Herreros y otros trastos viejos

Comer en el colegio

Llevo unos días meditando sobre las bondades de que permanezcan abiertos los comedores escolares durante el verano (de forma específica o a través de los campamentos urbanos) y la verdad es que no estoy muy de acuerdo. Y no es que no quiera que los menores no coman, más bien lo contrario. Lo que no me termina de gustar es que tenga que ser en el colegio o campamento.

 

Recuerdo mi época infantil y adolescente y cómo esperaba con verdadero éxtasis que llegaran las vacaciones y no tener que pisar las aulas y poder vagar a mi libre albedrío no sujeta a los estrictos horarios, a la obligación de estar encerrada y tener que hacer lo que se me dijera. La libertad del verano era embriagadora.

Por eso, pienso en los menores cuyos padres se ven en la agonía de no poder proporcionarles alimento diario y en que, además de eso, no puedan disfrutar de la libertad que supone alejarse de las aulas en el periodo estival y me entristece.

Lo normal en vacaciones es ir a casa, pasar tiempo con padres y hermanos y disfrutar en familia y con amigos. Y si a los padres les apetece llevarlos al campamento urbano, que lo hagan, pero que no sea una obligación para lograr que el niño coma adecuadamente.

Porque lo que no es normal es tener que acudir al colegio a comer. Es como si le dijeras al niño: si quieres comer, tienes que ir al cole o al campamento. Frustrante, triste, injusto. Por otra parte, no es justo que, porque ya no tengan clase, se vean obligados a dejar de tener una alimentación adecuada.

Y pensando en otros recursos disponibles, como el comedor solidario de ACCEM y Cáritas, que permite que los padres acudan a por la comida y se la lleven a sus casas para consumirlo en familia con sus pequeño, o las cestas que entrega el Banco de Alimentos de Guadalajara, o las tarjetas de compra que distribuye el Ayuntamiento de Guadalajara, se me antojan soluciones menos traumáticas y más “normalizadoras” -de una situación que no lo es- para los menores.

Lo ideal es que ningún padre tenga que reclamar este tipo de ayuda, pero en el entretanto, creo que hay que tratar de mantener una situación lo más tranquilizadora posible para los menores. No para que se crean que todo es igual, los niños se dan cuenta de las cosas, pero sí para que no les resulte todo más ajeno, triste.

Por otra parte, ver los datos del informe del Observatorio de Cáritas, indicando que personas con trabajo también acuden a por ayuda porque el sueldo no les llega, me indigna profundamente. Tanto dinero gastado en cosas absurdas o innecesarias y tantos gestos que esperas ver por parte de los dirigentes políticos, pero que no llegan.

No dan ese paso porque dicen que es “insignificante”, como por ejemplo, abstenerse de cobrar dietas, ya que, con lo que ganan bien pueden pagarse el viaje a Madrid una vez por semana. Pero dicen que eso apenas supone un millón de euros. ¿Cuántas comidas se pueden dar con ese dinero? Presumo que muchas.

Por todo esto, creo que el debate de abrir o no los comedores escolares es politizar a los niños, usarlos como arma arrojadiza y exponerlos a la mirada pública para decir: mira, ayudo a estos. Y me acuerdo de aquello de “que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda”. Y me da pena que, en lugar de pensar genuinamente en ayudar a la gente, una vez más, piensen en cómo manipular a otros para tratar de lograr un rédito político o colgarse una supuesta medalla.

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