Un zángano en el palmeral

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CAPRICHO NAVIDEÑO, EL CUENTO

Me acusan de odiar la Navidad, y me calumnian. No detesto la Navidad, no la combato, salvo en defensa propia. La Navidad- vean cuántas veces escribo la palabra sin que el texto que leen haya empezado a arder o se descomponga de manera repugnante- la Navidad es una fiesta sin prestigio que acontecería para mí sin pena ni gloria de no ser porque, oiga, porque azuzan a la jauría de moralizantes cancerberos que acosan a su presa sin miedo al desmallo, porque viene empujando…

… ¿quiénes? Los militantes del amor fraterno, la felicidad de cara bobalicona y las reuniones familiares durante el armisticio de adviento… proselitistas a tiempo completo e inquisidores siempre dispuestos a pedir cuentas a los disidentes… No obstante, es Navidad otra vez y los fastos se repiten por obra y gracia del riego: vinos y cerveza, como en todo otro sarao. Todo está bien. Y está tan bien que procede el cuento navideño- yo mismo lo califiqué de anti navideño hace mucho tiempo, porque todos tenemos un pasado- un cuento escrito precisamente para acompañar en estas fechas. Así pues, sin más entretenimientos, CAPRICHO NAVIDEÑO.

Por circunstancias de la vida, empezó a tener mucho, mucho tiempo libre. Y, tras un periodo en el que se entregó en cuerpo y alma a ejercer el mal, en todos los supuestos conocidos de la realidad y en los elaborados por los literatos, artistas y entretenedores; luego de haberse comido niños vivos y haber ultrajado a la especie humana en general de la manera más sangrienta que pueda ser concebida, decidió redimirse. Todos merecemos una segunda oportunidad y él había acreditado deméritos suficientes como para pensar en ir adoptando otras conductas. Al fin y al cabo, ninguna de sus fechorías pudo probarse ante un juez y, ya que respondía ante sí mismo, era libre de operar, como siempre, a su antojo.

Monstruo y todo, por lo tanto, había decidido hacer el bien. Favorecer a sus familiares y amigos, puesto que los canallas también son hijos de madre y padre, y tienen relaciones de camaradería con terceros. En consecuencia, se puso a investigar. Le interesaba conocer en qué consistía el bienestar de los suyos, qué momentos preferían, cuándo experimentaban la felicidad sin otro norte que ser dichosos, fraternos y enamorados… es verdad que, en primer lugar, hubo de aprender el significado de tales conceptos, pero, con tanto tiempo a su favor, era una mera cuestión de dedicarle al asunto las horas necesarias.

Enterado de todo lo que necesitaba para obrar en consonancia con el propósito inicial y sus consiguientes objetivos, determinó que los días 24 y 25 de diciembre de cada año, sus amigos, su familia, era un grupo humano verdaderamente satisfecho, rebosante de alegría, una comunidad identificada con las esencias de la bondad y el progresismo.

Le importaba el orden adecuado de las cosas y, exactamente por eso, dio el segundo paso: hacer de las vidas de aquellos a quienes deseaba favorecer, una fiesta perpetua, limitada, porque lo que no puede ser no puede ser, pero inacabable: aunque pudiera parecer un contrasentido. Y, para lograrlo, era imprescindible la tecnología. Contar con el lugar adecuado, los dispositivos necesarios y un plan sin fisuras. Todo lo que empleara a partir de ese momento, debía pertenecer a un dominio de las cosas que participara de la idea de un mundo descarbonizado, sostenible e inclusivo. La ética moderna, la mayoría moral y sus sucursales, debían estar presentes como origen y fin de todo el proyecto… Era necesaria una fortísima inversión, emplear “toneladas y toneladas de dinero”, cuya procedencia- aquellos crímenes a punto de ser compensados mediante la conversión del mal hombre que fue, en un dignísimo ángel- no podía suponer obstáculo alguno a fin de proporcionar lo nunca visto a un puñado de hombres, mujeres y niños a quienes sintió que se debía.

Libre como era de ataduras legales y de toda moralidad; dueño de su propio imperio, el día señalado, fue despertando uno a uno a todos a quienes había capturado para la felicidad. Permanecían en estasis, ajenos al mundo y sus disputas excepto para esas dos fechas: Nochebuena y Navidad. Los dos días en los que se incorporaban, en los que abandonaban esa animación lentísima, para gozar, para emprender la enajenación de los sentidos sin prevención, sin frenos, como patinadores que sacan la lengua mientras circulan por las aceras riéndose de los peatones… así hasta el declinar de las carnes tempestuosas que deben mecerse en la cuna de acero inoxidable, cuna de sus suelos cautivos, en la que dormirán otra vez olvidando la revolución de las sonrisas. Era amor y felicidad como una catarata en circuito cerrado. Juntos y multiplicados, y, después, otra vez en pausa. Como una caja de música que se abre solo en momentos señalados, como un juego de pirotecnia que truena tan solo durante el día de la fiesta mayor.

Un 2019 taurino, local; como mínimo.., para olvida...
LA FÁBRICA DE PAÑOS DE BRIHUEGA