Aviso Gorra

Apadrina un árbol

Había pasado solo un mes del fatídico incendio de julio de 2005. En Ablanque, como en los otros 13 pueblos del Ducado de Medinaceli que vieron arder sus pinares y sintieron de cerca, como una losa, la muerte de los 11 forestales, los vecinos andábamos con la mirada perdida y la congoja en el alma. No había ninguna gana de fiesta y se suspendieron, pero si había mucha necesidad de conversación, buscando el consuelo mutuo, tratando de apagar la rabia de nuestra desesperación, de lo que nunca debería haber sido.

En la barra del bar de Ablanque, asiduo a estas conversaciones, un vecino al que el incendio pilló a miles de kilómetros de distancia, ensombreciendo su luna de miel con la impotencia de no poder estar al pie del pinar, apagando esas monstruosas llamas con ramas de enebro. Y nos daban la una, las dos y las tres, hasta que una noche, en los ojos húmedos de este ablanqueño apareció una chispa. Él tenía que hacer algo. Él era y es Félix Abánades y así nació Apadrina un Árbol, con la necesidad imperiosa de recuperar los pinares que padres y abuelos nos enseñaron a amar y ahora estaban calcinados.

Desde entonces, han pasado cinco años y yo como periodista he oído demasiadas críticas estúpidas sobre este proyecto y pocos aplausos. A mí me hubiera gustado quedarme al margen de estos comentarios, porque entiendo que no soy nada objetiva. Viví el incendio en primera persona, soy ablanqueña de adopción y Félix es casi familia. Tres argumentos de peso para quedarme callada tanto tiempo. Sin embargo, ayer, cuando la visita de la Reina concitó a tanto personaje, paisanaje y plumilla en Solanillos, comprendí que debía defender este proyecto en el que creí desde el primer momento, aunque me tachen de interesada, vendida, u oportunista.

Pues allá va mi alegato de defensa. Para quienes dicen que es todo un morro que Diputación haya cedido gratis el espacio de esta finca de Solanillos a la Fundación Apadrina un Árbol durante 25 años, decirle que a esta finca de 2.800 hectáreas (2 hectáreas ocupa el complejo y el resto que es monte sólo lo conservan) ya le buscaba novios la Administración desde que Tomey era presidente, sin conseguir convencer a ningún incauto, para que invirtiera en algo que volviera a dar vida a los edificios del antiguo hospicio, que ya amenazaban ruina, y de paso se ocupara del mantenimiento del monte, que resultaba más caro conservarlo de lo que producía.

Para los que aseguran que esto es un negocio redondo, les invito que tomen la calculadora y echen cuentas. 23.000 árboles apadrinados, son 23.000 euros al año. Sólo rehabilitar los edificios y acondicionar los espacios costó más de tres millones de euros.

Para quienes apuntan que el negocio llega ahora, con la explotación del complejo como centro ambiental, les vuelvo a conminar al cálculo. Que pongan las tarifas y el volumen de ocupación que deseen en la línea de ingresos y después pongan las nóminas de los veinte puestos trabajo creados y el mantenimiento en la de gastos. Que se den cuenta además que el complejo no está en la Costa del Sol, sino en una de las zonas más deprimidas de España, donde al turista todavía le da poca gana de ir.

Para quienes se preguntan que dónde están los árboles, les invito a que paseen por esos parajes y miren al suelo, el pinar que antes tenía más de 60 años, ya levanta medio metro en la mayor parte de la superficie quemada, acompañado con robles incluso más altos. Claro que habrá que esperar todavía muchos años para que la sombra convenza a los incrédulos.

Y para Félix Abánades, que yo como él, creí que iban a ser muchos más los que que iban a estar dispuestos a apadrinar un árbol, pero una vez más descubro que la naturaleza tiene un amor mal correspondido. Que 23.000 árboles se me hacen pocos padrinos, aunque quiero darles las gracias a todos ellos. Y a tí, por seguir en el intento de apadrinar una esperanza.

Coro de voces
Esperando al Mundial de Sudáfrica

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