Historia de Guadalajara

Historia de una provincia con un pasado mucho más apasionante del que a simple vista parece.
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BRUJAS DE LA ALCARRIA

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Si pedimos a alguien que nos describa la imagen que tiene en su cabeza de una bruja lo normal es que dibuje a una anciana de nariz aguileña, verruga incluida, silueta jorobada, pelo blanco, traje negro y risa malévola, que mira aviesamente mientras prepara un brebaje en su marmita. La típica bruja de las películas de Disney, en resumen. La historia, sin embargo, nos ha dejado testimonio de brujas muy alejadas de este estereotipo, y mucho más reales, al menos para sus contemporáneos, que además vivieron muy cerca de nosotros, en el mismo corazón de la Alcarria. 

En efecto, lejos de esos bosques envueltos en la niebla del norte de España, en los que la tradición tiende a ubicar leyendas y seres mitológicos, la zona del sur de la provincia fue conocida por ser un auténtico epicentro del mundo mágico, y especialmente de brujería, entre los siglos XVI y XVIII.

Para hablar del tema es preciso, no obstante, comenzar explicando las diferencias entre la típica bruja de Disney y lo que nuestros paisanos alcarreños entendían por brujería en aquella época. En primer lugar, hay que entender que la Castilla de entonces era un país muy supersticioso, donde pobres y ricos trataban de compensar su ignorancia sobre muchas cosas del mundo que les rodeaba con una mezcla de creencias religiosas y mágicas, que en aquel momento no tenían por qué ser mutuamente excluyentes. A los niños, por ejemplo, se les cubría de talismanes para darles salud, pues la mortalidad infantil era atroz, y es precisamente alrededor de la muerte inexplicable de niños pequeños donde se crea la imagen de la bruja de la Alcarria, pues los padres creían que estos personajes eran las responsables de que perdieran a sus hijos por causas desconocidas.

Es el caso de dos mujeres, Francisca Ansarona y Quiteria de Morillas, que los vecinos de Pareja asociaron en el siglo XVI con la muerte de varios niños en la localidad, y que acabaron siendo sentenciadas por la Inquisición debido a sus actividades de brujería. Francisca, en el juicio, llegó a reconocer que era bruja desde niña, y que podía llegar a volar “alta del suelo, hasta dos palmos en el aire”. No cabe duda de que la Santa Inquisición era capaz de sacar la confesión que deseara en sus terribles interrogatorios, pero no es menos cierto que la brujería iba asociada al consumo de sustancias “mágicas” que hacían creer al que las tomara que podía realizar cualquier prodigio, vuelo psicotrópico incluido.

Tras este proceso los habitantes de Pareja siguieron sin poder dormir tranquilos, pues las hijas de Quiteria decidieron continuar las actividades de su madre. La Inquisición volvió a enviar a sus hombres de negro para investigar, en 1554, creando una auténtica psicosis en la localidad. Los vecinos decían que las brujas entraban a las casas durante la noche, usaban un somnífero con los padres, y se llevaban a los niños. Por si fuera poco, se decía que estas brujas eran capaces de volar, y que surcando los aires, acompañada cada una de un demonio, acudían a macabros aquelarres entre las provincias de Soria y Guadalajara, en Barahona.

No fueron estas las únicas brujas de la villa de Pareja, pues también tenemos testimonio del llamado clan de la familia León, compuesto por varias brujas y dos hombres, que entraban por las noches en las casas de los vecinos, los cuales decían “sentir pellizcos en la cama, empujones y estar impedidos para encender candelas”.

Además de estos casos, los más conocidos, la nómina de artes mágicas alcarreñas es muy abultada, siendo vista esta actividad en algunos casos como algo positivo, casi como un servicio al que acudía la gente. Es el ejemplo de las llamadas “aojadoras”, que curaban el mal de ojo, y que también proveían de hechizos para ayudar a encontrar novio o novia, en lo que venía a ser la versión antigua de las páginas de contactos que abundan en internet. Para este tipo de conjuros los cabellos femeninos eran muy cotizados, de donde viene la costumbre importada de Francia de rapar a las sospechosas de brujería. Aquellos y aquellas locamente enamorados y no correspondidos sabían que debían acudir a Hita, donde vivía Catalina Laso, o a Cifuentes, donde les recibiría María Turmil, quienes por un justo precio les vendían sus servicios, entre los que se incluía la actividad de casamentera, y tantas pócimas y conjuros como se necesitara.

Allí donde la ciencia de la medicina no llegaba, es decir, en cualquier enfermedad, los supersticiosos castellanos buscaban el consuelo de estas mujeres. Algunas decían poder curar huesos rotos usando su saliva, como Mariana Pérez de Jadraque. Otras se especializaban en curar mastitis, algo imprescindible para la necesaria alimentación de los lactantes, escribiendo palabras mágicas en los pechos de las madres. Las medicinas que estas brujas usaban muchas veces consistían en la mezcla de aceite y de hierbas aromáticas ahumadas, en lo que sería una receta mágica típicamente alcarreña.

Sin embargo, también había brujas al estilo Disney, de las malas, como la mencionada María Turmil de Cifuentes, que se enfadaba especialmente cuando no le invitaban a bodas y bautizos, y lanzaba maldiciones a los organizadores. También hay casos de algo parecido a vudú, pero en este caso era una figura de cera a la que se clavaban alfileres para atormentar a la víctima. En Gárgoles, de hecho, se dice que había un documento antiguo que recogía nada menos que un pacto con el Diablo. Por cierto, ya que mencionamos pactos con el demonio, en el siglo XVIII los ganaderos de Castejón pasaron muy malos ratos por culpa de un “lobero”, que había vendido su alma a Satanás obteniendo, según se rumoreaba, el poder de controlar a las bestias.

Sin duda, las bujas “existieron” porque la sociedad de aquella época necesitaba, dentro de su esquema de creencias, que existieran. Las curanderas eran necesarias en un mundo sin medicina, aunque sus prácticas no sirvieran para mucho más que dar fe a los enfermos de que sanarían. También era necesaria su labor como casamenteras, con sus pócimas de amor, que daban esperanza a los jóvenes de que acabarían casándose con quien ellos querían. En definitiva, vendían esperanza a los necesitados para ganarse la vida, que es algo que seguimos viendo en el mundo actual, si bien con artes más sofisticadas. La parte negativa de esta figura debe ser entendida desde el desprecio y desconfianza que la sociedad profesaba a las mujeres que vivían de forma independiente y sin marido, pues no hay que olvidar que el acceso a la inmensa mayoría de los oficios estaba vedado para el sexo femenino. Estas mujeres, a veces de minorías religiosas o étnicas, eran el chivo expiatorio perfecto para hacerlas responsables de desgracias, como la muerte de niños pequeños, que no podían ser explicadas de otra manera, debido a que todavía no había llegado el momento del desarrollo de la ciencia.

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