eran casi inexpugnables. El rey Juan I de Castilla, no obstante, sin tener en cuenta que sus hombres y sus caballos estaban agotados, y que la posición del enemigo era muy ventajosa, tomó la decisión de rodear la colina, pues por el otro flanco la pendiente era menor, y atacar por allí. La iniciativa de los castellanos forzó a los portugueses a mover sus líneas al otro extremo de la cima, donde se apresuraron a cavar trincheras y poner obstáculos para detener el avance enemigo. Cuando los castellanos comenzaron a ascender por la colina, la caballería aliada francesa lanzó un poderoso ataque, con la intención de quebrar el frente portugués. Sin embargo, los arrogantes franceses se encontraron con los obstáculos y las zanjas cavadas por los portugueses, lo que les forzó a desmontar para llegar hasta el enemigo, mientras los arqueros ingleses les lanzaban una incesante lluvia de flechas, que les impidió siquiera acercarse al enemigo. El rey castellano, consciente del estrepitoso fracaso de sus aliados franceses, lanzó al grueso de sus tropas para apoyarles, pero ya era demasiado tarde. Casi todos habían ya muerto o sido capturados.

A pesar de este revés, los castellanos eran todavía mucho más numerosos, por lo que la victoria era posible. Sin embargo, la poderosa caballería castellana se encontró con los mismos obstáculos que la francesa, siendo forzada a combatir a pie bajo la lluvia de flechas inglesa. Además, la colina se estrechaba a medida que el ejército invasor se acercaba a la cima, lo que facilitaba la defensa de los portugueses, que a pesar de ser inferiores en número tenían los flancos seguros por el desnivel del terreno, y esperaban en perfecta formación la llegada de unos atacantes cansados y desorganizados.

El choque fue brutal, y los castellanos mantuvieron su ímpetu hasta que, en un momento de la batalla, el estandarte real de Castilla cayó al suelo entre las líneas enemigas. En ese instante, el pánico corrió entre el agotado ejército invasor, que se retiró en desbandada. Los portugueses apenas perdieron 1.000 hombres aquel día, mientras que Castilla perdió unos 4.000, siendo otros 5.000 hechos prisioneros. Lo peor, sin embargo, sucedió durante la huida, pues los portugueses persiguieron y dieron muerte a otros 5.000 soldados enemigos, muchos de los cuales fueron atacados en su huida por los campesinos de los pueblos cercanos.

Es en este momento de la huida cuando surge en la historia la figura de Pedro González de Mendoza, abuelo del marqués de Santillana, y primer Mendoza nacido en Guadalajara, a quien puede considerarse como el fundador de la futura casa del Infantado en la capital arriacense. Pedro había conseguido ascender entre las filas de la nobleza al apoyar a Enrique II en su guerra civil con Pedro I, tras lo cual el rey Enrique, agradecido por los servicios del alcarreño, le dio el señorío de Hita y Buitrago, y le encomendó ser mayordomo del príncipe heredero Juan, lo que le permitió llegar a ser la persona de mayor confianza del futuro monarca del reino, quien al ascender al trono le nombró mayordomo mayor de Castilla, capitán de sus ejércitos, y le colmó de mercedes.

Pedro González de Mendoza, después de tantos años cerca del entonces príncipe, estaba unido a Juan I por un vínculo de afecto mutuo, pues el alcarreño había sido el protector y el guía del monarca durante su infancia. En la batalla de Aljubarrota, el rey, cansado por la larga marcha del día, y bastante ajeno al sufrimiento de sus soldados, decidió observar la lucha cómodamente reclinado en su litera a la retaguardia, confiando en la victoria, y rodeado por sus más fieles caballeros, entre los que estaba el Mendoza. Cuando los soldados castellanos se vieron superados por los portugueses y comenzaron a huir, el rey y sus nobles, conscientes del desastre, comprendieron que debían retirarse de lugar a toda prisa, pues de lo contrario iban a ser aplastados por el enemigo. Los portugueses, al ver a la nobleza castellana abandonar sus posiciones, comprendieron que tenían ante ellos una oportunidad única de capturar al rey rival, lo que sin duda hubiera sido una enorme humillación, pues hubiera forzado a Juan I a renunciar a sus derechos sobre la Corona portuguesa y a pagar un fuerte rescate a cambio de su libertad.

Fue entonces cuando comenzó una persecución entre castellanos y portugueses en la que los primeros eran la presa. Los portugueses, cuyos caballos estaban más frescos, iban poco a poco alcanzando a los castellanos, hasta que llegó un momento en el que el caballo del rey, quizás extenuado, o herido por una flecha, cayó al suelo, incapaz de mantenerse en pie. Los nobles castellanos, mirando solo por su propia vida, continuaron al galope sin reparar en que Juan I había quedado pie a tierra, a merced del enemigo. Todos menos uno, pues Pedro González de Mendoza dio media vuelta para socorrer a su señor. Es entonces cuando el arriacense, según el romance popular, le ofreció al rey su propio caballo para que huyera, diciendo: “si el caballo vos han muerto, subid rey en mi caballo, y si no podéis subir, llegar subiros he en brazos”. Juan I, conmovido por el gesto de su protector, le pidió montar con él en su caballo, para tratar de huir los dos juntos, a lo que el Mendoza se negó, sabedor que un caballo con dos jinetes sería alcanzado muy fácilmente, respondiéndole: “non quiera Dios que las mujeres de Guadalajara digan que aquí quedan sus fijos e maridos muertos e yo torno allá vivo”. Tras decir estas palabras, y mientras Juan I huía al galope, quedó frente a las huestes portuguesas que les perseguían, a las que se enfrentó espada en mano, siendo abatido tras este gesto heroico.

Juan I pudo salvar su vida, pero no su honra, tras una derrota tan dura, que le alejaba para siempre del trono portugués. Conmovido por el sacrificio del Mendoza en aquella batalla, decidió hacer justicia a su antiguo protector mostrando su favor al primogénito de don Pedro, Diego Hurtado de Mendoza, al que concedió el almirantazgo del reino, consolidando aún más el prestigio y el poder de los Mendoza, no solo en Guadalajara, sino en toda Castilla.
Estos hechos se enmarcan en ese terreno que se sitúa entre la historia y la leyenda. Sin duda alguna, la actitud del Mendoza en la batalla debió ser heroica, pero es imposible saber hasta qué punto el relato de las crónicas se ajusta a la realidad. Ciertamente, los propios Mendoza, sucesores del “héroe de Aljubarrota”, tuvieron gran interés en perpetuar esta leyenda para engrandecer su estirpe, por lo que incentivaron que esta gesta quedara bien reflejada en el romancero popular.

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