El blog de la señora Horton

BELENES

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Entre las prácticas insensatas de las fiestas que vienen, está la de colgar objetos incoherentes por la pared de nuestra casa, entronizar un vegetal en el salón y colocar en lugar preferente y con estética infantil una complicada e inexacta maqueta de Belén de Judea, o sea, de un sueño.

 

La Navidad aparece como un tiempo esquizofrénico donde se agolpan amables reminiscencias, dolores incomprensibles, incomodidad muy emotiva y alteraciones de la razón; con la mitad de nosotros caída en insensata adoración y la otra mitad horrorizada por lo anterior, nos disponemos a entrar en este belén. Y si la casa la decoramos de esa  espantosa manera, es nada más que porque ésa es la decoración de diciembre que llevamos dentro.

Realmente pienso que éste es un mundo perpetuamente reflejado y recorrido por los mitos y sus banderas, pues un rito no es más que un reflejo repetido. Sin embargo, hay ciertos seres que no se avienen a cumplir los ritos, que huyen de sus largas y oníricas galerías y niegan su importancia. Uno echa hijos al mundo que luego resulta que prefieren irse en diciembre a playas exóticas en vez de pasar la tarde oscura redoblando la pandereta o que dan la espalda a la zambomba, ese absurdo trasto del jurásico, para largarse a esquiar. Y no sólo eso, nos encontramos a menudo con un marido que en vez de acudir de nuestro brazo al Corte Inglés a gastarse el resuello en espumillón, permanece encerrado en el baño agarrando convulsamente a la tarjeta de crédito.

Hace años supe que en Cádiz el burro «Santo» tuvo que ser expulsado de un belén viviente a causa de sus tendencias libidinosas. Tenía el burro «Santo» un largo y feo historial sexual: persiguió a una vaca con intención de violarla, por lo que la animalita prefirió caer por un barranco antes de ser vilipendiada. Este asno infame también se autoexcluye de nuestro belén plagado de virtuosas vacas y burras virginales, de manera que tampoco colabora a la maqueta de Navidad; pero esta ausencia, de apariencia banal, es en realidad preocupante.

Dije que éste me parece un mundo perpetuamente reflejado; si desapareciera un sólo acto, un sólo actor, toda la pantalla se cerraría en un vago gris. Cada hecho parece depender enigmáticamente de otro, de manera que, siendo todos indispensables, ninguno lo fuera. Quién sabe si es un solo pájaro el que hace el verano y a la postre caemos en la cuenta de que con sólo un rostro se organiza la Humanidad; no nos extrañe que la ausencia de un sencillo burro —por muy erotómano que sea— nos pueda echar a perder todo el belén, pues nada a nuestro alrededor es inocente, lo que sucede es que venimos al mundo con un cerebro compartimentado, un disco duro formateado a base de categorías kantianas; venimos creyendo que sólo los hombres y algunos animales superiores tienen intenciones, pero no los objetos, no las plantas y los minerales; claro que hay otro pensamiento en vigencia, un pensamiento de raíz religiosa oriental que subterráneamente triunfa y que afirma que todo lo que existe forma un tejido energético general y, de la misma manera que la gravitación universal es un asunto de toma y daca entre las cosas, ya sean astros, ya sean lechugas, las relaciones vitales lo son también.

A poco que atendiéramos, podríamos confirmar los poderes de la energía que nos rodea. Hace pocos días —por ejemplo— traje una flor de Pascua a casa y la coloqué en el salón, que es donde yo quería que la viesen mis descendientes durante la Navidad, pero algo se atascó en el ambiente, ocupaba toda la casa una sensación de desorden y de irritación; la planta emitía una insidia incómoda y, sin saber por qué, me vi transportándola—contra mis intereses— a la biblioteca, donde la luz cenital la hace ahora resplandecer hasta la lujuria; evidentemente ella está a sus anchas y la paz reina de nuevo en casa, pero no era ésa mi intención al adquirirla.

Y para colmo, el árbol, cargado de objetos plásticos y bombillitas, no quita ojo al austero paisaje exterior, adolece de amor por algún pájaro que cruza la ventana en ondas. No van bien las cosas en lo tocante a estos objetos. Todos ellos emanan  congoja; su silencio hostil me inquieta  y sus deseos reprimidos rodean mis sueños con una cinta de desasosiego; tanto que si no cejan en sus maniobras torticeras, me veré obligada a desmontar la Navidad, este escenario recargado de felicidad a la fuerza.

Anhelo el vacío azul del Caribe o las altas montañas. Envidio la extensión huera del desierto y deseo que todos los días fueran miércoles, ese día maldito en que Eva concibió a Caín. La navidad me hace muy mala.

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