El blog de la señora Horton

Amo Portugal intransitivamente

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O sea: sin complemento directo, según reza el diccionario. Comparto este amor sin razones con grandes, como Tabucchi, pues un hombre que hace revolotear aves de patas delicadísimas, zancajos con alas caídas desde esferas pintadas a plumilla en un mundo antiguo, débiles gallinas arrojadas de un cosmos artesanal, necesariamente tiene que amar Portugal. Desde esa estética del malestar, desde la negra pena de exiliados de algún lugar dorado, como personajes que somos de un tapiz gobelino, Portugal viejo y policromado nos promete cierta calma; sugiere mundos mal iluminados, estampas de cuentos que leerían en infancias pretéritas nuestras bisabuelas, esas niñas viejísimas bien retrepadas en altas camas de colchón de lana, esos pequeños rostros muertos sobre embozos bordados a mano.

 

Lisboa, sobre todo.

De niña lloraba al escuchar que nunca volvería Lisboa antigua y señorial ni sus pregones al amanecer, y mis tías, al verme desolada, me daban una pastilla de chocolate y una magdalena y yo me sentaba a comer y a llorar por Lisboa al calor de una pared de invierno en el último baluarte de un sol débil.  Así que, allí, en cuclillas, sorbía los mocos y roía el chocolate terroso, esperando que aquella señora cuyo rostro de antigua princesa estaba cubierto por el velo de una hechicera llamada Nostalgia sonriese al menos un instante; me quedaba esperando algún milagro de los que siempre esperan las niñas que están tristes: a ver si caían para mí los volátiles del beato Angélico, los Dolientes de Álvaro de Campos o el desasosegado y cosmopolita Bernardo Soares.

Este amor intransitivo —como son intransitivos los verbos nacer y morir—, inexplicable e incomunicable, es el mismo amor que Pessoa denunciaba por lo clásico: «Lo amamos de perfil», decía. «Lo amamos excesivamente: los griegos nunca amaron a la belleza así, pues su sentimiento tenía la calma de la claridad con que veían". Y remataba: "Ver muy claramente perjudica al sentir demasiado". Ahí está la clave: Portugal, es para la mayoría de nosotros lo oculto y lo desconocido y por ello es susceptible de ser amado de perfil.

Poco hemos sabido los españoles de Portugal. Sin embargo, en Pastrana, en la sacristía de su Colegiata, permanece encerrada la gesta portuguesa en Arzila; cuelga el intenso espectáculo en dos magníficos tapices tejidos en Tournai, en los talleres de Paschier Grenier, sobre cartones de Nunno Gongalves. Allí, Alfonso el Africano y su hijo el príncipe Joao, que «es un feroz cachorro deslumbrado de sangre», ponen proa al Africa con 400 embarcaciones. Allí, «la sangre, como un río descarriado brotaba / de los aullidos jóvenes a los campos oblicuos», sigue diciendo García Marquina, que ha descrito la escena en su libro «Cuya memoria».

Mucha sangre corre por el pasado luso. Mucho carmín hubo que gastar para retratar tanta desdicha. Amo el Portugal intransitivo, vertebrado sobre el sebastianismo y su nostalgia, sobre un mito fundamental que anuncia la vuelta de su grandeza, que profetiza el retorno del gran rey sobre un caballo blanco, cuando el Sol entre en Sagitario.

Y me estaba preguntando a qué se debe que hoy escriba de Portugal. Pues a que ayer tuvimos un debate interesante en la página de uno de mis amigos, José Luis Gómez Recio. Se trataba de ver qué era más emocionante si ir hacia adelante, a su oscuridad, o retornar al pasado amable, porque, como todo el mundo sabe "todo tiempo pasado fue mejor". Ese enunciado propio de los enfermos de nostalgia es muy pegajoso y  si consigue poseerte te digiere como una gran araña. Lo mejor, defendí yo, acompañada de Gracias Iglesias, siempre está por conseguir, o sea, todo lo que interesa nos espera delante. Claro que llegados a lo más adelante de todo lo que hay delante, siempre está la muerte. Pero eso es lo que hay.

En fin, tenemos temperamentos para todo gusto, aunque reconozcamos que si algo hay emocionante en la vida, es el futuro, lo todavía oculto y sin desentrañar. Todo descubrimiento está siempre en el futuro, es una condición sine qua non de la cosa que se descubre y como tal, te está esperando a la vuelta de la esquina si es que te decides a doblarla. Fue ese debate el que me recordó el  lema de los descubridores y conquistadores portugueses «Jamais jamais en arriere», como reza su pendón.

También Leonardo da Vinci firmó en su cuaderno algo parecido: "Quien es guiado por una estrella jamás mira hacia atrás".

 Y yo también lo firmo.

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