Un zángano en el palmeral

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CANSINAMENTE

Joaquín Luqui, mito de la radio musical española, lo dijo muchas veces: "Tres, dos o uno, tú y yo lo sabíamos". Y algo que usted y yo, señora, sabíamos también- tres dos o uno- es que las cosas, más o menos, iban a quedar como estaban. Me refiero al asunto de la política y de la gobernabilidad de España. Me refiero a las elecciones que acaban de consumarse, tras las que caben miles de interpretaciones posibles, y dejan el tablero con una disposición de piezas distinta pero equivalente. Es decir: estamos donde estábamos a finales de abril de este mismo año. Ha sido cambiar para que todo siga igual, ya sabe.

 ¿Cabe expresar más hastío, mayor confusión, inconfundibles gestos admonitorios a la vez que se recita, “No, si ya lo decía yo” … Cabe todo. Los españoles queremos que nuestros políticos sean buenos, pero constituimos una sociedad en lo que lo extraordinario brilla por su ausencia. Es complicadísimo encontrar dirigentes que respondan a esa excelencia en la que no sé si pensamos- digo a conciencia- cuando somos volubles, indisciplinados, poco rigurosos, amigos de la picaresca- como poco- desleales, frívolos, enamorados del atajo. Una suma de la que nada bueno puede salir y, claro, no sale nada bueno. Nuestros políticos son mediocres- cosa que muchos dicen con razón- porque nosotros, la sociedad de la que proceden, somos una sociedad mediocre. Una sociedad que va a exigir, otra vez, a los hombres y mujeres que ocuparán el Congreso de los Diputados y el Senado, que se pongan de acuerdo y que gobiernen, que nos gobiernen. Una sociedad incapaz de darse cuenta de lo que pide. Para eso haría falta contemplar la posibilidad de que participemos en serio asumiendo las responsabilidades y deberes, los derechos y obligaciones de una comunidad que tampoco se pone de acuerdo. Porque lo fácil, ahora, es decir- que lo dirán- que no existen diferencias puesto que hemos acordado que nadie sobrepase a nadie con largueza, a fin de forzar un entendimiento mediante el que se avengan ideologías tan distintas, modos de concebir la vida y proceder tan regañados. Será el argumento, la manera de retornar la pelota al tejado ajeno, pero no lo cierto. No a juicio de quien detenta esta modesta tribuna. No porque carecemos de autocrítica. Hemos pasado los días entregados a nuestras cosas, ellos- los políticos- a las suyas, y le hemos puesto música al asunto- recuerde señora: “Tres, dos o uno, usted y yo lo sabíamos”- rimando lo poco que nos gustaba acudir a unas nuevas elecciones. Y nos ha salido un “hit”. Tanto que, será canción de invierno- también- primavera y verano… a este respecto, debiéramos tener presente que las cosas no siempre fueron así. Por ejemplo, como narra Tom Phillips en su libro ‘Humanos’, “Dado que al dux- un cargo vitalicio- lo elegía un Gran Consejo compuesto por unos cien oligarcas (arreglo que presentaba posibilidades evidentes de corrupción), en 1268 se estableció un sistema electoral que pretendía evitar que nadie pudiera amañar la elección. Así es como se elegía al dux de Venecia: los primeros treinta miembros del Consejo se decidían echándolos a suertes. Entre esos treinta, se hacía un nuevo sorteo para reducir el número de electores a nueve. Esos nueve, entonces, elegían a cuarenta miembros del Consejo, que luego, siempre al azar, se quedaban en nueve, que, a su vez elegían a cuarenta y cinco, reducidos por un nuevo sorteo a once, que elegían a cuarenta y un miembros, y por fin, en la décima ronda de todo el proceso, esos cuarenta y uno elegían al dux”. Y si tenemos en cuenta esta variedad de cosas- quejarse del sistema cuando no sale lo que queremos que salga no parece una opción- debiéramos estar satisfechos de poder ir a votar, no todos los días como se pregona. Es aburrido, claro, porque queremos magia y eso, a pesar de las habilidades y la simpatía no lo ha conseguido ni el gran Tamariz… los blanquistas, por cierto, hemos perdido de nuevo. Hemos dimitido todos. 

Pues.., Sr Presidente, estaban afeitados; sí