Herreros y otros trastos viejos

Cultura y economía

En la inauguración de la ampliación del Museo Parroquial de Pastrana que permite exhibir en todo su esplendor los magníficos tapices flamencos que pertenecen a la Colegiata desde hace unos cinco siglos, la presidenta regional expuso algo que no se suele decir normalmente: “La cultura no es solo algo digno de alabar o de disfrutar, sino también un factor de dinamización de la economía y de creación de empleo, riqueza y esperanza”. Y lo repetía en la entrevista multibanda que concedió, en relación a la celebración del año de El Greco o, en 2015, el centenario de la reedición del Quijote.

 

 Me llama la atención porque a lo largo de mi carrera profesional he acudido a numerosos espectáculos culturales de todo tipo y la mayoría tenían una entrada gratuita o muy barata. Y la pregunta que surge es obvia: ¿Cómo puede ser un factor dinamizador de la economía algo por lo que no se paga?

 La respuesta es obvia: sí que se paga por la cultura, lo que pasa es que no nos damos cuenta, porque la inmensa mayoría de las actividades culturales están patrocinadas (pagadas) por la Administración Pública (ayuntamientos, diputaciones, gobiernos regionales o el Estado). O lo que viene a ser lo mismo, las pagamos vía impuestos.

 Existen también espectáculos gratuitos o casi porque los llevan a cabo profesionales de forma altruista (disponen de otro trabajo remunerado o realizan otros espectáculos en los que sí que cobran por su trabajo) o porque los patrocinan asociaciones y fundaciones (que lo pagan con las cuotas de sus socios y subvenciones públicas, volvemos a los impuestos).

 Así las cosas, cabe preguntarse: ¿Esto genera economía? Teniendo en cuenta que lo pagamos entre todos vía impuestos y que cuenta con el altruismo (no búsqueda de beneficios) de algunas buenas personas, no parece que sea un negocio al que dedicarse. Sin embargo, hay muchas personas que viven de la cultura.

 Lo expone muy claro el anuncio que emite el grupo Atresmedia (Antena 3, Onda Cero), explicando que para poner una obra teatral en marcha se requiere de un montón de personas: desde un carpintero que haga la escenografía (aunque sea muy simple) hasta modista, maquillador/a, guionista, técnicos de iluminación y sonido… y otro buen número de profesionales que hacen posible que los actores luzcan brillantes en escena.

Ídem en el caso de un corto, una película, una serie de televisión. En el caso de los libros, el escritor no trabaja para sí mismo, también sostiene la industria editorial, que da de comer a unas cuentas familias. Así que, realmente la cultura da trabajo a muchas personas. El problema es que no está valorada y, por tanto, la mayoría de las personas entiende que debe ser gratis.

 ¿Por qué no se valora la cultura y al mismo tiempo se pone a la altura de la educación y la sanidad al requerir que la Administración Pública ofrezca cultura al alcance de todos? Desde mi punto de vista, se valoraría la cultura si hubiera que pagar por ella.

 Las compañías teatrales, productores cinematográficos, escritores, dibujantes, conferenciantes, cantantes, etc. deberían ser capaces de producir de forma privada los espectáculos, libros, conciertos… y ponerlos a disposición del público a cambio de una entrada.

 Así mismo, las empresas deberían estar más receptivas al patrocinio o mecenazgo, beneficiándose del 15% de rebaja fiscal que ofrece Hacienda para aquellos que promuevan un espectáculo cultural.

 Y los espectadores deberían ver como algo normal pagar su entrada para asistir a una conferencia, un recital de poesía o un concierto. El Estado solo debería intervenir en la cultura para favorecer que aquellos que tengan rentas bajas tengan acceso a los eventos culturales a través de descuentos al mostrar un carné (como el de estudiante o el de jubilado). Y también, patrocinando eventos culturales en zonas rurales, donde no es rentable a la iniciativa privada ofrecer un evento, por el número de espectadores que puedan acudir.

 De esta forma, en mi humilde opinión, sí que podría considerarse la cultura como un dinamizador económico. Y más importante, se valoraría el trabajo de un montón de profesionales que tienen la mala costumbre de no vivir del aire.

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