Herreros y otros trastos viejos

Como el Cola-Cao

La tristeza es como un vaso de leche al que se ha añadido cola-cao. Te cambia para siempre, aunque a veces no se note. La leche es blanca, pero cuando se añade un poco de cola-cao pierde su color. Si lo remueves, el color es uniforme. Una persona vive su vida normal y, cuando recibe una mala noticia, es como si la echaran cola-cao, cambia del todo. Si la herida no logra cerrarse, al ver a esa persona siempre le notas algo diferente.

Está el caso de que el cola-cao no se remueva, que se deje disolver. Cae al fondo y la leche queda menos blanca, pero parece que sigue siendo la misma, aunque no es verdad, porque si removemos el fondo, de nuevo llega el cambio de color. Lo mismo pasa con las personas.

Cuando la pena está ahí, si hace mucho que no se recuerda, al ver a la persona, no notas nada a primera vista, pero la tristeza permanece y puede manifestarse con cualquier motivo.

No nos damos cuenta, pero hay muchas personas que tienen el cola-cao en el fondo.

La tristeza llega de muchas maneras: puede ser la enfermedad de un ser querido, el fallecimiento de un familiar o amigo, la pérdida del trabajo o de la casa, una discusión, un mal entendido que nos abruma y entristece... Y una vez que se asienta en el corazón, es terriblemente difícil deshacerse de ella, así que, se opta por dejar que se disuelva hasta el fondo. No desaparece.

En ocasiones, la tristeza llega sin más. En otras, es sobrevenida. Estoy bastante segura de que, durante los últimos años, ha aumentado significativamente el número de personas tristes. Gente que trata de ocultar su tristeza, pero que la llevan dentro de la faltriquera, un peso que a veces es mayor y otras, más pequeño, pero que no logran quitarse de encima.

Pueden estar hastiados de luchar para no lograr conseguir nada, de ver cómo siempre hay unos pocos que se aprovechan de sus cargos para aplastar a un montón de gente. Cansados de que nunca le salgan las cosas bien al honrado y de que, en este país nuestro, se premie más al más mediocre; de que no se valoren los conocimientos y que, cuando hay que ahorrar, siempre tengan que apretarse el cinturón los mismos.

Si esas personas tienen la desgracia de, además de no tener dinero, no tener salud o un entorno familiar amoroso, la tristeza es un pesado fardo camino de convertirse en piedra de molino al cuello.

Por eso, que los que pueden cambiar las cosas se dediquen a enturbiar más la salida del túnel negro en el que miles de ciudadanos están atrapados, es (en sí mismo, lamentable, pero inevitablemente) muy triste.

Me entristece que quienes hundieron el país no entonen el mea culpa. Me entristece que quienes deben tomar ahora decisiones duras nunca piensen en sí mismos a la hora de recortar (salarios, puestos, cargos). Me entristece que el egoísmo sea la carta de presentación de muchas personas. Me entristece que unos pocos se arroguen el derecho de ser la voz de muchos.

Me entristece ver cómo la solidaridad ya es sólo una palabra más del diccionario y no algo que haya que poner en práctica. Me entristece que, casi siempre, sea más notorio el que peor lo hace que aquel que hace las cosas bien. Me entristece escuchar el telediario y que durante más de 20 minutos todas las noticias hablen de corrupción en todo el territorio nacional.

Me entristecen las noticias que hablan de guerras y hambre, me entristece la cantidad de personas enfermas que hay con dolencias graves, crónicas, raras que tienen muy mala solución. Me entristece esa gente que trata de aprovecharse de las miserias ajena para hacer caja.

Me entristecen tantas cosas que creo que el cola-cao no me abandonará ya nunca. Estoy terriblemente triste, por lo mío, claro, pero también por todo lo que me rodea. Me dan mucha pena todos los diputados, senadores y resto de cargos políticos que tienen en sus manos iniciar un cambio y que se apoltronan en su escaño para poner la mano y recitar el "dame pan y llámame tonto".

Si fuera cualquiera de ellos, me daría tanta vergüenza mi forma de actuar que me metería debajo de una piedra para que nadie me encontrara. Tengo la impresión de que, si cualquiera de ellos se mete bajo una piedra, lo hará como el escorpión, ocultándose hasta que un incauto la levante para ganarse un mortal picotazo.

Me entristecen, me dan mucha pena y mucha vergüenza ajena. Espero que alguno tenga un golpe de conciencia y se dé cuenta de lo que están provocando tanto con sus acciones como con su falta de trabajo.

DECIBELIOS ANTISOCIALES
POR FIN SE HACE JUSTICIA