Un zángano en el palmeral

DE LA FELICIDAD Y SU PRECIO

Nadie rechaza, nadie se opone a la primavera. Nadie discute la felicidad. O son pocos, o son muchos pero permanecen escondidos. Sin embargo, relacionadas la estación que acaba de comenzar y el estado de satisfacción que eleva a plenitud las posibilidades y circunstancias del ser humano pues son sinónimo de bondad y crecimiento, cabe cuestionar la industria que se sirve de la segunda, de la felicidad, para poner a la venta productos o lograr influencia que se convertirán en beneficios económicos o de poder.  Porque la felicidad que siempre se ha experimentado durante más o menos tiempo, parece hoy, más que la consecuencia de un proceder acertado o de los imprevistos del azar, una exigencia que determina la clasificación de las personas y su admisión en el paraíso.

 Estiman los especialistas en proporcionar bienes y servicios a los consumidores mediante determinadas rentabilidades y, en su nombre, los profesionales de difundir las virtudes de la materia acerca de la que llaman la atención, que, si se quiere ser cabal, si se pretende reconocimiento, prestigio y éxito, el ciudadano o la ciudadana que finaliza sus abluciones diarias antes de incorporarse a sus quehaceres cotidianos, debe estar en posesión de lo mejor, de lo más emocionante, de aquello que, si no te soluciona la vida absolutamente, logrará que cada jornada venidera desde que has obtenido tal o cual mercadería, suponga un ideal que acreditar ante cualquiera. Y si no lo ha conseguido todavía, está perdiendo el tiempo. Por eso, en todo eslogan aparece implícita o explícitamente una coletilla de la factura de, “¿Te lo vas a perder?”. O, “¡No dejes que te lo cuenten!” … Dicho de otro modo. Si renuncias, pierdes, y si consientes porque imitas la iniciativa de terceros eres un segundón. La felicidad no admite claudicación ni interposiciones. Es ahora y en primer lugar. Nada que obstaculice los argumentos que definen el triunfo de los seres desde el solo punto de vista de la espiritualidad y lo que se conoce como sentido humano de las criaturas sapiens: una cualidad fundada en la pretendida creencia de que todo el mundo es bueno. Bueno, hasta que no se demuestre lo contrario, como ya se sabe. Bondad que, a diferencia del cariño verdadero- según dejó cantado Manolo Escobar- se puede comprar y vender. El ejemplo a la vista tiene nombres propios, autores literarios, terapeutas, conferenciantes, poetas, sanitarios, religiosos, políticos. Todos se ocupan o dicen que se ocuparán de la felicidad ajena aunque ellos mismos carezcan de esa felicidad. Tienen recetas, argumentos, intenciones, proyectos, disciplinas, sortilegios, pociones, dietas, tecnología, ropa, tratados, canciones, jardines, modos de lograr el oro… Nada que diste mucho de aquellos expendedores de un buen surtido de elixires a repartir de localidad en localidad que, una vez aplicados, demostraban ser incluso menos útiles que el agua de borrajas… y sálvese quien pueda. Por lo tanto, con fecha conmemorativa para lo que quiera que sea que se designa a cuenta de las necesidades de Naciones Unidas- día 20 de marzo este año, dirán con preferencia benéfica del universo- el colorete del sonrosado al carmesí de la lozanía de los rostros gozosos de las gentes conseguido tras la inoculación obligatoria del preparado que logra la uniformidad perenne de la cosa, o prodigioso propietario de un buen pedo- chute o borrachera, hemorragia de exaltación a ojos vista- debemos ser una especie sin conflictos o con ellos resueltos como en la novela de Stanislaw Lem, “Congreso de Futurología”: la policía al encuentro de los manifestantes deseando a los activistas callejeros amor y prosperidad. Aunque, después de todo, la felicidad puede que consista en esa triada contenida en la canción que hicieron popular Cristina y los Stop- un tango en su versión original- cuya letra decía, “Tres cosas hay en la vida; salud, dinero y amor”, o en la alternativa de celebración, baile y brindis según letra que cantó Elvis Presley durante la película “Fun in Acapulco”: “Viva el vino, viva el dinero, viva, viva el amor”. Pero no vengan a por más. Hoy la tienda está cerrada.

“Si queréis analizar pitones; los cortáis vosotros...
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