Un zángano en el palmeral

BLANQUISTAS 1

A fecha del día de hoy algunos podemos hacer poco. Levantarnos y, como no sabemos cantar, recordando a esos geniales maestros del humor premiados y reconocidos internacional que se llaman Les Luthiers, con orgullo, declamar: “… por doquier de la muerte la amargura;/ ya al odiado enemigo se distingue/ alejándose deprisa en la llanura./ Ya los fieros enemigos se alejaron/ no resuena el ruido de sus botas/ nos pasaron por encima y nos ganaron,/ nos dejaron en derrota./ Perdimos, perdimos, perdimos/ otra vez”…

Porque nos hemos juntado, exactamente 199 511. Nos hemos juntado sin comunicación previa. Sin campaña. Sin debate. 199 511 de entre casi 35 millones de votantes. Los “blanquistas” acumulamos reveses. Somos como el Atleti en versión cantada por Joaquín Sabina- “qué manera de palmar”- o, como se definió al equipo colchonero toda la vida, somos “el pupas”. Pero somos irreductibles los blanquistas. Incansables, tal vez empecinados. Ahora que comienza una nueva campaña electoral- si no es que llevamos años viviendo en permanente estado de combate- sacudimos el polvo de nuestros uniformes, el barro, después de la paliza, recomponemos el gesto, saludamos a nuestros vencedores- ¡qué días de inclinar la cabeza ante casi cualquier ciudadano con el que cruzamos camino!- y proclamamos lo mismo, lo mismo, que ayer y antes de ayer: el blanquismo debe permanecer fiel a sus estandartes porque es la única manera de recordar a los políticos y a los ciudadanos que se sienten inclinados a depositar en ellos la confianza necesaria para que administren nuestros derechos y obligaciones, que la política es para hacer política. De cajón, sí, pero algo mucho más noble que mentir, manipular, amenazar, servirse de la venganza o delinquir. Eso no es la vida, nos dicen. La vida es la política y se miente- todo el mundo miente, decía el “sabio” cascarrabias House MD- se manipula, se amenaza- incluso se asesina y se ejecuta- se obra contra el rival sin reparar en la justicia o, directamente, se orquesta el fraude, el abuso, se roba, se somete, se confisca, se empuja y se tima, por ejemplo. Y llevan razón. Pero deberíamos aspirar a algo distinto, ¿no? Los blanquistas no somos ilusos, no creemos que de la noche a la mañana vaya a imponerse un mundo feliz, ni siquiera consideramos tal cosa de manera continuada. Es lo que nos mueve a votar en blanco siempre, mientras las condiciones de gobierno obedezcan a lo que parece inmutable y ha estado anteriormente criticado. Lo que no estorba para confesar que, sí, que hemos perdido otra vez. Porque hay que sumir, de verdad que, cuando no se gana no se gana y que si te dan una paliza es patético salir a la tribuna pública a pretender que han de resonar trompetas de triunfo o que si hubo algún desliz es cosa de terceros. Los blanquistas, sin embargo, no. Y allá vamos de nuevo. Nos esperan las municipales y autonómicas. Que no se diga. 

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