El blog de la señora Horton

Cosas del cuerpo

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Dentro de cada gordo hay un delgado, dentro de ese delgado un anoréxico, más dentro aún vive un caquéctico y aún más dentro hay un cadáver. Esta falsa concepción de un cuerpo-cebolla que se desvanece al irse desprendiendo de capas de tejido adiposo no es más que  una concepción histérica del cuerpo. No es nueva la identificación que el hombre hace entre gula y pecado y dieta y virtud, hasta tal punto que la belleza,  ese bien supremo que los humanos deseamos degustar, coincide en mil ocasiones con la esbeltez y no con la obesidad  y —excluyendo a Rubens y a esas princesas africanas cuyo encanto consiste en pesar más de ciento cincuenta kilos con los que atraen a sus amantes cuando en la espesura de la selva escuchan su respiración jadeante– tuvo que  llegar Botero para realizar el milagro de vender gordas a trescientos mil dólares por arroba.

 

¡Ah, el cuerpo! ¡Nuestra única posesión que, paradójicamente, ni  poseemos ni controlamos! Mucho se ha escrito sobre él pero yo prefiero entre todo lo dicho la suntuosa metáfora de Flaubert: una crisálida de sangre.

 Mi cuerpo —dice sensatamente el filósofo apeándose de la poesía— es el lugar geométrico de mis sensaciones  orgánicas, es la atalaya desde la que  observo  al mundo, es el único cuerpo de los que conozco  que responde a mi voluntad. Un impulso busca la felicidad para mi cuerpo, pero en el momento que le pregunto qué clase de felicidad busca para mí, empiezan las dudas, los interrogantes y las sutilezas. Trato a mi cuerpo como si no fuera el cuerpo quien tuviera el impulso, sino el impulso al cuerpo, al que colorea según las circunstancias: rojo de ira, verde de rabia, amarillo de envidia; como si fuera un trozo de tela.

Tampoco el filósofo acierta del todo, porque, después de este párrafo lúcido, añade que cuando el hombre come, lo que queda satisfecho es el cuerpo y nada más. Y es que el filósofo siempre es un tipo muy antiguo que nunca oyó hablar de las estrellas Michelin.

Eurídice, ciudadana del primer mundo, gorda como una vaca, aplastada por los remordimientos de un cuerpo que ya no le sirve de atalaya, que no le devuelve las sensaciones reales, que no obedece ni siquiera al más primitivo instinto de conservación, cae en el infierno de la anorexia. ¿Empujada por la sociedad, por la publicidad?

Las chicas más bellas combinan la anorexia con la bulimia, adoran en sus altares a esa bomba que a veces vemos sobre las pasarelas, arrastrando sus tules incendiarios.  Las mujeres siempre añoramos y perseguimos locamente la belleza sin saber que esa carrera suele acabar en el frenopático.

 Botero ha decidido traspasar esos umbrales en pos de su amada gorda; Botero escucha los jadeos de la princesa en mitad de una selva asombrosa, de la que él nunca quiere salir, como repetidamente confiesa. Embobado por la carnal curva de un muslo relleno de mazapán, por la morbidez de una cadera atestada de glucosa, por la celulitis almohadillada de un abdomen, Botero trata de rescatar a una adolescente engañada por Danone.

No hay cuerpos Danone para nadie porque el hombre hace tiempo que olvidó la ancestral regla de huir de lo que le perjudica y buscar lo que le conserva. ¿Somos solo y nada más que un cuerpo o llevamos ese cuerpo cubriéndonos y lo que somos realmente es el habitante oculto de toda esa carne? Las religiones suponen un alma que maneja toda esta grasa por el universo mundo, algo así como el conductor que vemos en su carlinga cuando se aproxima el metro. ¿Tenemos algo dentro que no sea el resultado del ciclo de Krebs (o de los ácidos tricarboxílicos)?

Hay opiniones encontradas en este aspecto, pero en definitiva, sea el cuerpo quien tire de nosotros o nosotros de él, un sueño impostor nos tiene agarrados con férrea disciplina inglesa haciéndonos engordar y adelgazar sin control, y cuando Botero se cuela por el aparato digestivo, que es un aparato aéreo y hueco, que empieza y acaba en sendos agujeros, y desciende por ese largo tubo abierto, allí, en el infierno, encuentra a Eurídice engolfada en un banquete de  patatas fritas, bombones y champán.

Objetivo Román
Caer hacia arriba