El blog de la señora Horton

Después del luto

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La vida y la civilización humanas se abren paso gracias a una herramienta que se llama libertad.  La libertad te empuja a actuar, a descubrir, a inventar, a ir hacia adelante. Y la libertad mantiene una eterna pelea con el miedo. El miedo te paraliza y te obliga a detenerte. Siempre hay dos nociones contrapuestas en todas las contiendas. Y siempre hay vencedores y vencidos, aunque no lo queramos. 

 

Hay que saber mirar lejos para saber cómo llegaremos al éxito de la empresa (que es sencillamente ser, y ser cada día mejores y más eficaces y felices) si es que hemos elegido la libertad y no el miedo. Ese es el viaje de la vida. Saber mirar más allá de las vueltas y revueltas que llevará nuestro camino  y saber ver dónde está la meta. No todo el mundo puede descifrar eso, pero hay señales que guían hacia esa meta a nuestros zapadores, los más adelantados, los mejores, los que nos abren el camino y una de esas señales es que ellos no dudan en su empeño por ser libres y atreverse a todo. Otra es el respeto a la vida propia (que ni es noble ni sagrada, como observó Lorca con toda razón, pero es lo que sustenta todo el tinglado hasta que decidamos dejarla o nos deje ella) y otra el respeto hacia la vida de los demás que sí es sagrada para nosotros, incluso aunque no sea noble.  Estas son las tres condiciones para ponernos en marcha; a estas condiciones  las llamamos Ley.

Todo esto está minuciosamente considerado por la Ley en sus códigos y, a esta altura de la Historia, la Ley ya lleva en su surco toda la justicia y toda la clemencia de la que es capaz; en ella caben Dracón y Licurgo, la justicia estricta y la gracia con la que hay que perfumarla; la ley es tan civilizada como seamos nosotros, pues durante el recorrido de ese camino estamos solos disponiendo de nuestro destino. Pero no hay que ignorar que el hombre es esencialmente tiempo y su historia es diacronía; todo es empujar, como Sísifo , empujar esa piedra enorme que con el paso de las generaciones se irá volviendo más y más pesada pero también nuestras fuerzas serás, más y más potentes.

Al fondo del camino no debemos entrever a ningún dios y solo habrá el premio de lo que hemos hecho en vida ("La vida después de la muerte es la estafa 

más grande jamás concebida", como ha escrito Peter Watson en su libro de obligada lectura para los tiempos que corren, "La edad de la nada") pues para el hombre libre, dios solo es la proyección de un deseo ancestral. Tenemos que pensar que estamos solos, estamos solos con nosotros, somos nuestra salvación y nuestro infierno y aceptar esa realidad desnuda.  Pero si equivocamos el rumbo y escuchamos a las sirenas cantoras que lo jalonan, tanto en lo personal como en el devenir como especie, jamás llegaremos a Itaca.

El hombre es un animal reflexivo, no el hijo de un dios ausente; el hombre es un proyecto que hay que salvaguardar generación tras generación sin malearlo con promesas falsas y sin dejarlo caer en la abyección. Podemos alcanzar  una realidad sin límites sin nos permitimos el tiempo suficiente para desarrollar planes. Por eso no podemos desperdiciar la idea de progreso ni entregársela a sueños metafísicos. 

La inteligencia humana se afianza en la libertad a la que no le son extrañas ni la irreverencia ni el humor -son dos de sus armas defensivas-  ni todas las demás potencialidades que va desarrollando sin atender al miedo, pero al mismo tiempo, los que sacan sus expectativas del mundo lo siembran de fantasmas para impedírnoslo. Hoy hay ya una guerra latente o expresa para parar esa marcha humana por la libertad. "Ellos" ya han hecho sus planes.

Cortar las amarras, desbloquear los puertos, avanzar con la mirada puesta en salvaguardar lo mejor de nosotros mismos, derribar las pequeñas y diferentes  puertas del miedo que vayan apareciendo sin temor a fantasmas exteriores, esa es nuestra obligación como especie. Esa es nuestra moral. No ceder: el que resiste gana, dijo CJC. Sigue, sigue, no flaquees. No te dejes convencer: tú lo puedes todo. Piénsalo.

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